Los hombres Santos de los Últimos Días y el divorcio

Por Brent Scharman

Consejero jubilado de los Servicios para la Familia SUD

El autor vive en Utah, EE. UU.

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Aun cuando lo ideal es un matrimonio fuerte, lamentablemente algunos matrimonios acaban en el divorcio. Si usted es una persona divorciada, a continuación aparecen algunas formas de mantenerse cerca de sus hijos y firme en el Evangelio.

“El propósito definitivo de lo que enseñamos es unir a padres e hijos en la fe en el Señor Jesucristo, para que sean felices en el hogar, sellados en un matrimonio eterno”1. A pesar de esta inspirada enseñanza del presidente Boyd K. Packer, Presidente del Quórum de los Doce, los divorcios ocurren. El divorcio es traumático: las personas afectadas por él pueden experimentar sentimientos de shock, negación, confusión, depresión y enojo, así como síntomas físicos, tales como muestras de trastornos del sueño y alimentarios.

En mi experiencia como consejero, he descubierto que, si bien gran parte de lo que los hombres y las mujeres experimentan al divorciarse es igual, existen algunas diferencias:

  • Mientras aún están casados, los hombres son más propensos a minimizar la gravedad de los problemas matrimoniales. Su sorpresa ante el divorcio puede conducir a una sensación de inestabilidad.

  • Los hombres son menos propensos a compartir sus sentimientos, de modo que es probable que sean menos propensos a aprender de esa experiencia.

  • Los hombres tienden a orientarse hacia la acción, de modo que es probable que se sientan menos inclinados a buscar asesoría y en vez de ello oculten sus sentimientos al trabajar largas horas o dedicarse a un pasatiempo.

  • Debido a las preocupaciones financieras y al golpe a su ego, algunos hombres experimentan desafíos como depresión, aumento de peso, experimentan con el alcohol y se vuelven menos activos en la Iglesia.

El único camino seguro al pasar por un divorcio es permanecer fieles al Evangelio. Una adaptación saludable requiere la capacidad de ser amable cuando no se tenga el humor para serlo, de mantener la confianza y la autoestima, de tolerar sentimientos dolorosos mientras se sigue adelante, de ser paciente con las otras personas involucradas, de ser justos y no albergar sentimientos vengativos y de mantener un firme cimiento espiritual, lo cual puede acercarlos al Señor, quien ha “descendido debajo” de todas las cosas y cuya Expiación es suficiente para sanarlos y elevarlos (D. y C. 122:8).

Independientemente de quién haya sido el más culpable de que sucediera el divorcio, la sanación no tendrá lugar hasta que ocurra el arrepentimiento y el perdón. Como enseñó el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia: “…debemos librarnos de nuestros resentimientos… Recuerden que el cielo está lleno de aquellos que tienen esto en común: Han sido perdonados y perdonan”2.

Mantener una relación con sus hijos

Quizás ningún asunto provoque más luchas de poder que la custodia de los hijos. Cuando los hijos pasan la mayor parte de su tiempo con la madre, es fácil que el padre sienta que él se ha convertido en un visitante de sus propios hijos, lo cual quizás lo haga sentirse desvalido y bajo el control del sistema. Sin embargo, a menos que exista el potencial de maltrato u otro tipo de interacción dañina, los niños están en mejores condiciones cuando mantienen una relación con ambos padres. Afortunadamente, la mayoría de los excónyuges aprenden a cooperar en beneficio de sus hijos.

La interacción regular con los hijos debe seguir siendo una alta prioridad, sin importar la distancia o el que se vuelvan a casar. Incluso si el tiempo que se les conceda no es todo lo que deseen, las visitas deben ser positivas y nunca se debe decir a los niños cosas negativas acerca de su madre. Hay mayores probabilidades de que los hijos se adapten bien al divorcio de los padres cuando éstos están dispuestos a poner la felicidad y la estabilidad de los hijos por encima de sus propios sentimientos heridos.

Permanecer activos en la Iglesia

Algunos hombres han admitido que nada zarandeó su testimonio como lo hizo el divorcio, lo cual es particularmente cierto si han sido fieles en la actividad de la Iglesia y han orado fervientemente para resolver sus problemas matrimoniales. Ese sentimiento de conmoción puede hacer que un hombre divorciado se sienta incómodo al asistir a la Iglesia, sobre todo si piensa que los demás dan por sentado que él le ha sido infiel a su esposa.

Sin embargo, el seguir participando en las actividades de la Iglesia nos expone a principios correctos y nos rodea de gente caritativa. Si pareciera que los miembros de la Iglesia no le tienden una mano de ayuda, no les guarde rencor; es probable que no sepan qué hacer ni qué decir. Sea paciente y sea usted el que haga el esfuerzo por acercarse a los demás. Encuentre una red de apoyo. Busque el consejo de su presidente de quórum, obispo o presidente de estaca y considere la posibilidad de obtener asesoramiento profesional, como por ejemplo con los Servicios para la Familia SUD, si están disponibles. Eso le permitirá analizar su propio comportamiento y ver las cosas de manera más precisa.

En la Iglesia se recibe a los hombres divorciados de la misma manera que a los hombres casados. El élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, dijo: “Hay muchos buenos miembros de la Iglesia que se han divorciado”. Reiteró además lo siguiente: “A menos que un miembro divorciado haya cometido transgresiones graves, él o ella puede reunir los requisitos para obtener una recomendación para el templo de acuerdo con las mismas normas de dignidad que se aplican a los otros miembros”3.

Progresar en medio de las dificultades

Algunos hombres dicen que a pesar de que nunca desearían volver a pasar por una experiencia semejante, han aprendido de ella; se recuperan y siguen adelante en la vida. Un hombre a quien aconsejé expresó ese modo de pensar: “Aún me es difícil aceptar el concepto de que soy un hombre divorciado, pero lo soy. Nunca lo esperé, pero sucedió, y lo acepto. La meta que ahora tengo es hacer todo lo posible por permanecer fiel a Cristo, edificar un firme matrimonio nuevo, y ser el mejor modelo para mis hijos e hijastros que me sea posible”.

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Notas

  1. 1.

    Véase de Boyd K. Packer, “La armadura de la fe”, Liahona, julio de 1995, pág. 8

  2. 2.

    Dieter F. Uchtdorf, “Los misericordiosos alcanzan misericordia”, Liahona, mayo de 2012, pág. 77.

  3. 3.

    Dallin H. Oaks, “El divorcio”, Liahona, mayo de 2007, pág. 70.