Hablamos de Cristo

La promesa de nuestro futuro juntos

La autora vive en Utah, EE. UU.

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Cuando a mi esposo le diagnosticaron cáncer, sentí que el mundo se nos venía abajo. Con ocho hijos a quienes cuidar, ¿cómo podría hacerlo sola?

Una nublada mañana de domingo me hallaba en la cocina lavando los platos del desayuno. Mis dos hijos pequeños estaban viendo un video de las Escrituras en la sala de estar, al lado de la cocina. Yo estaba inmersa en mis pensamientos y tenía las mejillas húmedas por las lágrimas. No podía dejar de pensar en el cáncer que había invadido nuestro hogar. Mi esposo llevaba varios años luchando contra él, pero ahora se había extendido. Mi fe parecía vacilar y tenía la mente abrumada con preguntas acerca de lo que iba a suceder.

De pronto, una voz tranquilizadora del video de las Escrituras interrumpió mis pensamientos con las palabras: “Calla, enmudece…

“¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?” (Marcos 4: 39–40).

Hice a un lado el trapo de la cocina y me di la vuelta para ver el televisor. El video era sobre el Salvador calmando la tormenta; era como si el Salvador mismo me hubiese dirigido esas palabras a mí. Me invadió un sentimiento de calidez y de paz. Fue un recordatorio de que me aferrara a la fe de la que tanto había aprendido a través de los años de batallar con el cáncer; era una fe fortalecida por las palabras de mi bendición patriarcal.

Recibí mi bendición patriarcal cuando tenía 15 años. Una frase, que en aquel entonces pareció describir simplemente una parte de mi matrimonio en el templo, encerraba ahora una gran promesa para mí. Hablaba del justo poseedor del sacerdocio con el que me casaría y que él “te ayudará, guiará y socorrerá, no sólo en tu juventud, sino aun en tu edad avanzada”.

Al leer y releer la bendición patriarcal durante los años en que batallábamos contra el cáncer, esa frase me infundió gran esperanza. Cada vez, mi fe se renovaba con la promesa de nuestro futuro juntos. Recordaba el gran consuelo que me había dado el Espíritu cuando a mi esposo le diagnosticaron cáncer por primera vez. Memoricé esa parte de mi bendición patriarcal, y siempre que los resultados de las pruebas del cáncer no eran alentadores, recordaba esa promesa.

Aprendí a dejar que el Salvador nos llevara en Sus brazos; aprendí que debo mantener mi fe constante, y aprendí a combatir con fe los temores cada vez más grandes. Esa mañana, el video me recordó que tenía que confiar en el Señor.

El tener fe me permite dejar que Jesucristo lleve mis cargas. Así como los del pueblo de Alma que estaban cautivos no sentían en las espaldas las cargas que les imponían (véase Mosíah 24:14), lo mismo sucede con nuestra familia al luchar contra el cáncer. Hemos podido hacer frente al cáncer sin sentir las cargas que podría causar.

Aprender las lecciones dolorosas

“Llegan dificultades a nuestra vida, problemas que no anticipamos y que jamás escogeríamos. Ninguno de nosotros está exento. El propósito de la vida mortal es aprender y crecer para ser más parecidos a nuestro Padre, y y a menudo es durante los tiempos difíciles cuando más aprendemos, aunque las lecciones nos duelan”.

Presidente Thomas S. Monson, “Para siempre Dios esté con vos”, Liahona, noviembre de 2012, pág. 111.

Mi esposo aún se somete a exámenes para buscar células cancerosas o para encontrar posibles tumores. Todavía tenemos cuentas médicas que pagar y los efectos secundarios que resultan de los tratamientos; y aún oro a diario para que mi esposo ya no tenga cáncer. Ruego que ambos vivamos hasta la vejez, pero también le digo al Padre Celestial: “Hágase Tu voluntad”.

No sé cuándo llegará la “edad avanzada” de la que se habla en mi bendición. Espero que esas palabras signifiquen que mi esposo y yo podremos servir en una misión cuando nuestros hijos sean mayores; espero que signifiquen que mi esposo tomará las riendas de nuestro caballo cuando lleve a los nietos de paseo y que mecerá a nuestros nietos en sus rodillas. No obstante, sé que sea cuando sea que Dios se lo lleve de esta tierra, será según Su tiempo.

Ya no me preocupo por cuándo será esa “edad avanzada”; no importa. Confío en que el Señor honrará esa promesa que se me hizo en mi bendición patriarcal. Él nos ha cuidado a lo largo de estos años y Él nos cuidará en el futuro.

Si todavía no ha recibido su bendición patriarcal, piense en la posibilidad de hablar con su obispo o presidente de rama a ese respecto. Si ya tiene su bendición patriarcal, ¿la lee y medita en ella con frecuencia? ¿Tiene fe en las promesas del Señor?