Hace tiempo, viví y serví en una zona donde la Iglesia manejaba una granja avícola cuyo personal estaba formado principalmente por voluntarios de los barrios locales. La mayoría de las veces, la granja funcionaba de manera eficiente y suministraba al almacén del obispo miles de huevos frescos y cientos de kilos de aves de corral listas para cocinar. Sin embargo, en algunas ocasiones, ser granjeros voluntarios “de la ciudad” ocasionaba no sólo ampollas en las manos, sino también sentimientos y pensamientos de frustración.

Siempre recordaré, por ejemplo, el día en que juntamos a los jóvenes del Sacerdocio Aarónico para hacer una limpieza a fondo de la granja. Nuestro entusiasta y enérgico grupo se reunió en la granja y, con rapidez, arrancamos, juntamos y quemamos grandes cantidades de malezas y desechos. A la luz de las resplandecientes hogueras, comimos salchichas y nos felicitamos por el trabajo bien hecho.

Sin embargo, sucedió algo desastroso. La algarabía y los fuegos alteraron tanto a la frágil población de cinco mil gallinas, que la mayoría de ellas repentinamente comenzaron a perder las plumas y dejaron de poner huevos. A partir de entonces, toleramos algunas malezas a fin de producir más huevos.

Ningún miembro de la Iglesia que haya ayudado a proveer de lo necesario para los necesitados olvida o lamenta jamás la experiencia de haberlo hecho. El trabajo, la frugalidad, la autosuficiencia y el compartir con los demás no son algo nuevo para nosotros.

Debemos recordar que el mejor sistema de almacenamiento es que cada familia de la Iglesia tenga una reserva de comida, ropa y, donde sea posible, otros artículos de primera necesidad.

Es posible que haya ocasiones en que los miembros tengan necesidad de ayuda por parte de la Iglesia. El almacén del Señor incluye el tiempo, los talentos, las habilidades, la compasión, el material consagrado y los recursos económicos de los miembros fieles de la Iglesia. Estos recursos están a disposición del obispo para que con ellos ayude a los necesitados.

Instamos a todos los Santos de los Últimos Días a que sean prudentes en su planificación, conservadores en su forma de vivir y a que eviten la deuda innecesaria o excesiva. Muchas más personas podrían salir adelante durante las tempestades económicas de la vida si tuvieran una reserva de comida y ropa y estuvieran libres de deudas. Hoy en día vemos que muchos han seguido este consejo al revés: tienen una reserva de deudas y no tienen alimentos.

Repito lo que la Primera Presidencia declaró hace algunos años:

“Durante muchos años se ha aconsejado a los Santos de los Últimos Días ahorrar un poco de dinero para prepararse para la adversidad. Al hacerlo, se incrementa enormemente la seguridad y el bienestar. Toda familia tiene la responsabilidad de proveer de lo necesario para sus propias necesidades hasta donde le sea posible.

“Dondequiera que vivan en el mundo, les instamos a evaluar su situación económica para prepararse para la adversidad. Les instamos a ser moderados en sus gastos y a ejercer la disciplina en sus compras a fin de evitar las deudas. Paguen sus deudas lo más pronto posible, y libérense de ese cautiverio. Ahorren con regularidad un poco de dinero a fin de establecer gradualmente una reserva económica”1.

¿Estamos preparados para las emergencias de nuestra vida? ¿Mejoramos nuestras destrezas? ¿Vivimos de manera providente? ¿Disponemos de reservas a nuestra disposición? ¿Somos obedientes a los mandamientos de Dios? ¿Somos receptivos a las enseñanzas de los profetas? ¿Estamos preparados para dar de nuestros bienes a los pobres y a los necesitados? ¿Estamos en paz con el Señor?

Vivimos en tiempos turbulentos. Con frecuencia el futuro es incierto; por tanto, es preciso que nos preparemos para los tiempos de incertidumbre. Cuando llega el momento de actuar, el tiempo de preparación ha terminado.

Cómo enseñar con este mensaje

Teniendo en cuenta las necesidades de las personas a las que visita, piense en las maneras en que puede ayudarlas a ser más autosuficientes en cuanto al empleo, las finanzas, el almacenamiento de alimentos o la preparación para emergencias. Piense en una habilidad que podría compartir con ellas, como plantar un huerto o administrar el dinero, y que las facultaría para seguir el consejo del presidente Monson.

Para ideas sobre cómo enseñar este mensaje a los jóvenes y los niños, vea la página 6.

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Nota

  1. 1.

    Véase de la Primera Presidencia, Preparad todo lo que fuere necesario: La economía familiar (folleto, 2007).