Criar a los hijos desconectándonos

Por Jan Pinborough

Revistas de la Iglesia

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El Salvador dijo cuatro palabras sencillas: “Mirad a vuestros pequeñitos”. Los nefitas dirigieron la mirada hacia los niños, y lo que sucedió después es uno de los acontecimientos más sagrados que se encuentran en las Escrituras. (Véase 3 Nefi 17:7–10.)

La primera experiencia que tuve en cuanto a “mirar” fue cuando mi primera hija era recién nacida. Sucedió una noche cuando su pequeño e insistente llanto me despertó como a la medianoche y estaba a punto de darle de comer. Abrió los ojos bien grandes y me miró directamente a los ojos por varios largos y preciados momentos. Mientras ella y yo realmente nos “mirábamos” por primera vez, sentí parte del lazo eterno que compartiríamos.

El estudio de la neurobiología ha confirmado la importancia vital que tiene “el mirarse” entre padres e hijos. Según el Dr. Allan N. Schore, neurobiólogo, la comunicación no verbal del “mirarse mutuamente” es esencial para el debido desarrollo del cerebro infantil1. En años posteriores, esa conexión sigue siendo algo crucial para el desarrollo de la mente, el corazón y el espíritu de nuestros hijos a medida que crecen.

“Mirarse” no es dar una ojeada casual y distraída; es el acto de prestar atención a alguien con el corazón y con la mente; es prestar el tipo de atención centrada que dice: “Te veo; eres importante para mí”.

Para los padres de hoy en día, esa forma de “mirar” con frecuencia requiere la disciplina de desconectarse, la decisión consciente de alejarse de las pantallas y de apagar los dispositivos electrónicos. Tal vez signifique resistir la tentación de mirar los mensajes de texto o de revisar las publicaciones en las redes sociales. Quizás requiera establecer concienzudamente reglas personales y familiares, o límites que protejan el tiempo sagrado que nos brindamos unos a otros diariamente en familia.

Al esforzarnos por mirar más plena y frecuentemente a nuestros pequeñitos, nutriremos la autoestima de nuestros hijos, enriqueceremos nuestra relación con ellos y disfrutaremos más de esos momentos sagrados en los que logramos ver en lo profundo de su corazón.

Ilustración fotográfica por David Stoker.

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Nota

  1. 1.

    Véase “Relational trauma and the developing right brain: The neurobiology of broken attachment bonds”, en Tessa Baradon, ed., Relational Trauma in Infancy, 2010, págs. 19–47.