Voces de los Santos de los Últimos Días


¿Cómo supieron?

El presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, impartió un mensaje a las hermanas de la Sociedad de Socorro durante la Reunión General de la Sociedad de Socorro de 2011, que me llegó al corazón y me brindó paz. Él se refirió a la diminuta flor nomeolvides, y a sus cinco pétalos, para representar cinco cosas que siempre debemos recordar1.

Después de la reunión, mi hija Alyssa me contó un relato acerca de su amiga Jessie, que es dueña de un pequeño negocio de servicio de comida. Las líderes de la Sociedad de Socorro de su estaca le encargaron a Jessie preparar un postre para servir después de la Reunión General de la Sociedad de Socorro. Jessie le comentó a Alyssa que inmediatamente supo lo que debía preparar: 250 pastelitos individuales. Alyssa se ofreció para ayudar a transportarlos hasta el centro de estaca.

Llegó el día de la reunión, y cuando Alyssa fue para ayudar, encontró a Jessie al borde del llanto. Los pastelitos estaban listos, pero Jessie había enviado una foto de los pequeños pasteles a una pariente, quien le había dicho que no eran lo suficientemente elegantes para la reunión.

Jessie comenzó a dudar de sí misma; llegó a la conclusión de que las líderes de la Sociedad de Socorro de la estaca estarían esperando algo más refinado que sus simples pastelitos. Trató desesperadamente de pensar en alguna manera de redecorarlos, pero no había tiempo. Ella y Alyssa los llevaron tal y como estaban, y Jessie sentía que había defraudado a las hermanas… hasta que habló el presidente Uchtdorf.

Cuando él habló acerca de las diminutas flores nomeolvides, apareció en la pantalla la imagen de una florecita azul; era una florecita tan sencilla, pero tan hermosa con sus delicados pétalos veteados. El mensaje del presidente Uchtdorf conmovió a todas las hermanas; en él, nos rogaba que no nos dejáramos distraer tanto por las grandes flores exóticas a nuestro alrededor, al grado de que nos olvidáramos de las cinco sencillas, pero importantes, verdades que nos estaba enseñando.

Tras la oración final, las hermanas se dirigieron al salón cultural. Cuando Alyssa y Jessie entraron, encontraron a todas alrededor de la mesa de los postres, preguntando: “¿Cómo supieron?”.

Cada pastelito tenía un glaseado blanco, decorado con una sencilla, bella y delicada nomeolvides de cinco pétalos.

    Nota

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    Véase de Dieter F. Uchtdorf, “No me olvides”, Liahona, noviembre de 2011, pág. 120.

La promesa me dio esperanza

Poco después de casarnos, mi esposo y yo fuimos bendecidos con un hijo. Cuando veía su sonrisa y lo miraba a los ojos, me sentía en deuda con el Padre Celestial. Nuestro hijo me parecía perfecto. Mi esposo y yo agradecíamos a Dios a diario tan hermoso don.

El 19 de febrero de 2009, me hallaba empacando para volver a la universidad para mi último año de clases. Ni mi esposo ni yo sabíamos en ese momento que al día siguiente, nuestro amado hijo contraería fiebre y dejaría la vida mortal.

Fue una experiencia difícil de sobrellevar. Los miembros de nuestro barrio vinieron a casa para consolarnos con las Escrituras y los himnos, y para orar con nosotros. Valoré sus sentidas condolencias, pero mi dolor persistía. Cada vez que pensaba en mi hijo, se me llenaban los ojos de lágrimas.

Cuatro días después de su muerte, me sentí inspirada a estudiar Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith. Al tomar el libro, se abrió en mis manos en el capítulo: “Palabras de esperanza y consuelo en la ocasión de la muerte”. Comencé a leer y me sentí profundamente conmovida por las trágicas pérdidas que experimentaron José y Emma cuando empezaron su familia. Cuando llegué a un fragmento de un discurso que dio el Profeta en el funeral de un niña de dos años, sentí como si me hubieran echado agua fría sobre la cabeza, aliviando mis pensamientos colmados de aflicción.

