Dieter F. Uchtdorf

No hace mucho, tuve la oportunidad de navegar en un magnífico barco a lo largo de la maravillosa costa de Alaska, EE. UU. Al prepararse el capitán para que el barco pasara la noche en una bahía virgen aislada, evaluó con mucho cuidado el lugar y las circunstancias, como por ejemplo, la secuencia de la marea, la profundidad de las aguas y la distancia a obstáculos peligrosos. Una vez satisfecho, echó el ancla para que el barco fondeara seguro y firme, brindando a los pasajeros la oportunidad de admirar la belleza espectacular de las creaciones de Dios.

Mientras miraba la orilla del mar, me di cuenta de que el barco se movía de manera casi imperceptible a causa del suave viento y la corriente subyacente. Sin embargo, el barco se mantuvo firme y estable dentro de un círculo fijo definido por la longitud de la cadena del ancla y la resistencia de la misma.

El capitán no había dejado el ancla guardada en el barco lista para bajarla sólo si se acercaba una tormenta. No, él había anclado la nave como medida preventiva y para evitar que el barco se moviera hacia aguas peligrosas, o que lentamente fuera a la deriva y encallara mientras los pasajeros y la tripulación se sentían seguros.

Mientras contemplaba esa escena, se me ocurrió que ésa era, sin duda, una gran oportunidad para establecer una parábola.

¿Por qué necesitamos anclas?

La finalidad de un ancla es mantener el barco a salvo y seguro en un lugar determinado, o ayudar a controlar el barco cuando hace mal tiempo. Sin embargo, para alcanzar esos objetivos básicos, tener un ancla no es suficiente; el ancla debe ser sólida, segura y debe utilizarse de manera correcta en el momento y lugar apropiados.

Las personas y las familias también necesitan anclas.

La adversidad puede llegar como una gran tormenta que nos desvía del rumbo y amenaza con lanzarnos contra las rocas. Pero a veces también estamos en peligro cuando todo parece ser seguro, los vientos son suaves y las aguas tranquilas. De hecho, tal vez estemos en mayor peligro cuando vamos lentamente a la deriva y el movimiento es tan leve que apenas nos damos cuenta de ello.

El Evangelio es nuestra ancla

Las anclas deben ser sólidas, fuertes y estar en buenas condiciones para que estén listas cuando se necesiten. Además, deben estar sujetas a una base capaz de soportar el ímpetu de las fuerzas opositoras.

Por supuesto, el evangelio de Jesucristo es esa ancla; el Creador del universo la preparó con un propósito divino y la diseñó para proporcionar seguridad y dirección a Sus hijos.

Pero, en definitiva, ¿qué es el Evangelio sino el plan de Dios para redimir a Sus hijos y llevarlos de nuevo a Su presencia?

Sabiendo que el desviarse es parte de la naturaleza de todas las cosas, debemos asegurar firmemente nuestras anclas en la roca de la verdad del Evangelio; no se deben bajar levemente sobre las arenas del orgullo ni permitir que apenas toquen la superficie de nuestras convicciones.

Este mes tenemos la oportunidad de escuchar a los siervos de Dios en la conferencia general de la Iglesia. Sus palabras, unidas a las Escrituras y a las impresiones del Espíritu, proporcionan el cimiento seguro y estable de valores y principios eternos en el que podemos afianzar nuestras anclas a fin de permanecer firmes y seguros en medio de las dificultades y las pruebas de la vida.

Helamán, el profeta de la antigüedad, declaró: “Y ahora bien, recordad, hijos míos, recordad que es sobre la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios, donde debéis establecer vuestro fundamento, para que cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

El valor de asegurar firmemente las anclas

La vida tiene una manera de poner a prueba la firmeza de nuestras anclas y de tentarnos para que nos desviemos. No obstante, si nuestras anclas están asentadas correctamente en la roca de nuestro Redentor, resistirán, sin importar la violencia del viento, la fuerza de la marea ni la altura de las olas.

Por supuesto, un barco no está diseñado para permanecer inmóvil en un puerto, sino para levar anclas y navegar por el mar de la vida. Pero, ésa es una parábola para otra ocasión.

Por ahora, me consuela saber que el ancla del Evangelio y la roca de nuestro Redentor nos mantendrán firmes y seguros.

Esa ancla nos resguardará de ir a la deriva hacia el peligro y el infortunio, y nos dará la gloriosa oportunidad de disfrutar de las bellezas incomparables del siempre cambiante y sublime escenario de la vida.

La vida es bella y digna de vivirse. El viento, las tormentas y las corrientes predominantes pueden tentarnos a desviarnos hacia peligros visibles u ocultos, pero el mensaje del Evangelio y su poder divino nos mantendrán en el camino de regreso al puerto seguro de nuestro Padre Celestial.

Por lo tanto, no sólo escuchemos los discursos de la conferencia general de abril, sino que además pongamos en práctica sus mensajes para que sean un ancla firmemente asegurada en nuestro diario vivir.

¡Que Dios nos bendiga y guíe en este empeño tan importante y fundamental!

Cómo enseñar con este mensaje

Considere la posibilidad de hablar sobre la importancia de las anclas en el contexto del viaje en barco de la familia de Lehi hacia la tierra prometida (véase 1 Nefi 18). Podría mencionar 1 Nefi 18:11–15, la ocasión en que atan a Nefi, la Liahona deja de funcionar y el barco es impulsado por una fuerte tempestad. ¿Qué consecuencias enfrentamos cuando no estamos anclados firmemente en el Evangelio? También podría mencionar 1 Nefi 18:21–22 y hablar sobre la manera de encontrar seguridad al volvernos hacia el Salvador.

Jóvenes

La conferencia y yo

Por Sarah Deeks

La autora vive en Toronto, Canadá.

Solía pensar que el fin de semana de la conferencia general era largo y aburrido, pero con el paso de los años he llegado a apreciarlo y a esperarlo con entusiasmo. Ese fin de semana puede fortalecernos espiritualmente; sin embargo, es fácil dejar que esos sentimientos disminuyan cuando volvemos a la vida cotidiana el día lunes. Algunas de las ideas a continuación me han ayudado a sacar el mayor provecho posible de la conferencia.

Me preparo para la conferencia escribiendo preguntas y luego tomo notas cuando se me responden. Después de la conferencia, me gusta descargar los discursos y la música de LDS.org y los pongo en un reproductor de MP3 para poder escuchar un discurso o un himno mientras sigo mi rutina diaria. También me gusta estudiar el contenido de la conferencia en la revista Liahona. Resalto y pongo notas en los márgenes de mi ejemplar personal de manera que, para cuando llega el momento de la próxima conferencia, la revista está bien gastada. A veces, mi familia estudia los mensajes en la noche de hogar.

Mantener el Espíritu que sentimos durante la conferencia y seguir aprendiendo de los mensajes requiere esfuerzo, pero hacerlo ha sido una gran bendición para mí. Al estudiar los mensajes de la conferencia general he recibido mucha fortaleza y dirección en tiempos de necesidad, y sé que esos mensajes son inspirados.

Niños

Echa tu ancla

¿Qué te mantendrá anclado al Evangelio? Dibuja una línea desde la cuerda que tiene el muchacho en la mano hasta las ilustraciones que el presidente Uchtdorf mencionó como lugares seguros para echar tu ancla.