Pioneros en toda tierra

Tonga Una tierra dedicada a Dios

Por Harvalene K. Sekona

Directora de la Escuela Secundaria Liahona, Tonga

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Menos de una década después de que se organizara La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Nueva York, EE. UU., el reino de una isla ubicada a miles de kilómetros de distancia en el extenso Océano Pacífico se convirtió al cristianismo. En 1839, el rey George Tupou I, de Tonga, dedicó su país, su pueblo y su posteridad a la protección de Dios. La proclamación del Rey: “Dios y Tonga son mi patrimonio”, se convirtió en el lema de Tonga. La religión desempeña un papel importante en Tonga debido a ese patrimonio; hasta el día de hoy, todos los tonganos observan el día de reposo como un día dedicado a la adoración.

Los primeros misioneros

Mientras prestaban servicio en la Misión Samoa, los élderes Brigham Smoot y Alva Butler fueron asignados a llevar el Evangelio restaurado a las islas de Tonga. A su llegada, en 1891, tuvieron una audiencia con el rey George Tupou I, quien les concedió permiso para predicar el evangelio de Jesucristo. Con expectativas alentadoras, se llamó a más misioneros a las islas y se consagraron anhelosamente a predicar el Evangelio. Lamentablemente, el progreso de la Iglesia no fue tan fructífero en Tonga como lo fue en las otras islas polinesias de Tahití, Hawái, Nueva Zelanda y Samoa. En 1897, se dio la orden de que los misioneros volvieran a Samoa y, por un tiempo, los pocos conversos de Tonga no tuvieron líderes de la Iglesia.

En 1891, los élderes Brigham Smoot y Alva Butler se reúnen con el rey George Tupou I y reciben permiso para predicar el Evangelio entre su pueblo.

Un pueblo recordado

“¿No sabéis que yo, el Señor vuestro Dios… me acuerdo de los que viven en las islas del mar?” (2 Nefi 29:7).

El Señor no se olvidó de los santos en el reino de la isla de Tonga. En 1907, los élderes Heber J. McKay y W. O. Facer llegaron a Neiafu, Vava‘u, donde empezaron una rama y una pequeña escuela. Al poco tiempo, la obra misional empezó a prosperar, y durante los siguientes años se establecieron por todas las islas varias ramas y escuelas de la Iglesia.

Al igual que en otras partes del mundo, la Iglesia en Tonga afrontó mucha oposición, pero en esta ocasión el Evangelio había llegado para quedarse. A medida que la obra misional florecía, se llamó a líderes de la Iglesia de entre los miembros tonganos, a fin de que, cuando se evacuara a los extranjeros, como ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, la Iglesia siguiera progresando.

Edificar una civilización cristiana

A medida que el Evangelio se esparcía por las islas, se establecieron varias escuelas de la Iglesia. En 1947, la Iglesia arrendó un terreno grande y empezó a construir una nueva institución de enseñanza, el Colegio Liahona, que actualmente se conoce como la Escuela Secundaria Liahona.

Dicha escuela, que el élder LeGrand Richards (1886–1983), del Quórum de los Doce Apóstoles, dedicó en 1953, habría de llegar a ser una “luz guiadora” para todo aquel que ingresara en ella, y habría de preparar a la gente joven para convertirse en líderes e influir para bien en los demás. En la dedicación, también estuvo presente la reina Salote Tupou III, quien respaldó la institución como un instrumento para edificar una “civilización cristiana” que uniese a la gente de todos los estilos de vida. Desde el establecimiento de la escuela, miles de graduados de la Escuela Secundaria Liahona han servido como misioneros, líderes de la Iglesia y líderes prominentes de la comunidad.

En la actualidad, en Tonga hay dos escuelas secundarias patrocinadas por la Iglesia: la Escuela Secundaria Liahona, en la isla principal de Tongatapu, y la Escuela Secundaria Saineha, en la isla de Vava‘u. También hay cinco escuelas de enseñanza media patrocinadas por la Iglesia: tres en Tongatapu, una en ‘Eua, y otra en Ha‘apai.

Una profecía cumplida

Cuando el presidente David O. McKay (1873–1970) y su esposa, Emma Ray, visitaron Tonga en 1955, los santos los trataron como miembros de la realeza. Ésa era la primera vez que un Presidente de la Iglesia visitaba las islas. Durante las breves visitas que hicieron a Tongatapu y a Vava‘u, llevaron a cabo reuniones con los miembros y sintieron su amor y devoción a través de las presentaciones que los tonganos hicieron de música, danzas, discursos y banquetes. Durante la visita del presidente McKay a los santos de Vava‘u, fue inspirado a revelar que en una visión había visto “un templo en una de esas islas, donde los miembros de la Iglesia podrán ir y recibir las bendiciones del templo de Dios”. Un miembro documentó la reacción de los tonganos: “La congregación entera rompió en llanto”1.

