Del campo misional

Un milagro en el aeropuerto

Por Thomas E. Robinson III

El autor vive en Utah, EE. UU.

Escuchar Descargar Imprimir Compartir

Una pequeña impresión puede ejercer un cambio positivo en la vida de las personas.

Ilustraciones por David Malan.

Cuando era misionero nuevo en Japón, se me dificultaba entender a las personas, y mucho más llegar a conocerlas. Era difícil amar a personas que no conocía, especialmente cuando no podía entender lo que decían. Pero me esforcé por demostrarles mi amor, y apreciaba los esfuerzos que hacían para acercarse a mí.

Cada semana, la hermana Senba, una hermana del barrio, nos daba a mi compañero y a mí una hogaza de pan casero. A fin de demostrar su amor por los misioneros, ella horneaba pan y escribía notitas cortas, pero sinceras.

Me conmovió el hecho de que alguien se preocupara por mí, y sentí la impresión de demostrarle mi gratitud de alguna forma sencilla. Le escribí una notita para expresarle lo agradecido que estaba por ella y por los sacrificios que ella y su familia hacían para ayudar a los misioneros. Nos hicimos amigos, y empecé a considerarla como mi “mamá lejos de casa”.

Pasaron los meses, y un miércoles temprano por la mañana recibí una llamada del presidente de misión, quien me indicó que mi nueva asignación era Okinawa. Cuando colgué, me embargó un sentimiento dulce y amargo a la vez. Me consternaba tener que despedirme. Cada llamada que hice para decirles a los miembros del barrio que me iba al día siguiente me partía el corazón. Despedirme de las personas que había llegado a amar fue más difícil de lo que había imaginado.

Cuando terminé de hacer las llamadas, me di cuenta de que la única que no había contestado el teléfono había sido la hermana Senba. Me sentí triste de no poder despedirme de una hermana que había llegado a querer mucho.

A la mañana siguiente, otros dos misioneros y yo salimos hacia el aeropuerto. Cuando llegamos al mostrador e intentamos comprar los boletos, los empleados nos dijeron que nuestras tarjetas habían sido rechazadas. No teníamos dinero para pagar los boletos y el vuelo salía en 10 minutos. A los tres nos entró el pánico; estábamos por perder el vuelo y tendríamos que pasar el día en el aeropuerto.

Pero todo mi pánico se convirtió en consuelo cuando di la vuelta y vi a la hermana Senba entrar al aeropuerto. Me sorprendió mucho que estuviera allí, ya que ella no sabía a qué hora salía nuestro vuelo. Al apresurarse para llegar a donde estábamos, nos sonrió y nos dio pan a todos para llevar en el avión.

Cuando le explicamos que íbamos a perder el vuelo, se entristeció. Nadie sabía qué hacer. Luego la hermana Senba empezó a buscar en su cartera, buscando algo que pudiera ayudarnos. Saltó de felicidad cuando encontró un pequeño sobre en su cartera, en el que, semanas atrás, había puesto 50.000 yens: la cantidad exacta de dinero que necesitábamos. Nos dio el dinero y pudimos comprar los boletos a tiempo. Le dimos las gracias con toda la sinceridad de nuestra alma, nos despedimos y nos apresuramos a subir al avión.

Después de que el avión partió, uno de los otros misioneros se volvió hacia mí y me dijo: “¡Ella es increíble! ¡Ése fue un milagro!”.

Fue entonces que me di cuenta realmente cuán milagroso había sido. Entonces me dijo: “¿Qué dice su nota?”. Vi que él estaba leyendo una nota que acompañaba el pan que la hermana Senba le había dado. Al darme cuenta que yo también tenía una, la saqué y leí un pequeño pedazo de papel dirigido personalmente a mí, el cual inmediatamente hizo que los ojos se me llenaran de lágrimas. Decía: “¡Lo quiero mucho! Por favor, no se olvide de mí. ¡Yo nunca lo olvidaré!”.

En ese momento sentí el Espíritu más fuerte de lo que jamás lo había sentido. El ejemplo de la hermana Senba me enseñó lo importante que es seguir las impresiones del Espíritu, sin importar cuán pequeña o extraña parezca ser esa impresión. Mediante esas impresiones tenemos el poder de ejercer un cambio positivo en la vida de las personas. Sé que no fue coincidencia que ella fuera al aeropuerto. Efectivamente fue un milagro.

El Señor realmente se vale de medios pequeños para llevar a cabo Su obra. Qué bendecidos somos como miembros de esta Iglesia de tener Su influencia en nuestra vida. Mantengámonos dignos de recibir esas impresiones y de bendecir la vida de los hijos de Dios.