Cómo utilizar el Plan de Salvación para contestar preguntas

LaRene Porter Gaunt


Cuando nosotros u otras personas tenemos preguntas acerca del evangelio de Jesucristo, ¿sabemos dónde hallar las respuestas?

Vivimos en una época emocionante; el evangelio restaurado de Jesucristo está “[saliendo] de la obscuridad” (D. y C. 1:30) y, como resultado, más hijos de nuestro Padre Celestial que no son de nuestra fe están escuchando acerca de “los mormones”. Algunos oyen cosas que suenan raras y confusas; otros oyen cosas que les parecen familiares y consoladoras. Las personas de ambos grupos tal vez acudan a nosotros en busca de respuestas a sus interrogantes. Muchas respuestas se encuentran en el Plan de Salvación, el que también se conoce como el “gran plan de felicidad” (Alma 42:8).

Las preguntas que se hacen más comúnmente son: “¿De dónde vine?”, “¿Por qué estoy aquí?” y “¿Adónde voy después de esta vida?”. A todas estas preguntas se les puede dar respuesta mediante las verdades que se encuentran en el Plan de Salvación. En este artículo se muestran algunas de las respuestas que las Escrituras y nuestro Profeta, el presidente Thomas S. Monson, han dado con respecto a esas preguntas.

¿De dónde vine?

Somos seres eternos; vivimos con Dios antes de esta vida como Sus hijos en espíritu. “El apóstol Pablo [enseñó]… que ‘[somos]… linaje de Dios’ (Hechos 17:29)”, dijo el presidente Monson. “Puesto que sabemos que nuestro cuerpo físico es el linaje de nuestros padres terrenales, debemos averiguar el significado de la declaración de Pablo. El Señor ha declarado que ‘el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre’ (D. y C. 88:15). Por tanto, el espíritu es linaje de Dios. El autor del libro de Hebreos se refiere a Él como el ‘Padre de los espíritus’ (Hebreos 12:9)”1.

¿Por qué estoy aquí?

De nuestra vida en la tierra, el presidente Monson dijo: “Cuán agradecidos debemos estar de que un sabio Creador formó una tierra y nos colocó aquí con un velo de olvido sobre nuestra existencia anterior, para que experimentásemos una época de prueba, una oportunidad de demostrarnos a nosotros mismos que podemos ser merecedores de todo lo que Dios ha preparado para darnos.

“Es evidente que uno de los propósitos principales de nuestra existencia en la tierra es el de obtener un cuerpo de carne y huesos. También se nos ha dado el don del albedrío. Tenemos el privilegio de tomar nuestras propias decisiones de muchas maneras diferentes. Aquí aprendemos del estricto capataz de la experiencia; discernimos entre el bien y el mal; distinguimos lo amargo de lo dulce; descubrimos que hay consecuencias vinculadas a nuestras acciones”2.

¿Adónde voy después de esta vida?

La muerte llega a todos los miembros de la familia humana, pero “Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?” (Job 14:14). “…sabemos que la muerte no es el fin”, dijo el presidente Monson. “Esta verdad la han enseñado los profetas vivientes a través del tiempo y también se encuentra en nuestras Santas Escrituras. En el Libro de Mormón, leemos palabras específicas y de consuelo:

‘Ahora bien, respecto al estado del alma entre la muerte y la resurrección, he aquí, un ángel me ha hecho saber que los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida.

‘Y sucederá que los espíritus de los que son justos serán recibidos en un estado de felicidad que se llama paraíso: un estado de descanso, un estado de paz, donde descansarán de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena’ (Alma 40:11–12)”3.

Después de resucitar, vamos al reino celestial, con gloria semejante al sol; al reino terrestre, con gloria semejante a la luna; al reino telestial, con gloria semejante a las estrellas; o a las tinieblas de afuera (véase D. y C. 76).

¿Existe realmente un Dios? ¿Es real Satanás?

Nuestro Padre Celestial, Jesucristo y Satanás, fueron todos parte del gran Concilio de los Cielos que se efectuó antes de que naciéramos. Como parte del Plan de Salvación, el Padre Celestial pidió que alguien fuese a la tierra y expiara nuestros pecados. Dijo: “¿A quién enviaré? Y respondió uno [Jesucristo] semejante al Hijo del Hombre: Heme aquí; envíame. Y otro [Satanás] contestó, y dijo: Heme aquí; envíame a mí. Y el Señor dijo: Enviaré al primero.

