Durante mi misión en Taiwán, mi compañera y yo pasamos parte de un día de preparación en el Museo del Palacio Nacional de Taipéi. La atracción principal era una pieza de arte llamada el Repollo de jadeíta. Muchísima gente la admiraba, pero todo lo que yo veía era un repollo tallado en jade. Sin duda, era bonito; pero tenía que haber algo más que yo no veía.

Cuando salimos del museo le pregunté a mi compañera: “¿Qué le pareció el Repollo de jadeíta?”.

“¡Me encanta esa pieza!”

“¿Por qué?” le pregunté, “si es simplemente un repollo”.

“¿Está bromeando?, ¡el Repollo de jadeíta es una metáfora para mi vida!”, exclamó.

“¿El repollo?”

“¡Sí! “¿No sabe la historia?”

“Aparentemente, no”.

Entonces me contó la historia; y tenía razón; la historia se convirtió en la metáfora para mi misión y mi vida.

Para que una escultura de jade tenga mucho valor, el jade tiene que ser de un color sólido. Las obras talladas en jade perfecto se venden muy caras porque es casi imposible encontrar jade que sea perfecto. El Repollo de jadeíta es verde en una punta y blanco en la otra, con grietas y ondulaciones. Ningún escultor experto estaría dispuesto a perder el tiempo con una piedra de jade de ese tipo, hasta que llegó uno al que los chinos consideraban un escultor maestro.

Me imagino la conversación que hubiera tenido el jade con ese escultor si hubiera podido hablar. Imagino al escultor tomando la piedra.

“¿Qué quiere?”, le preguntaría el jade.

“Busco una piedra de jade para tallar”, contestaría el escultor.

“Entonces busque otra piedra; yo no valgo nada; tengo dos colores tan mezclados que nunca podrá separarlos. Además, tengo grietas y ondulaciones; nunca seré de gran valor; no pierda el tiempo conmigo”.

“Oh, pequeño jade insensato, confía en mí, soy un escultor erudito; verás que haré de ti una obra maestra”.

Lo que hace que el Repollo de jadeíta sea tan asombroso es que este escultor maestro anónimo utilizó los puntos débiles del jade —los dos colores, las grietas y las ondulaciones— para hacer que el repollo pareciera más real. La parte blanca y opaca se convirtió en el tallo del repollo, y las grietas y ondulaciones hicieron que las hojas cobraran vida. Si no fuese por los “puntos débiles” del jade, el repollo no se vería tan real.

Debido a la belleza de esa obra de arte, se obsequió como regalo a un miembro de la realeza en China y adornó los pasillos de hermosos palacios en Asia hasta que finalmente terminó en el museo de Taiwán.

Me recuerda el pasaje de Éter 12:27: “Y si los hombres vienen a mí, les mostraré su debilidad y basta mi gracia a todos los hombres que se humillan ante mí; porque si se humillan ante mí, y tienen fe en mí, entonces haré que las cosas débiles sean fuertes para ellos”.

Después de ver el Repollo de jadeíta, ese pasaje adquirió otro significado para mí. Todos somos como esa piedra de jade, salvo por el hecho de que todavía se nos está esculpiendo. Debemos confiar en el escultor maestro, Jesucristo, que tomará nuestras debilidades y las convertirá en fortalezas. Nosotros, con nuestra perspectiva imperfecta, a veces nos enfocamos en las imperfecciones y nos desanimamos porque pensamos que nunca seremos dignos; pero nuestro Salvador, Jesucristo, nos ve como podemos llegar a ser. Al permitir que Su expiación surta efecto en nuestra vida, Él nos moldeará para llegar a ser obras de arte que algún día vivirán con el Rey de reyes.