La confianza que brinda la dignidad

Jeffrey R. Holland

De un charla fogonera para jóvenes llevada a cabo el 31 de diciembre de 2006.


Élder Jeffrey R. Holland
Deseo hablar en forma específica acerca de cómo tener una clase de confianza muy especial.

Mi mensaje para ustedes es uno de esperanza y ánimo para el presente y para el resto de su vida. Hay muchos problemas en el mundo, pero siempre ha habido problemas, en todas las épocas y edades; no se preocupen por ellos ni dejen que los desanimen. Los próximos años estarán llenos de extraordinarias oportunidades y grandes bendiciones. Seguiremos teniendo adelantos en la ciencia, la tecnología, la medicina y la comunicación —todos esos campos que tanto enriquecen nuestra vida. Ustedes viven en la época más gloriosa que jamás se haya visto en el mundo, en la que más bendiciones llegan a mayor cantidad de personas del mundo que en cualquier otro momento de la historia. Recuerden, sus abuelas jamás soñaron tener una tableta digital cuando tenían la edad de ustedes, y sus abuelos aún no tienen ni idea de cómo enviar un mensaje de texto. Así que, sean felices, manténganse sanos y optimistas.

Digo esto, en parte, porque un artículo que leí hace poco decía que la enfermedad más común entre la juventud de hoy no es ni la diabetes, ni los problemas cardíacos ni el cáncer (esos problemas suelen reservarse para la gente de mi edad, no la de ustedes); no, la enfermedad que los adolescentes y los veinteañeros padecen más, según el informe, es el dudar de sí mismos, el temor al futuro, la poca autoestima y la falta general de confianza en sí mismos y en el mundo que los rodea.

Aunque yo sea mucho mayor que ustedes, comprendo ese tipo de preocupaciones, porque durante la mayor parte de mi juventud yo también parecía enfrentar situaciones en las que no tenía mucha confianza en mí mismo. Recuerdo que me esforzaba por tener buenas calificaciones en la escuela con la esperanza de obtener una beca, y me preguntaba por qué los demás parecían tener más talento que yo en ese aspecto. Recuerdo años y años de competencias deportivas en las que procuré jugar con la confianza necesaria para tener éxito en los deportes de la secundaria y la universidad, deseando desesperadamente ganar el partido importante o el codiciado campeonato. En especial, recuerdo la falta de confianza al tratar con las jóvenes, lo que con tanta frecuencia es la causa de ansiedad entre los muchachos. Estoy tan agradecido de que la hermana Holland me diera una oportunidad. Sí, puedo recordar todas las cosas que ustedes recuerdan: el sentirme incómodo con mi apariencia, el no estar seguro de que me aceptarían ni de lo que me depararía el futuro.

No es mi intención hablar de todos los problemas que un joven afronta y que lo hacen dudar de sí mismo o tener falta de confianza, pero sí deseo hablar específicamente sobre cómo adquirir una clase de confianza muy especial —una confianza que, cuando se gana merecidamente, logra maravillas en todos los demás aspectos de nuestra vida, especialmente en nuestra autoestima y en cómo percibimos el futuro. Para enfatizar este punto, necesito contarles algo.

El valor de la dignidad personal

Hace ya muchos años, mucho antes de que fuera llamado como Autoridad General, participé como discursante en una conferencia de jóvenes adultos. La conferencia terminó con una reunión de testimonios en la que un joven y apuesto ex misionero se puso de pie para dar su testimonio. Lucía apuesto, pulcro y seguro —tal como debe ser la apariencia de un ex misionero.

Al empezar a hablar, se le llenaron los ojos de lágrimas. Dijo que estaba agradecido por estar entre un grupo tan fantástico de jóvenes Santos de los Últimos Días y de sentirse bien por la vida que estaba tratando de llevar. Pero ese sentimiento, dijo él, sólo había sido posible debido a una experiencia que había tenido unos años antes, una experiencia que había cambiado su vida para siempre.

Entonces habló de la ocasión, poco después de haber sido ordenado élder a los 18 años, en que regresó a casa luego de haber salido con una jovencita. Algo había ocurrido en esa ocasión de lo que no se sentía orgulloso. No entró en detalles, ni tendría que haberlo hecho en público. Hasta el día de hoy desconozco la naturaleza del incidente, pero para él fue lo suficientemente importante como para que afectara su espíritu y su autoestima.

