Hablamos de Cristo

Asombro me da el amor que me da Jesús


Un domingo, antes de la reunión sacramental, el obispo se me acercó y me preguntó: “¿Nos puedes ayudar a bendecir la Santa Cena?”. Le dije que ciertamente lo haría.

Fui a buscar mi himnario y después me lavé las manos antes de tomar asiento ante la mesa de la Santa Cena. Abrí el himnario, y el primer himno que vi fue “Asombro me da” (Himnos, Nº 118). La reunión aún no había comenzado, así que empecé a leer la primera estrofa: “Asombro me da el amor que me da Jesús”. Inmediatamente se me llenó el corazón con un sentimiento de profundo amor.

La noche anterior había estado leyendo en la Biblia sobre el final de la vida de Jesucristo; las partes que tenían que ver con la Última Cena, el Jardín de Getsemaní, Su muerte y Su resurrección. Me imaginé a Jesús en el momento en el que Sus verdugos lo torturaban, azotaban y ridiculizaban. Asimismo, me lo imaginé llevando a cabo Su sacrificio expiatorio en el Jardín de Getsemaní mientras Sus discípulos dormían.

Me di cuenta de que estaba a punto de bendecir el pan y el agua que representan Su cuerpo y Su sangre. La Santa Cena nos permite renovar el convenio que hicimos cuando nos bautizamos, el de recordarlo siempre, guardar Sus mandamientos y tomar sobre nosotros Su nombre.

Estaba pensando en todo eso cuando comenzó la reunión sacramental. Sentí profundamente que Jesús había sufrido de una manera tan dolorosa e increíble que es incomprensible para nosotros. Entonces me vino a la mente el pensamiento de que Él soportó el sufrimiento a causa de Su gran amor por nosotros; por mí.

Sentí que el Señor me amaba tanto que no pude controlar las lágrimas; sentí que no era digno de lo que el Salvador había hecho por mí; pero también sentí que el amor que Él tiene por mí es perfecto. Un amigo da la vida por sus amigos (véase Juan 15:13). Cuando empezó el himno sacramental, me puse de pie con otro hermano para dar comienzo a la ordenanza.

Descorrimos el hermoso mantel blanco que cubría el pan. Al tomar el pan en mis manos, sabía que tenía la responsabilidad de partirlo como parte de la ordenanza, pero titubeé. El pan representa el cuerpo de Cristo; pensé en los soldados hiriendo al Señor, y no quería partir el pan; cuando partí el primer pedazo, pensé en la manera dolorosa y humillante en que trataron a Jesús antes de Su muerte: la corona de espinas, los azotes, el sufrimiento. Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras preparaba el pan.

Entonces se me ocurrió que esos hechos dolorosos y humillantes fueron necesarios; eran parte del sacrificio expiatorio de Jesucristo, y Él llevó a cabo el sacrificio debido al amor que tiene por mí y por cada uno de nosotros.

Empecé a sentir gran paz y gozo; partí cada trozo de pan lentamente y con cuidado, pues sabía que lo que sostenía en mis manos estaba a punto de ser bendecido y santificado para un propósito especial, y representaba algo sumamente valioso, bello y extraordinario. Sentí la gran responsabilidad de realizar esa ordenanza de manera que los que se encontraban en la reunión pudiesen renovar un convenio con el Señor y recibir las bendiciones de la Expiación.

Cuando terminamos, vi las bandejas llenas del pan partido; era algo maravilloso y sublime. Mi compañero dijo la oración; nunca antes había entendido de manera tan clara la frase: “para que lo coman en memoria del cuerpo de tu Hijo” (D. y C. 20:77).

Al participar del pan, volví a sentir el amor de mi Salvador; me sentí protegido, lleno de humildad, y resuelto a hacer lo correcto. Deseaba examinar mi vida y arrepentirme de todo lo que había hecho mal.

Le agradezco a Jesucristo Su amor por mí. Estoy agradecido de que podamos recibir las bendiciones de Su expiación: ser perdonados de nuestros pecados y tener la oportunidad de regresar a vivir con nuestro Padre Celestial.

Una experiencia espiritualmente purificadora

Élder Robert D. Hales

“Para que la Santa Cena sea una experiencia espiritualmente purificadora cada semana, debemos prepararnos antes de llegar a la reunión sacramental. Hacemos eso deliberadamente dejando atrás nuestras labores y esparcimiento diarios y olvidándonos de los pensamientos y las preocupaciones del mundo; al hacerlo, damos cabida en nuestra mente y en nuestro corazón al Espíritu Santo…

“Al cantar el himno sacramental, participar en las oraciones sacramentales y participar de los emblemas de Su carne y de Su sangre, procuramos, con espíritu de oración, el perdón de nuestras faltas y debilidades. Pensamos en las promesas que hicimos y guardamos durante la semana anterior y hacemos compromisos personales específicos de seguir al Salvador durante la semana siguiente”.

Véase del élder Robert D. Hales, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Volver en sí: La Santa Cena, el templo y el sacrificio al servir”, Liahona, mayo de 2012, pág. 34.

Preguntas para reflexionar

¿Qué puedo hacer durante la semana a fin de prepararme mejor para tomar la Santa Cena? ¿En qué pienso durante la Santa Cena? ¿Siento el perdón y recibo inspiración al tomar la Santa Cena?