Hasta la próxima

La verdadera grandeza

Por el presidente Howard W. Hunter (1907–1995)

Decimocuarto Presidente de la Iglesia

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Ciertamente no tenemos que buscar mucho para ver a los silenciosos héroes de la vida diaria.

Por motivo de que constantemente nos vemos expuestos a la definición mundana de los términos éxito y grandeza, es comprensible que nos encontremos frecuentemente haciendo comparaciones entre lo que somos y lo que otros son o parecen ser, y también entre lo que tenemos y lo que los demás ienen… muchas veces hacemos algunas [comparaciones] que son injustas e impropias y dejamos que estas destruyan nuestra felicidad al hacernos sentir frustrados, deficientes y fracasados. Algunas veces, por causa de estos sentimientos, nos vemos arrastrados al error y hacemos hincapié en nuestras faltas, al mismo tiempo que pasamos por alto los aspectos de nuestra vida que pueden tener verdaderos rasgos de grandeza…

Ciertamente incluyen todo aquello que debemos hacer para ser buenos padres, pero, para generalizar, también se trata de los miles de hechos y actos de servicio y sacrificio que constituyen el dar o perder nuestra vida por nuestros semejantes y por el Señor. Incluyen también el obtener un conocimiento de nuestro Padre Celestial y de Su evangelio y llevar a otras personas a la fe y a la hermandad de Su reino. Esos son actos que generalmente no reciben la atención ni la adulación del mundo…

Ciertamente no tenemos que buscar mucho para ver a los silenciosos héroes de la vida diaria. Estoy hablando de aquellos que todos conocemos, aquellos que calladamente y con constancia hacen lo que deben hacer. Estoy hablando de aquellos que siempre están dispuestos a hacer su parte y a ayudar. Me refiero al valor extraordinario de la madre que, hora tras hora, día y noche, permanece a la cabecera de un hijo enfermo; o al inválido que lucha y sufre sin quejarse. También me refiero a aquellos que siempre están dispuestos a donar sangre… Estoy pensando en aquellas mujeres que no son madres, pero que se ocupan del cuidado y de la educación de los niños del mundo. Me refiero también a todos lo que siempre están disponibles para brindar a los demás su amor y su consuelo.

También estoy hablando de los maestros, de las enfermeras, de los agricultores y de todos aquellos que hacen buenas obras en el mundo; que instruyen, alimentan y visten, pero que también hacen el trabajo del Señor; a aquellos que elevan y aman. Estoy hablando de los que son honrados, bondadosos y trabajadores durante sus labores diarias, pero que también son siervos del Maestro y pastores de Sus ovejas…

A aquellos que están haciendo el trabajo común y corriente del mundo y se preguntan dónde estará el valor de sus logros; a los que llevan sobre sus hombros el trabajo más pesado en esta Iglesia y promueven la obra del Señor en tantas formas silenciosas pero significativas; a los que son la sal de la tierra y la fortaleza del mundo y la espina dorsal de cada nación; a ustedes, simplemente quiero expresarles nuestra admiración. Si perseveran hasta el fin, y si son valientes en el testimonio de Jesús, alcanzarán la verdadera grandeza y vivirán en la presencia de nuestro Padre Celestial.