Casi 30 años más tarde, en agosto de 1983, el presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008), en aquel entonces consejero de la Primera Presidencia, dedicó el Templo de Nuku‘alofa, Tonga. Yo era adolescente, y recuerdo que los Santos de los Últimos Días de las islas circunvecinas y los tonganos que estaban en el extranjero vinieron para la alegre ocasión. Tuve el privilegio de asistir a una de las sesiones dedicatorias y formar parte del coro. Recuerdo el sentimiento cálido que sentí al oír al presidente Hinckley hablar, y supe que había sido llamado de Dios. Cuando cantamos el “Himno de Hosanna”, comprendí lo mucho que el Señor ama a Sus hijos.

El Salvador siempre ha tenido presente a la gente de las islas del mar, y aquel día se cumplió la profecía del presidente McKay.

Rededicación de la casa del Señor

Debido al aumento en el crecimiento de la Iglesia en Tonga, el templo estuvo cerrado aproximadamente dos años para su renovación. Entre otras cosas, se agrandaron los cuartos, se añadió un nuevo cuarto de sellamientos y se añadieron motivos polinesios a las paredes y a los techos.

A principios de 2007, a mi esposo y a mí nos llamaron para preparar una celebración cultural para la rededicación del templo; el acontecimiento se llevaría a cabo el 3 de noviembre, un día antes de las sesiones de rededicación.

Nuestra mira era contar con la mayor participación posible de jóvenes de las estacas de Tongatapu y producir un programa que preparara espiritualmente a los santos para la dedicación del templo al día siguiente. La presentación se transmitiría en vivo por televisión a las islas de los alrededores, así como también a las estacas tonganas alrededor del mundo, de modo que era una tarea monumental.

La producción se intituló: “El tesoro que perdura”. Consistía en danzas culturales de Tonga, Hawái, Tahití, Nueva Zelanda, Fiyi y Samoa. La trama del relato era sobre un matrimonio que, tras la pérdida de su hijo pequeño, recorrió las muchas islas polinesias en busca de un tesoro que les mitigara la pérdida. A pesar de que encontraron dones especiales en cada una de las islas, ninguno les aliviaba el dolor. Al volver a Tonga, conocieron el Evangelio y, por medio de los misoneros, descubrieron “el tesoro que perdura”: las familias eternas y la bendición de que algún día se reunirían con el hijo que había fallecido.

La semana de la dedicación llovió copiosamente. Durante el último ensayo, el 2 de noviembre, estaba nublado. Pedí a los jóvenes que regresaran a sus hogares y oraran para tener buen tiempo a fin de que pudiésemos presentar el programa para Tonga y para todas las personas que estarían viéndolo vía satélite, en especial el profeta. Esa noche llovió mucho, y al día siguiente el tiempo aún amenazaba lluvia.

La noche del sábado, tres mil jóvenes se congregaron en el Estadio Teufaiva para oír al élder Russell M. Nelson, del Quórum de los Doce Apóstoles, quien había sido enviado a rededicar el templo debido a la salud delicada del presidente Hinckley. Nunca olvidaré aquel programa; todo salió bien. El tiempo fue perfecto, el sistema de sonido que había fallado horas antes funcionó perfectamente, y los jóvenes y las jovencitas bailaron con gran entusiasmo.

Habíamos presenciado un milagro. El Padre Celestial oyó las oraciones de Sus hijos y detuvo la lluvia; al mismo tiempo, nos fue posible crear el ambiente apropiado para la dedicación del templo al día siguiente, recordando a los miembros que las familias eternas son el tesoro que perdura y que los templos se edifican para proporcionar esas bendiciones.

Un pueblo dedicado al Señor

Hoy día la Iglesia en Tonga continúa creciendo y los miembros locales tienen llamamientos de liderazgo; hay capillas por todas las islas y el aumento de misioneros está apresurando la obra. Las escuelas de la Iglesia están firmemente establecidas y siguen preparando a misioneros valientes, a futuros líderes y a padres y madres dignos.

Los santos ya no tienen que hacer ese largo viaje por mar hasta la isla principal para ver la conferencia general; la tecnología ha permitido que los miembros se queden en sus estacas para ver la conferencia general y las conferencias de área que se transmiten desde Nueva Zelanda.

En medio del tumulto de cambios que afectan a Tonga, los santos continúan su legado de fe; son un pueblo que se dedicó a Dios hace 175 años, y hoy día son personas que siguen dedicando su vida y todo lo que tienen al Señor.

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Nota

  1. 1.

    R. Lanier Britsch, Unto the Islands of the Sea: A History of the Latter-day Saints in the Pacific, 1986, pág. 472.