Sigue las pequeñas impresiones

David Dickson


Vale la pena escuchar todo susurro del Espíritu Santo.

Ilustración por Greg Newbold.

Si un tornado fuese a lanzar el tronco de un árbol enorme sobre tu cama durante la noche, probablemente querrías saberlo con anticipación.

En una ocasión, Wilford Woodruff (1807–1898), que más tarde llegó a ser el cuarto Presidente de la Iglesia, estaba durmiendo en su carreta a la intemperie con su esposa e hijo cuando el Espíritu le susurró: “Levántate y mueve [tu] carruaje”1. Podría haberlo ignorado pensado que era una idea extraña, pero, en lugar de ello, obedeció. Media hora más tarde, el tornado desarraigó un enorme árbol y lo lanzó por el aire. El árbol cayó exactamente donde había estado la carreta.

Hay muchos ejemplos semejantes a éste de milagros que sucedieron como resultado de hacer caso a las impresiones que se reciben.

¿Pero qué pensamos de la impresión que nos inspira a llamar a un amigo sólo para saludarlo? ¿O del sentimiento de poner un par de calcetines extra en la mochila para la próxima caminata a la montaña? Es muy probable que el seguir esos instintos no produzca resultados dramáticos; sin embargo, también son importantes.

El amigo a quien llames quizás esté teniendo un día difícil; la llamada podría animarlo. Al salir en una caminata, un par extra de calcetines podría marcar la diferencia entre caminar cómodamente o con dolorosas ampollas si inesperadamente se te mojan los pies.

El presidente Thomas S. Monson enseñó: “Velamos y esperamos. Escuchamos para oír esa voz suave y apacible; cuando habla, las mujeres y los hombres sabios obedecen. No postergamos seguir la inspiración del Espíritu”2.

A veces, las impresiones espirituales son apremiantes; pero, con mayor frecuencia, son serenas. Nuestro Padre Celestial nos ha prometido que nos instruirá “…línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí” (2 Nefi 28:30).

El élder David A. Bednar, del Quórum de los Doce Apóstoles enseñó: “La mayoría de las veces, la revelación viene en pequeños incrementos a lo largo de cierto tiempo, y se concede de acuerdo con nuestro deseo, dignidad y preparación”3.

Es muy probable que ninguno de nosotros tenga que esquivar el tronco de un árbol que nos lance un tornado; sin embargo, podemos tener la seguridad de que siempre habrá algún bien sencillo y pequeño que podamos hacer si prestamos atención al Espíritu.

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    Notas

  1.   1.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Wilford Woodruff, 2005, pág. 48.

  2.   2.

    Véase de Thomas S. Monson, “El Espíritu vivifica”, Liahona, julio de 1985, pág. 66.

  3.   3.

    David A. Bednar, “El espíritu de revelación”, Liahona, mayo de 2011, pág. 88.