2014
Moisés
Abril 2014


Profetas del Antiguo Testamento

Moisés

“Tan grande fue Moisés que aun a Cristo se lo describe como profeta, igual que a este antiguo líder de las huestes de Israel”1. —Élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Quórum de los Doce Apóstoles

Nací en Egipto en una época en la que mi pueblo, los israelitas, estaban en cautiverio. Por temor a que aumentara el número de esclavos israelitas, Faraón mandó que se diera muerte a todos los varones israelitas al nacer. A fin de protegerme, mi madre me escondió durante tres meses después de que nací antes de colocarme en un cesto entre los juncos del Nilo. La hija de Faraón me encontró y me crió como si fuera su hijo2.

Al crecer, me fui de Egipto y viví en la tierra de Madián; allí encontré gracia ante Jetro, pastor y sacerdote, y me casé con su hija Séfora. De Jetro recibí el Sacerdocio de Melquisedec3.

Un día, mientras apacentaba el rebaño de Jetro, el Señor se me apareció en una zarza ardiente y me llamó para que librara a los hijos de Israel de la esclavitud4.

Regresé a Egipto y le dije a Faraón que liberara al pueblo del Señor, pero en lugar de ello, aumentó sus cargas. El Señor envió una serie de plagas sobre los egipcios, pero Faraón endureció su corazón y aún se negó a liberar a los israelitas. La última plaga fue un ángel destructor que dio muerte al hijo primogénito de todas las familias de Egipto. Para protegerse del ángel destructor, los israelitas untaron la sangre de un cordero sin defecto sobre el dintel de la puerta y permanecieron dentro de sus casas. El Señor instituyó, por medio de mí, la fiesta de la Pascua como una ordenanza, a fin de que todos los años los israelitas recordaran ese milagro5.

Esta plaga final hizo que Faraón cediera y dejara ir a los israelitas; no obstante, más tarde endureció su corazón y envió a sus ejércitos para que siguieran a los israelitas que se habían marchado. El Señor me bendijo con el poder de partir el mar Rojo y escapamos en tierra seca mientras que el mar inundó al ejército de Faraón6.

El Señor nos condujo por el desierto por medio de una nube de día y un pilar de fuego por la noche. Nos sustentó con agua, maná y codornices7.

Ascendí al monte Sinaí, donde permanecí 40 días, y allí recibí del Señor los Diez Mandamientos. Cuando volví de la montaña, los israelitas se habían alejado de Dios y habían fundido un becerro de oro para adorarlo. Ya no eran dignos de recibir la ley que Dios me había dado, de modo que rompí las tablas donde se encontraba la ley. Regresé a la montaña, donde el Señor me dio la ley menor, a la que se le dio mi nombre: la ley de Moisés8.

En el desierto, el Señor me reveló los diseños para construir un tabernáculo o templo portátil. Llevábamos el tabernáculo con nosotros en nuestros viajes a fin de adorar en él. En dicho tabernáculo, la gente recibía ordenanzas y yo hablaba con el Señor “cara a cara, como habla cualquiera con su prójimo”9. El Señor me mostró cómo construir el arca del convenio, una sagrada reliquia que se encontraba en la sección más sagrada del tabernáculo: el Lugar Santísimo10.

Cuando el Señor envió “serpientes ardientes” para castigar a los israelitas, se me mandó hacer una serpiente de bronce y levantarla en un asta para que todos los que fuesen mordidos por las serpientes miraran el asta y fueran sanados. Sin embargo, debido a su orgullo y a la sencillez de la tarea, muchos no miraron y, por tanto, perecieron11.

El Señor hizo que los israelitas anduviesen errantes en el desierto durante cuarenta años antes de permitirles entrar en la tierra prometida12. Yo no entré, sino que fui “arrebatado por el Espíritu” hacia el Señor13.