Llamé a mi esposo, y juntos leímos: “He preguntado: ¿Por qué será que nos son arrebatados los pequeñuelos, los niños inocentes[?]… El Señor se lleva a muchos, aun en su infancia, a fin de que puedan verse libres… de las angustias y maldades de este mundo. Son demasiado puros, demasiado bellos para vivir sobre la tierra; por consiguiente, si se considera como es debido, veremos que tenemos razón para regocijarnos, en lugar de llorar, porque son librados del mal y dentro de poco los tendremos otra vez”.

El Profeta agregó: “Quizás se haga la pregunta: ‘¿Tendrán las madres a sus hijos en la eternidad?’ ¡Sí, sí! Madres, tendrán a sus hijos, porque ellos tendrán la vida eterna, porque su deuda está saldada”1.

Desde que leímos esas hermosas palabras, nuestras oraciones familiares han estado llenas de gratitud por la promesa de que, gracias a la expiación de Jesucristo, estaremos nuevamente con nuestro hijo.

Actualmente tenemos tres maravillosos hijos, hermanos del que ya partió. Les estamos enseñando el verdadero Evangelio eterno, que los guiará nuevamente a su Padre Celestial y a su Salvador Jesucristo.

Sé que el mensaje del profeta José Smith acerca de la vida después de la muerte es verdadero. Por siempre estaré agradecida por la esperanza, la paz, el gozo y la felicidad que trae a nuestra familia, a ambos lados del velo.

    Nota

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    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 186–187.

Tenía bastante para compartir

Siempre había considerado la preparación para las emergencias desde el punto de vista de velar por mi familia y por mí mismo. Sin embargo, aprendí a pensar en ello de forma diferente un domingo por la mañana de 1992, en el sur de Florida. El huracán Andrew, uno de los más destructivos y devastadores que han asolado los Estados Unidos, irrumpió en Miami, Florida, una bella mañana de verano.

Me encontraba viviendo temporalmente en un apartamento junto a la playa mientras asistía a un programa de adiestramiento laboral de tres meses. Cuando llegó la alerta del huracán y nos enteramos de que teníamos que evacuar nuestro complejo de apartamentos para el mediodía, un compañero de trabajo reservó habitaciones en un hotel alejado de la costa para mis colegas y para mí. Recubrí con madera todas las ventanas y guardé mis pertenencias personales.

Como anticipaba la visita de mi esposa e hijos, quienes iban a quedarse por una semana, yo había comprado suficientes alimentos y agua para mi familia de seis. Me tranquilizaba saber que tenía un lugar seguro donde refugiarme, y que tendría suficiente comida para varias semanas.

A las 10:30 de la mañana ya estaba listo para irme; me sentía bien, ya que todo estaba en orden. Me arrodillé para orar, le di gracias al Padre Celestial por mis bendiciones y le pedí Su ayuda durante la tormenta que se avecinaba; al final de mi oración, el Espíritu me inspiró a decir: “Si hay alguien que necesite ayuda, por favor, ayúdame a encontrarlo”.

A los pocos minutos, una viuda de unos 80 años tocó a mi puerta. “Disculpe”, me dijo; “toqué a la puerta equivocada; estoy buscando a una amiga”.

Se veía exhausta. Cuando le pregunté si la podía ayudar, ella se turbó y dijo que no sabía qué hacer ni a dónde ir. Le pregunté dónde vivía y fuimos juntos a su apartamento; evaluamos su situación y examinamos sus opciones.

Le comenté que mi empresa quizás tuviera espacio en una de nuestras habitaciones de hotel, y la invité a quedarse con nuestro grupo. Ella suspiró aliviada. Empacamos rápidamente, aseguramos su apartamento y sus pertenencias e hice arreglos con un colega para que llevara el auto de ella al hotel.

Cuando ya me iba, otras dos viudas pidieron ayuda. Las ayudé a calmarse para que pudieran pensar con claridad y ver dónde podrían refugiarse. Cuando estaba recogiendo el equipaje de un compañero de trabajo, otra señora mayor nos pidió ayuda. Guardamos todas sus frágiles pertenencias en lugares seguros y la ayudamos a preparase para marcharse.

