Mensaje de la Primera Presidencia

Las familias pueden estar juntas para siempre

Por el presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia

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El poder del sacerdocio para unir eternamente a las familias es uno de los mayores dones de Dios. Todo aquel que comprende el Plan de Salvación anhela esa bendición perdurable. Solamente en las ceremonias de sellamiento que se realizan en los templos dedicados de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días Dios ofrece la promesa de que las familias pueden estar unidas para siempre.

Las llaves del sacerdocio que hacen que esto sea posible fueron restauradas sobre la Tierra por el profeta Elías a José Smith en el Templo de Kirtland. Esas llaves del sacerdocio se han transmitido en una línea ininterrumpida por medio de los profetas vivientes de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días hasta el día de hoy.

El Salvador, en Su ministerio terrenal, habló del poder de sellar a las familias al dirigirse a Pedro, Su apóstol principal, cuando dijo: “…y todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19).

El único lugar donde podemos vivir como familias para siempre es en el reino celestial. Allí podemos estar como familias en la presencia de nuestro Padre Celestial y del Salvador. El profeta José Smith describió esa maravillosa experiencia en Doctrina y Convenios del siguiente modo:

“Cuando se manifieste el Salvador, lo veremos como es. Veremos que es un varón como nosotros.

“Y la misma sociabilidad que existe entre nosotros aquí, existirá entre nosotros allá; pero la acompañará una gloria eterna que ahora no conocemos” (D. y C. 130:1–2).

Este pasaje de las Escrituras sugiere que podemos aspirar con confianza a un modelo celestial en la relación como familias. Podemos interesarnos lo suficiente por los miembros de nuestra familia, tanto los vivos como los muertos, como para hacer todo lo que esté a nuestro alcance a fin de ofrecerles las ordenanzas del sacerdocio que nos unirán en los cielos.

Muchos de ustedes, jóvenes y mayores, ya lo están haciendo. Han buscado nombres de antepasados que todavía no han recibido aquellas ordenanzas que pueden sellarlos a ustedes.

Casi todos ustedes tienen parientes que están vivos y que no se han sellado a su familia por el poder del sacerdocio. Muchos tienen parientes vivos que han recibido las ordenanzas del sacerdocio pero no están guardando los convenios que hicieron con Dios. Dios bendecirá a cada uno de ustedes con fe para que puedan ayudar a todos esos parientes; tienen la promesa que el Señor hace a Sus discípulos que se esfuerzan por llevar a otras personas a Él.

“Y quienes os reciban, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Cada día, desde la ventana de mi oficina, veo parejas de recién casados tomándose fotos entre hermosas flores y fuentes. A menudo, el novio levanta a la novia en sus brazos, con pasos tambaleantes, mientras el fotógrafo toma las fotos de boda. Cada vez que veo eso pienso en parejas que he conocido y que, después de un tiempo —en ocasiones sólo poco tiempo después del día de su boda— tuvieron que levantarse mutuamente en otro sentido cuando la vida se hizo difícil. Puede que pierdan el trabajo, que los hijos nazcan con grandes desafíos o que tengan que afrontar enfermedades. Entonces, el hábito de haber hecho a los demás lo que querríamos que hicieran con nosotros, cuando hacerlo era más fácil, nos permitirá ser héroes y heroínas en esos tiempos de prueba en los que se requiera de nosotros más de lo que creíamos tener.

Nuestra familia merece que cultivemos un tipo de relación que podamos presentar ante Dios. Debemos tratar de no ofender ni sentirnos ofendidos. Podemos tomar la determinación de perdonar rápida y completamente. Podemos procurar la felicidad de los demás por encima de nuestra propia felicidad y podemos ser amables en nuestro modo de hablar. Al procurar hacer todas estas cosas, invitaremos al Espíritu Santo a nuestra familia y a nuestra vida.

Les aseguro que, con la ayuda del Señor y con corazones arrepentidos, podremos captar en esta vida un destello de la clase de vida que deseamos tener para siempre. El Padre Celestial nos ama y desea que volvamos a Él. El Salvador, por medio del poder de Su expiación, hace posible el cambio de corazón que necesitamos a fin de entrar en los santos templos, hacer convenios que luego podremos cumplir y, con el tiempo, vivir de nuevo como familias para siempre en la gloria celestial, nuestro hogar.

Fotografía del Templo de San Diego, California.