Nuestro hogar, nuestra familia

Sabemos dónde está

Por Hernando Basto

El autor vive en Colombia.

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Nuestra perspectiva como familia eterna siempre estará centrada en Dios.

Ilustración por Michael T. Malm.

Cuando los rostros de dos jóvenes aparecieron por la parte superior de la puerta de nuestro hogar en Colombia, pensamos que estaban subidos a algo a fin de poder ver por la puerta; pero no era así, ¡simplemente eran muy altos! Pablo Ezequiel, nuestro hijo de tres años, levantó la vista y los observó asombrado. En pocos días se habían convertido en nuestros mejores amigos.

Nuestra familia —compuesta por mi esposa, Ludy; Erika; Yesica y el pequeño Ezequiel— estaba buscando al Señor, y ya vivíamos algunos principios del Evangelio: orábamos en las comidas y como familia, y hacíamos actividades familiares. Nuestra vida se basaba en la unión de nuestra familia. La presencia de aquellos dos “ángeles grandes”, como Ezequiel llamaba a los élderes, confirmó nuestras prácticas de fortalecer a la familia y centrarse en Dios.

Valiéndose de las Escrituras a modo de guía, el élder Fa y el élder Fields nos enseñaron el camino, pues habíamos estado preguntándole al Señor dónde debíamos adorar. El Libro de Mormón y el Evangelio restaurado contestaron cada una de las preguntas que habíamos tenido a lo largo de los años en nuestras charlas familiares. Las respuestas tenían perfecto sentido y no tardamos en hacernos miembros de la Iglesia. Un año más tarde, hicimos convenios y nos sellamos como familia eterna en el Templo de Bogotá, Colombia.

Sentimos gran alegría al saber que habíamos iniciado a nuestros hijos en el sendero del Evangelio. El Espíritu estaba presente en nuestra vida y en nuestro hogar, y Ezequiel, que ya tenía cuatro años, ofreció una oración que jamás olvidaremos; dijo: “Querido Padre Celestial, te damos gracias por este hermoso niño pequeño que soy. Amén”. Todos dijimos amén y nos abrazamos sonrientes. Aquel pequeño era nuestra alegría.

En los años siguientes, adoptamos el hábito de ir al templo con regularidad y logramos ir dos o tres veces al año. Vivimos a 420 km del templo, pero nunca nos ha parecido una gran distancia. Siempre era divertido hacer los preparativos para ir al templo. La obra de historia familiar es una prioridad para nuestros hijos y les encantaba efectuar bautismos por los muertos. Siempre hubo una preparación reverente y una posterior experiencia celestial en la casa del Señor.

Ezequiel crecía en espíritu y en fe. Su madre era su mayor tesoro; siempre tenía un cumplido para ella. Un día le dijo: “¡Mamá, la amo más que a los huesos de dinosaurios!”. Todos nos reímos porque buscar huesos de dinosaurios era su actividad preferida.

Nuestro preciado Ezequiel compartió 14 años de su vida con nosotros en el Evangelio que nos une. Siempre presto para obedecer, irradiaba amor en nuestro hogar. Sus hermanas y los santos de las Escrituras eran sus ejemplos a seguir; rebosaba de vida y de actividad. Jamás faltó a una clase de seminario; llenaba nuestro hogar de felicidad y era reverente cuando repartía la Santa Cena; pero nuestra vida cambió cuando Ezequiel fue llamado de regreso al hogar celestial. Lo echamos de menos más de lo que podemos describir.

Falleció a causa de una rara infección. A pesar del intenso dolor de su partida, estamos seguros de que volveremos a estar con él. Tenemos la promesa que se hizo en nuestro sellamiento en el templo. El vacío que dejó su muerte lo llena el conocimiento de que el Señor lo ha llamado para servir en una misión en otro lugar. El funeral de Ezequiel fue tan especial que mucha gente se sintió motivada a investigar la Iglesia. Siempre tuve la esperanza de que sirviera en una misión y ahora sé que lo está haciendo. Gracias al Plan de Salvación sabemos dónde está Ezequiel y con quién está.

Seguimos centrados en nuestra familia y en Dios. Testificamos que Dios vive y que tiene un plan para nuestra vida; debemos continuar con fe. La ausencia de un ser querido nos recuerda el plan divino.

Algunas de las palabras que más consuelo nos han dado proceden del profeta José Smith y, en nuestro corazón, reconocemos su veracidad: “El Señor se lleva a muchos, aun en su infancia, a fin de que puedan verse libres de la envidia de los hombres, y de las angustias y maldades de este mundo. Son demasiado puros, demasiado bellos para vivir sobre la tierra; por consiguiente, si se considera como es debido, veremos que tenemos razón para regocijarnos, en lugar de llorar, porque son librados del mal y dentro de poco los tendremos otra vez” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 186).

La esperanza de volver a ver a Ezequiel en la mañana de la Resurrección da ánimo a nuestra alma y nos ayuda a sobrellevar los días oscuros.