Hablamos de Cristo

Un regalo de vida y de amor

El autor vive en Utah, EE. UU.

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El regalo de mi madre nos enseñó el verdadero significado de la Navidad.

Ilustración fotográfica por John Luke; fotografía por Maridav/iStock/Thinkstock.

El amor que mi tío Ed tenía por la vida era contagioso; lamentablemente, también tenía un par de riñones que no le funcionaban bien. Durante varios años, la diálisis había evitado que Ed sufriera un fallo renal. Los tratamientos eran dolorosos y frecuentes; cada uno de ellos lo dejaba agotado hasta el siguiente, y en el otoño de 1995 apenas parecía la sombra del vibrante ser que había sido una vez.

Finalmente, el doctor le dijo a Ed que si no conseguía pronto un riñón su cuerpo no resistiría mucho más tiempo. Aunque para sostener la vida solo hace falta un riñón, Ed no quería pedir a nadie que donara uno de los suyos, debido al riesgo inherente de la cirugía; pero no había otra opción. Varios amigos cercanos y miembros de la familia se hicieron pruebas para ver si sus riñones eran compatibles, y solo se encontró un donante perfecto: la hermana de Ed, Dottie, mi madre.

El 7 de diciembre, muchos amigos y familiares de Ed se unieron en ayuno y oración por él y por Dottie. Los cirujanos que realizaron la operación eran hermanos gemelos y, lo que era más interesante todavía, uno de ellos había donado un riñón al otro. Ed y mi madre se sintieron muy impresionados al saber que estos dos médicos, en cada operación, hacían todo lo que podían y luego inclinaban la cabeza y dejaban el resultado en las manos del Señor.

El día de la operación, un médico le sacó uno de los riñones a mi madre y, mientras cosía la incisión, su hermano implantó cuidadosamente el riñón donado en el abdomen de Ed.

La cirugía fue un éxito, pero quedaba por saber si el cuerpo de Ed aceptaría el nuevo riñón. Para aumentar las probabilidades, se suprimieron los anticuerpos en su sistema inmunológico, de modo que tuvieron que aislar a Ed en la unidad de cuidados intensivos para protegerlo de los virus. Incluso después de que le dieron el alta tuvo que permanecer aislado de todo el mundo, salvo de su familia inmediata. Sin embargo, el día de Nochebuena le dieron un permiso especial para asistir a la celebración anual de Navidad en casa de mis abuelos.

Con su mascarilla médica, Ed cruzó el umbral, fue directamente a Dottie y la envolvió en un enorme abrazo. Mientras se abrazaban, a todos los presentes se les llenaron los ojos de lágrimas; todos sintieron el amor que emanaba de ellos. Una hermana había sufrido para dar a su hermano el don de la vida. Fue un regalo de amor, un regalo de sacrificio, un regalo que él no podía darse a sí mismo.

Al observarlos, con lágrimas recorriendo mi rostro, me di cuenta de que así podía ser encontrarse con el Salvador frente a frente. Él hizo por nosotros algo que no podemos hacer por nosotros mismos. Solo Él, que era un Ser divino, fue capaz de soportar un sacrificio tan inmenso que pudiera satisfacer la ley de la justicia; y solo Él, siendo perfecto, era digno de expiar los pecados de toda la humanidad para que la ley de misericordia pudiera extenderse a todos los que lo aceptaran como su Salvador.

Mientras me deleitaba en esas reflexiones, me comprometí de nuevo a hacer todo lo posible para mostrar mi gratitud por el Salvador y por Su sacrificio. Me esforzaría por vivir como un discípulo para que algún día fuera digno de entrar en Su presencia, abrazarlo y darle las gracias personalmente por amarme lo suficiente como para hacer ese sacrificio.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”.

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