Encontrar esperanza en el futuro

Stan Pugsley


El 12 de septiembre de 2001, mi esposa y yo caminábamos de un lado a otro en un hospital de Tucson, Arizona, EE. UU., pasando horas de ansiedad mientras esperábamos que naciera nuestro hijo. De nuestro televisor y de todos los otros televisores del edificio, nos bombardeaban con imágenes del día anterior en la Ciudad de Nueva York: imágenes de las dos torres que habían sido pilares de la ciudad y que caían para convertirse en escombros y polvo. Las imágenes, transmitidas durante horas, nos dejaron con un sentimiento de desolación; parecía el peor momento posible para traer un bebé al mundo, un mundo que parecía tan tenebroso y amenazante.

Nuestro bebé varón nació temprano la siguiente mañana. Al tener a nuestro hijito en mis brazos, medité en cuanto a los acontecimientos devastadores de los últimos días, acontecimientos que me hicieron pensar en los incendios del Parque Nacional Yellowstone en 1988. Las llamas habían consumido casi 325.000 ha (800.000 acres) de bosque. La devastación del parque parecía absoluta. Las nuevas imágenes mostraban sólo tierra incinerada y un humo denso y negro en el cielo. Ninguna cantidad de esfuerzo humano podría devolver rápidamente lo que se había perdido. Parecía que incluso la regeneración infatigable y el vigor de la naturaleza no podían competir con el poder destructivo del fuego.

Sin embargo, la siguiente primavera ocurrió un apacible milagro: plantas y flores pequeñas comenzaron a brotar del terreno chamuscado. De forma gradual, más y más flores, arbustos y árboles afloraron de la tierra. El renacimiento del parque fue lento y estuvo lleno de diminutos pero gloriosos detalles, y con el tiempo los resultados fueron dramáticos.

En momentos de temor que parecen consumirnos, como los incendios abrasadores de Yellowstone, cuando nuestra fe y nuestra esperanza están a su límite, debemos recordar que hay un fundamento apacible e inamovible a nuestros pies, mucho más poderoso que cualquier fuerza del mal que podamos afrontar. Helamán explica que este fundamento es “la roca de nuestro Redentor, el cual es Cristo, el Hijo de Dios”. Si nos afirmamos en Él, entonces “cuando el diablo lance sus impetuosos vientos, sí, sus dardos en el torbellino, sí, cuando todo su granizo y furiosa tormenta os azoten, esto no tenga poder para arrastraros al abismo de miseria y angustia sin fin, a causa de la roca sobre la cual estáis edificados, que es un fundamento seguro, un fundamento sobre el cual, si los hombres edifican, no caerán” (Helamán 5:12).

Cuando afrontamos las fuerzas frenéticas del mal y de la tentación en el mundo, podríamos pensar que se ha eclipsado y aplastado la pequeña y sencilla influencia del Evangelio. Tal vez sintamos duda y perdamos la esperanza al esperar en vano que se resuelvan las injusticias, que se aplaque el dolor y que se contesten las preguntas. Sin embargo, esos mismos vientos que nos azotan siembran las semillas del cambio y del crecimiento, y el poder inmenso del Evangelio trabaja calladamente bajo la tierra de la existencia mortal, preparando miles de pequeñas semillas de esperanza y de vida.