Mientras tanto, otros colegas habían invitado a dos jóvenes estudiantes, que habían estado viviendo en una isla, a quedarse con nuestro grupo en el hotel. La única comida que ellos tenían eran unos bocadillos y una pequeña botella de agua mineral. Afortunadamente, yo tenía bastante para compartir, no sólo con ellos, sino también con todos los demás.

¡Qué bendición fue el estar preparado y recibir la guía del Señor! Eso me permitió ejercer una influencia tranquilizante en momentos de angustia y poder dedicar casi todo mi tiempo a ayudar a los demás sin preocuparme de mí mismo. Ahora tengo en mayor estima el consejo de nuestros líderes del sacerdocio de estar preparados.

Esperando el amanecer

Las sombras envolvían la habitación mientras yo yacía despierta escuchando la respiración de mi esposo, tratando de determinar si estaba dormido. Habían transcurrido apenas dos días desde que nuestra hija de 12 años había fallecido por motivo de un repentino y traumático accidente. Volví a cerrar los ojos sin lograr conciliar el sueño. Mi corazón anhelaba estar con mi hija. Todo el conocimiento del Plan de Salvación no lograba aliviar el dolor de extrañarla.

Cuando comenzó a amanecer, súbitamente sentí un intenso deseo. El sol iba a salir muy pronto y en mi mente podía ver el cielo tiñéndose de una suave luz rosada. A nuestra hija le encantaba el color rosado. Un amanecer color rosa sería justo lo que necesitaba para sentirme otra vez cerca de ella.

“Vayamos a ver la salida del sol”, le susurré a mi soñoliento esposo.

Nos paramos frente a la casa, mirando hacia el este, y esperamos… y esperamos. Aunque el cielo se estaba aclarando, el sol no se abría paso a través de las nubes en el horizonte.

Recliné la cabeza en el hombro de mi esposo y suspiré, tratando de fingir que no me importaba; sin embargo, yo quería más; necesitaba más. Ciertamente el Padre Celestial podía haberme concedido este deseo después de haberse llevado a nuestra dulce hija a Su hogar con Él.

Cuando mi esposo se dio la vuelta para entrar en la casa, mirando detrás de nosotros hacia el oeste, dijo: “¡Mira!”.

Me di la vuelta. Detrás de nosotros, las nubes estaban teñidas de un delicado color rosáceo, envueltas en una luz dorada. Me quedé sin aliento y me brotaron las lágrimas. ¡Era mucho más bello de lo que podía haber imaginado! Sentí como si fuese un abrazo de nuestra hija. Supe que el Padre Celestial estaba al tanto de mi corazón afligido y me estaba enviando una promesa de paz para el futuro, un tierno recordatorio de que las familias son eternas y de los hermosos momentos aún por venir.

A menudo he pensado en ese hermoso momento y en la nueva perspectiva que me brindó. ¿Quién mira al oeste para ver la salida del sol? Sin embargo, allí era donde me esperaba el milagro. ¿Cuántas bendiciones y milagros me pierdo porque provienen de lugares inesperados? ¿Cuántas veces me centro en lo que pienso que debe ser y paso por alto la gloria de lo que es?

Habíamos orado sin cesar por un milagro que fue negado, pero al mirar a mi alrededor con mi nueva perspectiva, vi el milagro de cuatro vidas que se mejoraron por la donación de los órganos de nuestra hija, el milagro del amor en la familia y la unidad del barrio, y el milagro del servicio. He sentido profunda aflicción, pero también he sentido que una poderosa esperanza llena mi alma en cada amanecer rosáceo, en cada ocaso teñido de rosa y en cada flor rosada que se cruzaba en mi camino.

Ahora, cuando sale el sol, miro al este y luego me vuelvo para ver al oeste. Sonrío al darme cuenta de que siempre hay milagros y bendiciones por descubrir, y que el sol siempre saldrá por encima de nuestras aflicciones, si se lo permitimos.