Ilustración por Stan Fellows.

Hace años, cuando era madre sola, agobiada con el cuidado y la crianza de mis cuatro hijos, un generoso obsequio de mi madre y de mi hermano me permitieron regresar a la universidad. Cuando me dirigía a las clases, pensaba en las esperanzas y los sueños que tenía para mis hijos. Era conversa a la Iglesia y mi más grande anhelo era que ellos tuviesen la oportunidad de enseñar el Evangelio a los demás y brindarles la felicidad que yo sentía.

Una mañana, mientras conducía el auto hacia la universidad, pensé en mis dos hijos mayores, que tenían una diferencia de edad de veintidós meses. Si ambos prestaban servicio, el mayor terminaría su misión justo cuando su hermano iniciara la suya. Eso me preocupaba mucho y me preguntaba si sería capaz de ayudarlos con los gastos de la misión. No estaba segura si dispondría de los fondos para enviar al primero, y mucho menos al segundo.

Esa preocupación continuó durante cuatro días, mientras oraba para recibir una respuesta. El quinto día recibí la respuesta: “Cría hijos dignos; es fácil encontrar dinero, pero hijos dignos no”.

Sentí gran paz en el corazón. La respuesta se alejaba tanto de mis preocupaciones monetarias, que me quedé sorprendida. Mi tarea era criar hijos dignos. Podía llevar a cabo la noche de hogar, asistir a la Iglesia, llevar a mis hijos a Seminario y ayudarlos con las actividades de los Hombres Jóvenes. Podía hacer que la oración, el ayuno y la lectura de las Escrituras fuesen parte de nuestra vida familiar. Sabía que si hacía mi parte, mis hijos tal vez pudiesen tener la oportunidad de servir en misiones.

Además de esa cosas habituales, teníamos un maestro orientador increíble que amaba a nuestra familia. Él y su esposa nos visitaban fielmente cada mes; él enseñaba lecciones a mis hijos, les daba bendiciones y asistía a sus eventos deportivos. Los amigos llevaban a mis hijos a las reuniones de sacerdocio de estaca y a campamentos donde pasaban la noche. Había miembros de la estaca que les daban oportunidades para trabajar y ganar dinero, vecinos que para ellos eran como otros padres, y maestros de escuela que les enseñaron disciplina y constancia en los estudios, la música y los deportes.

Cuando mi hijo mayor cumplió diecinueve años, había fondos disponibles para su misión. De hecho, teníamos fondos para que mis cuatro hijos prestaran servicio. Sirvieron en México, en Brasil, en Carolina del Sur y en Virginia, EE. UU. ¡Los dos menores incluso prestaron servicio al mismo tiempo!

Esa experiencia me ha hecho pensar muchas veces en las palabras del Señor a Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Isaías 55:8).

Las oraciones se contestan cuando seguimos el consejo que recibimos, y a menudo le siguen las bendiciones. Sé que el servicio que mis hijos brindaron al Señor cambió su vida y la vida de las personas a quienes enseñaron. Su servicio ha bendecido nuestro hogar y continuará haciéndolo durante generaciones.