Reflexiones

La lección del árbol de santol

La autora vive en San José, Filipinas.

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Somos muy parecidos al fruto del santol en una tormenta.

El 23 de junio de 2009, hubo un tifón en Filipinas. Esa tarde, se advirtió a la gente de nuestra región que se avecinaba una tormenta severa, y el resto de ese día y durante la noche escuchamos algo que golpeaba el techo. Cuando mi hijo preguntó qué era, le dije que era nuestro árbol de santol siendo azotado por el viento.

Me lamenté de no haber recolectado el dulce fruto del santol el día anterior, como lo había planeado, pero mi madre me había dicho que el fruto todavía no estaba maduro y que lo dejara.

A las 05:00 h salí para ver el árbol, con temor a ver todo el fruto en el suelo. No podía ver bien el árbol, porque todavía estaba oscuro afuera, pero sí vi cuatro frutos pequeños tirados alrededor del patio de atrás de la casa.

Una hora más tarde volví a inspeccionar el árbol. Para mi gran alegría, vi muchos frutos grandes y amarillos todavía sujetados a las ramas. Al recolectar los que se habían caído, observé que dos de ellos tenían magulladuras cafés en la parte de abajo; otro tenía manchas negras y el último tenía una apariencia deforme y verrugosa.

Yo había supuesto que las frutas más grandes y más pesadas se caerían, ya que eran del doble del tamaño de las que había recolectado, pero ahí seguían, todavía colgadas a salvo en el árbol.

Ilustración por Allen Garns.

Al pensar en la experiencia, llegué a la conclusión de que todos somos muy parecidos a los dos tipos de fruta del santol: las que se cayeron y las que se mantuvieron. Nosotros también podemos caer cuando nos abofetean los vientos de las pruebas de la vida si no estamos bien aferrados al árbol de la vida, nuestro Salvador Jesucristo (véase 1 Nefi 8:10; 11:8–9, 20–23).

Las frutas que se cayeron del árbol de santol estaban dañadas y no pudieron resistir el viento. Las que se mantuvieron en el árbol sobrevivieron porque estaban sanas y fuertes. Si no nos mantenemos espiritualmente fuertes y sanos —al aprender de las Escrituras y los profetas vivientes, al guardar los mandamientos, al servir a los demás— nosotros también podríamos caer cuando el adversario lance sus fuerzas en nuestra contra.

El momento en que los frutos tiernos dejaron de obtener fortaleza del árbol de santol, su maduración se detuvo. De igual manera, en el momento en que nos separamos de Cristo, de la verdadera vid, nuestro progreso espiritual se detiene (véase Juan 15:1; 1 Nefi 15:15).

A veces también es necesario que nos doblemos con el viento. Las pruebas son parte de la vida terrenal, y un espíritu humilde nos ayuda a aceptar la voluntad de Dios en los momentos difíciles. La humildad nos ayuda a arrepentirnos de nuestros pecados, perdonar a los demás y olvidar las ofensas.

Y la paciencia va ligada con la humildad. Si somos pacientes en nuestras pruebas, si nos aferramos a nuestra fe un poco más, las respuestas que buscamos llegarán. Tarde o temprano el Salvador calmará la tormenta y obtendremos paz y liberación. Si nos mantenemos obedientes y fieles, no hay nada que nos pueda separar del amor de Dios (véase Romanos 8:38–39).