Bendiciones del sacerdocio dadas y devueltas

Julie Keyes, Columbia Británica, Canadá

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    Ilustraciones por Bradley Clark.

    Hace unos años, mientras nuestra familia cenaba con otro matrimonio del barrio, recibimos una llamada de la unidad de emergencias del hospital local. Un oficial le preguntó a mi esposo, que en ese tiempo servía como presidente de estaca, si alguien de nuestra Iglesia podría ir a ver a un joven de 17 años que había sufrido una herida grave en la cabeza.

    Al llegar, mi esposo se enteró de que el joven se había caído de un balcón a la acera que estaba 9 metros más abajo; se encontraba inconsciente y no creían que fuera a vivir.

    Mi esposo y el hermano que estaba cenando con nosotros le dieron una bendición. Se pusieron en contacto con la familia del joven, que vivía a 1.600 km de distancia, y se le informó del pronóstico.

    Milagrosamente, después de unos días en cuidados intensivos, el joven recuperó el conocimiento y empezó a sanar. Durante cuatro semanas, sus padres lo visitaron a diario en el hospital y luego lo llevaron a Arizona, EE. UU., para que pudiera recuperarse por completo.

    Qué maravilla fue presenciar el poder sanador del sacerdocio obrar de manera que se le concediera a aquel joven una segunda oportunidad para tener un futuro saludable. Cuán agradecida estaba yo por mi esposo y por otros miembros del barrio que están preparados para brindar servicio en el sacerdocio y actuar con autoridad divina.

    Me apené profundamente por los padres del joven, que estaban tan lejos de su hijo durante aquella crisis. Sin embargo, me alegró oír que se tranquilizaron al saber que su hijo había recibido una bendición del sacerdocio y que los miembros de la Iglesia estaban dispuestos a ayudar.

    Mis sentimientos de compasión hacia aquellos padres aumentaron considerablemente unos años más tarde cuando recibí una llamada telefónica para decirme que mi propio hijo, que vivía a 3.200 km de distancia, había sido atropellado mientras se dirigía en bicicleta a la universidad donde trabajaba y estudiaba. Aunque me sentía impotente por no poder ayudarlo, me sentí agradecida y me consoló saber que se había llamado a los misioneros de tiempo completo para darle una bendición del sacerdocio, y que aquel barrio de St. Paul, Minnesota, EE. UU., había respondido a las necesidades de su familia. Los miembros llevaron comida a la casa y ayudaron a mi nuera, que acababa de dar a luz el día antes del accidente, a cuidar de sus otros tres hijos.

    Imaginen cómo aumentó mi gratitud cuando me enteré que el misionero que había bendecido a mi hijo era aquel joven que había recibido una bendición de mi esposo cinco años antes. ¡Me asombró saber que el servicio brindado nos había sido devuelto con creces!

    Mi fe en mi amoroso Padre Celestial y mis oraciones de gratitud a Él se han acrecentado al meditar en que Él nos conoce a todos y sabe lo que necesitaremos. Creo que aquel joven misionero estaba allí para que presenciáramos la presciencia de Dios de una manera muy personal.