La experiencia misional que casi me perdí

La autora vive en Sergipe, Brasil.

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Quería compartir el Evangelio, pero ¿cuál de mis amigas podría estar interesada?

Ilustración por Michael Mullan.

Para cumplir con una meta del Progreso Personal, empecé a orar para tener una experiencia misional. Intenté imaginarme cuál de mis amigas estaría más dispuesta a unirse a la Iglesia,

pero pasaban los meses y pensaba que no iba a tener la experiencia que buscaba… hasta que conocí a Brenda. Era su primer año en nuestra escuela y

según avanzaba el curso, nos hicimos buenas compañeras de clase; pero no se me ocurrió invitarla a las reuniones hasta que una de nuestras amigas la invitó a su iglesia. Entonces pensé: “¡No puedo creerlo! Debí haber pensado en ello”.

La semana siguiente Brenda dijo que le había gustado ir a la iglesia de nuestra amiga y que quería volver. Yo pensé: “La he perdido”. No es que fuera una competencia, pero quería llevar el Evangelio a los hijos del Padre Celestial.

Por ese entonces estaban renovando nuestro centro de reuniones y la rededicación se había programado para dentro de unos meses. El obispo nos dio invitaciones para el programa de puertas abiertas y la dedicación e invité a todas mis amistades que vivían cerca del centro de reuniones; pero la única que aceptó fue Brenda. ¡Yo estaba tan contenta!

Pocos días antes del programa de puertas abiertas, Brenda dijo que tal vez no podría ir porque su madre no quería que fuera. Me quedé decepcionada, pero lo entendí y le dije que habría otras oportunidades de aprender acerca de la Iglesia.

Sin embargo, me sorprendió verla durante el programa de puertas abiertas. Había hablado con su madre, quien terminó por dejarla ir. Le presenté a los misioneros y fuimos a cada cuarto del centro de reuniones, donde oímos una breve descripción de cada organización de la Iglesia. Por último, fuimos al salón cultural y tomamos folletos sobre la Restauración, la historia familiar, el matrimonio eterno y otros temas del Evangelio. Brenda exclamó: “¡Yo creo en esto!”.

El domingo asistió a las reuniones y el lunes se presentó en el proyecto de servicio de Manos Mormonas que Ayudan.

La semilla que se plantó en el corazón de Brenda crecía con cada día que pasaba. Empezó a cambiar de hábitos para ajustarse a los mandamientos y no tardó en bautizarse.

Hoy en día, unos años más tarde, aún me dice lo feliz que es por haber encontrado el Evangelio verdadero y lo agradecida que está porque la ayudé a encontrarlo.

Muchas veces es difícil hablar del Evangelio con las personas, pero si oramos, estudiamos las Escrituras, escuchamos al Espíritu Santo y estamos dispuestos a hablar con alguien, el Señor nos ayudará.