Prestar servicio en la Iglesia

¿Estaba haciendo lo suficiente?

Por Brooke Barton

La autora vive en Utah, EE. UU.

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Una lección sobre ovejas perdidas me ayudó a entender cómo cumplir mejor con mi llamamiento.

Ilustración de fotomontaje por Mike Boyland/iStock/Thinkstock y Oleksiy Fedorov/Hemera/Thinkstock.

Cuando tenía veintitrés años, me llamaron como presidenta de la Sociedad de Socorro en nuestro barrio de estudiantes casados. Recuerdo los sentimientos de ineptitud que tuve, unidos al deseo de dar lo mejor de mí misma. Estaba deseosa y entusiasmada por prestar servicio, pero dudaba de mi capacidad para ser una buena líder.

Después de algunos meses como presidenta de la Sociedad de Socorro, sentí que no estaba haciendo lo suficiente. Quería ser capaz de establecer una relación con las hermanas y comprender sus necesidades particulares, pero sentía que no lo estaba logrando.

Hablé con mi obispo y le expresé mis inquietudes; le expliqué que simplemente no podía llegar a todas las hermanas como yo quería y lo mucho que deseaba poder multiplicarme por cinco para desempeñar la tarea como yo pensaba que debía ser. Traté de que mis inquietudes sonaran leves y humorísticas, pero mis ojos rápidamente se llenaron de lágrimas de desánimo. Él sonrió y me dio algunos de los mejores consejos de liderazgo que he recibido jamás:

“¿Conoces la historia del pastor que, cuando perdió una de su rebaño, dejó a ‘las noventa y nueve’ para ir en su busca?”, preguntó (véase Lucas 15:4–7). Yo asentí.

“Parece haber mucha sabiduría en esa parábola”, prosiguió. “El pastor sabía que las noventa y nueve estarían bien si las dejaba para ir a buscar a la oveja perdida”.

Luego mi obispo me dio el siguiente consejo:

“Mira, las noventa y nueve tienen una buena manera de velar las unas por las otras cuando tú no estás; ellas se alentarán unas a otras y se mantendrán unidas. Te sugiero que te concentres en las que parecen estar perdidas; las demás estarán bien”.

Sentí un fuerte testimonio de que lo que me decía era verdad y que no tenía que preocuparme por todo el rebaño a la vez. Mi objetivo era encontrar a aquellas que estaban perdidas e invitarlas a volver al redil; de ese modo, los propósitos del Padre Celestial podrían cumplirse y yo podría ser un instrumento en Sus manos.

A medida que seguí el consejo del obispo, comprendí en mayor medida cómo deseaba el Señor que yo sirviera en Su reino. También recibí una satisfacción espiritual que me fortaleció en mi llamamiento, porque estaba sirviendo como el Salvador había mandado. Por medio del poder del Espíritu Santo, mi obispo me había dado un gran don de comprensión y conocimiento.

Testifico que, a medida que oremos y busquemos inspiración de nuestros líderes del sacerdocio, ellos recibirán inspiración para mostrarnos cómo liderar con rectitud.