¿Qué podía cantar?

David M. Flitton, Utah, EE. UU.

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    Ilustraciones por Bradley Clark.

    Cada martes, durante mi servicio como misionero de tiempo completo hace casi 40 años, toqué el piano para los niños de la Primaria en la ciudad de Levin, Nueva Zelanda. Recuerdo bien los maravillosos sentimientos que tenía por aquellos niños al cantar juntos las canciones de la Primaria que tanto hablan del Evangelio.

    Regresé de vacaciones a Nueva Zelanda en febrero de 2013. Como soy un ávido excursionista, contraté una excursión de cuatro días por la famosa ruta Milford en el parque nacional Fiordland que está en el sur de la isla.

    Me acompañaron tres estadounidenses y otros 37 excursionistas de todo el mundo, incluso de Australia, Brasil, Inglaterra, Finlandia, Alemania, Israel y Uruguay. Durante nuestra aventura, compartimos pensamientos, experiencias y opiniones como mejor nos lo permitían las barreras del idioma. Las diferencias culturales y las opiniones preconcebidas no tardaron en disiparse con las nuevas amistades que forjábamos.

    Al final del tercer día de escalar, uno de los excursionistas quiso fortalecer nuestra nueva amistad; se puso de pie y anunció que deberíamos tener una actividad de talentos; dijo que él comenzaría. Decidió compartir su talento para narrar cuentos, el cual había practicado en su despacho de Cesarea, en Israel. A la gente le gustó su relato, así que anunció que iba a compartir otro, pero esta vez incluyó algunos comentarios de mal gusto y me di cuenta de que la tarde tenía probabilidades de convertirse en algo poco edificante.

    Durante su narración, tuve la fuerte impresión de cantar para el grupo, pero ¿qué podía cantar para mis nuevos amigos de todo el mundo? La respuesta me llegó con fuerza: “Soy un hijo de Dios” (Himnos, Nº 196).

    Estaba nervioso, pero me aferré a mis recuerdos de los niños de la Primaria de Nueva Zelanda y al amor que sentía por ellos. Me puse de pie y expliqué que cantaría una canción especial que había cantado hacía casi 40 años con niños neozelandeses. Expliqué que había sido misionero, que había enseñado a aquellos niños y que había llegado a amarlos. Luego ofrecí una oración en mi corazón, pidiendo ayuda para cantar de tal modo que el grupo fuera bendecido.

    La canción salió bien y después pude sentir el Espíritu. Mis nuevos amigos sonreían y parecía que la canción había abierto sus corazones. Después de unos momentos, otras personas se pusieron de pie y empezaron a compartir sus talentos musicales. Un grupo de cuatro mujeres, que se habían mostrado reacias a participar, cantaron selecciones del coro de su iglesia. Otro excursionista nos enseñó una canción tradicional judía.

    Al final de la actividad de talentos, una bella joven australiana cantó tres canciones en Maorí, su lengua materna. Ciertamente el Espíritu de nuestro Padre Celestial había descendido sobre nosotros y nos ayudó a darnos cuenta de que todos éramos hijos de Dios y no “extranjeros ni advenedizos” (Efesios 2:19) oriundos de diversos países.

    Agradezco a aquellos niños de la Primaria de la pequeña población de Levin que contribuyeron a inculcarme la verdad de que todos somos hijos de nuestro Padre Celestial. También estoy contento porque aquellos recuerdos me dieron el valor de compartir ese testimonio por medio de una canción.