La promesa de Porter

Carole M. Stephens

De “Tenemos gran motivo para regocijarnos”, Liahona, noviembre de 2013, págs. 115–116.


Cuando mi suegro falleció, nuestra familia se reunió para saludar a las personas que vinieron a brindarnos sus condolencias. A lo largo de la noche, al estar conversando con familiares y amigos, con frecuencia observé a Porter, nuestro nieto de diez años, parado junto a mi suegra: su “abuelita”. A veces se paraba detrás de ella, como si la estuviera cuidando. Una vez me fijé que tenía el brazo entrelazado con el de ella. Lo vi darle palmaditas en la mano, darle abrazos y permanecer a su lado.

Varios días después de esa experiencia no podía dejar de pensar en aquella imagen. Tuve la impresión de mandarle a Porter un correo electrónico. Le dije lo que había visto y sentido. También le recordé los convenios que había hecho cuando se bautizó, para lo cual cité las palabras de Alma que se encuentran en el capítulo 18 de Mosíah:

“…y ya que deseáis entrar en el redil de Dios y ser llamados su pueblo, y estáis dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros para que sean ligeras;

“sí, y estáis dispuestos a llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte… para que tengáis vida eterna;

“…Si éste es el deseo de vuestros corazones, ¿qué os impide ser bautizados en el nombre del Señor, como testimonio ante él de que habéis concertado un convenio con él de que lo serviréis y guardaréis sus mandamientos, para que él derrame su Espíritu más abundantemente sobre vosotros?” (versículos 8–10).

Le expliqué a Porter que Alma enseñó que los que desean ser bautizados deben estar dispuestos a servir al Señor mediante el servicio a los demás, ¡por toda la vida! Le dije: “No sé si te diste cuenta, pero de la forma en que demostraste amor y preocupación por la abuelita es como guardas tus convenios. Guardamos nuestros convenios todos los días cuando somos amables, demostramos amor y nos cuidamos los unos a los otros. ¡Sólo quería decirte que estoy orgullosa de ti porque eres un niño que guarda sus convenios! Conforme guardes los convenios que hiciste al bautizarte, estarás preparado para ser ordenado al sacerdocio. Ese convenio adicional te dará más oportunidades de bendecir y servir a los demás y te ayudará a prepararte para los convenios que efectuarás en el templo. ¡Gracias por ser un gran ejemplo para mí! ¡Gracias por demostrarme cómo es una persona que guarda sus convenios!”.

Porter me respondió: “Abuela, gracias por tu mensaje. Cuando abrazaba a la abuelita, no sabía que estaba cumpliendo con mis convenios, pero tuve un sentimiento cálido en el corazón y me sentí muy bien. Sé que era el Espíritu Santo que estaba en mi corazón”.

Yo también tuve un sentimiento cálido en el corazón cuando me di cuenta de que Porter sabe que cuando guarda sus convenios “siempre [puede] tener [el] Espíritu [del Padre Celestial consigo]” [D. y C. 20:77]. Esta promesa se logra cuando recibimos el don del Espíritu Santo.

¡Sé alguien que guarda sus convenios!

Cuando me bautice, prometo…

Mostrar amor y bondad,

consolar a aquellos que estén tristes,

guardar los mandamientos del Padre Celestial,

y hablar con los demás en cuanto al Padre Celestial.

A la vez, el Padre Celestial me promete…

¡Que siempre tendré el Espíritu Santo!

Firmado,

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