“Y el segundo [Satanás] se llenó de ira, y no guardó su primer estado; y muchos lo siguieron ese día” (Abraham 3:27–28; véanse también D. y C. 29:36–37; Moisés 4:1–4).

¿Poseemos el poder para resistir las tentaciones de Satanás?

La tercera parte de los espíritus que decidieron seguir a Satanás después del Concilio de los Cielos fueron expulsados con él, y tanto ellos como Satanás siguen siendo espíritus sin cuerpo físico. El profeta José Smith enseñó: “Todos los seres que tienen cuerpo poseen potestad sobre los que no lo tienen”4. Por consiguiente, Satanás puede tentarnos, pero nosotros tenemos el poder para resistir.

¿Por qué a veces parece que el Padre Celestial no contesta mis oraciones?

“La oración es el acto mediante el cual se establece una concordancia entre la voluntad del Padre y la de Sus hijos. La finalidad de la oración no es cambiar la voluntad de Dios” (véase Bible Dictionary, “Prayer”). La oración es una herramienta que nos ayuda a decidir si utilizaremos nuestro albedrío para conformar nuestra voluntad con la de Dios (véase Abraham 3:25). Nuestro Padre Celestial siempre contesta nuestras oraciones, pero esas respuestas se pueden presentar en la forma de un sí, de un no, o de aún no. El momento oportuno es importante.

¿Por qué tengo dificultades cuando me estoy esforzando por llevar una vida buena?

Las dificultades son parte del Plan de Salvación; nos hacen más fuertes, nos perfeccionan y nos purifican a medida que confiamos en Jesucristo y en Su evangelio. Nuestro Padre Celestial nos sostiene durante nuestras dificultades; nuestras tribulaciones nos “servirán de experiencia, y serán para [nuestro] bien” (D. y C. 122:7).

¿Cómo puedo saber lo que es bueno y lo que es malo?

Todos los hijos de Dios nacemos con la luz de Cristo, lo que nos permite “discernir el bien del mal” (Moroni 7:16). Además, el Espíritu Santo puede dar testimonio de la verdad a nuestra mente y nuestro corazón mediante sentimientos de paz y calidez (véase D. y C. 8:2–3).

¿Puedo ser perdonado aun si he cometido pecados graves?

Dios sabía que todos pecaríamos mientras aprendíamos a escoger entre lo bueno y lo malo5. Sin embargo, todos los pecados conllevan un castigo, y la justicia exige que se sufra el castigo. En Su misericordia, nuestro Padre Celestial permitió que Jesucristo llevase a cabo la Expiación y satisficiera las demandas de la justicia por todos nosotros (véase Alma 42). En otras palabras, el sufrimiento de Cristo en Getsemaní y Su muerte en el Gólgota pagó el precio por todos nuestros pecados si accedemos a la expiación de Cristo mediante el arrepentimiento y al recibir las ordenanzas del Evangelio. Entonces, nuestros pecados serán perdonados (véase D. y C. 1:31–32).

¿Dónde puedo aprender más sobre el Plan de Salvación?

  1. 1.

    El Plan de Salvación se enseña claramente en el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y La Perla de Gran Precio.

  2. 2.

    Las palabras de los profetas vivientes se encuentran en conference.lds.org . Se pueden buscar términos tales como Plan de Salvación, plan de felicidad, expiación, exaltación, justicia y misericordia, arrepentimiento y resurrección.

  3. 3.

    Véase la “Lección 2: El Plan de Salvación” en el capítulo 3 de Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional.

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    Notas

  1.   1.

    Thomas S. Monson, “La carrera de la vida”, Liahona, mayo de 2012, pág. 91; véase también Abraham 3:22–26.

  2.   2.

    Véase de Thomas S. Monson, “La carrera de la vida”, págs. 91–92; véase también Alma 34:32–34.

  3.   3.

    Thomas S. Monson, “La carrera de la vida”, pág. 93; véase también Doctrina y Convenios 76:59–111.

  4.   4.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 222.

  5.   5.

    Los niños pequeños no pueden pecar “sino hasta cuando empiezan a ser responsables” (véase D. y C. 29:46–47).