Mientras se encontraba sentado en su automóvil en la entrada de su casa, meditando y sintiendo gran pesar por lo ocurrido, fuese lo que fuese, su madre, que no era miembro de la Iglesia, salió corriendo desesperada de la casa y corrió hacia el auto donde él estaba. En un instante, le comunicó que su hermano menor se acababa de caer, se había golpeado la cabeza con fuerza y parecía estar teniendo convulsiones. El padre, que tampoco era miembro, había llamado de inmediato para que enviaran una ambulancia, pero la ayuda tardaría en llegar.

“Ven y haz algo”, le suplicó. “¿No hay algo que hagan en tu Iglesia en momentos como éste? Tú tienes el sacerdocio de ellos. Ven y haz algo”.

Su madre no sabía mucho de la Iglesia en aquel entonces, pero estaba al tanto de las bendiciones del sacerdocio. Sin embargo, esa noche, cuando alguien a quien él tanto amaba necesitaba de su fe y de su ayuda, este joven no pudo responder. Debido a los sentimientos con los que acababa de luchar y la situación comprometida en la que sintió que se había puesto —cualquiera que haya sido— no tuvo el valor de ir ante el Señor y suplicar la bendición que se necesitaba.

Salió volando del automóvil y corrió hasta la casa de un digno hermano mayor del barrio de la Iglesia que le había brindado su amistad desde que el muchacho se había convertido, unos dos o tres años antes. Le explicó lo ocurrido y los dos volvieron a la casa mucho antes de que llegaran los paramédicos. El final feliz de este relato, según se contó en esa reunión de testimonios, fue que ese hermano mayor inmediatamente dio una tierna y poderosa bendición del sacerdocio, dejando al jovencito herido en condición estable y descansando hasta que llegó la ayuda médica. El rápido viaje al hospital y el minucioso examen médico indicaron que no había daños permanentes. Un momento de mucho temor en la vida de esa familia había pasado.

Entonces el ex misionero del que estoy hablando dijo: “Nadie que no haya pasado por lo que yo pasé esa noche sabrá jamás la vergüenza y el pesar que sentí por no sentirme digno de ejercer el sacerdocio que poseía. El recuerdo es aún más doloroso para mí porque era mi propio hermanito el que me necesitaba, y mis amados padres, que no eran miembros y estaban tan angustiados, tenían el derecho de esperar más de mí. Pero hoy, ante ustedes, les puedo asegurar esto”, dijo él: “No soy perfecto, pero a partir de esa noche nunca he hecho nada que me impidiera presentarme ante el Señor con confianza y pedir Su ayuda cuando era necesaria. La dignidad personal es una lucha en este mundo en el que vivimos”, indicó, “pero es una batalla que estoy ganando. He sentido el dedo de la condenación señalándome una vez en mi vida, y no tengo la intención de volver a sentirlo jamás, si puedo hacer algo al respecto. Y, por supuesto”, concluyó, “puedo hacer todo lo necesario para que así sea”.

Concluyó su testimonio y se sentó. Aún lo puedo ver; aún puedo ver el lugar en el que nos encontrábamos; y aún puedo recordar el profundo y conmovedor silencio que siguió a sus palabras mientras todos en la sala tuvieron la oportunidad de examinar su propia alma, comprometiéndose, con más fervor, a vivir según las poderosas palabras que dijo el Señor:

“…deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios; y la doctrina del sacerdocio destilará sobre tu alma como rocío del cielo.

“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad” (D. y C. 121:45–46; cursiva agregada).

Disfrutar del Espíritu de Dios

Mis queridos jóvenes amigos, que tengan una vida maravillosa. Piensen lo mejor, tengan esperanza en lo mejor y tengan fe en el futuro. Tienen una gran vida por delante. Su Padre Celestial los ama. Si han cometido algún error, se pueden arrepentir y ser perdonados, tal como sucedió con ese joven. Tienen plenas razones para vivir, para planear y para creer. El tener una conciencia tranquila cuando están solos con sus recuerdos les permite sentir el Espíritu de Dios de una manera muy personal. Quiero que disfruten ese Espíritu, que siempre sientan confianza en la presencia del Señor. Ruego que los pensamientos virtuosos mantengan nuestras acciones puras esta noche, mañana y para siempre.