Mi cuarto de convalecencia

Por Sara N. Hall

La autora vive en Utah, EE. UU.

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Mi mamá era la que estaba enferma, pero yo también necesitaba sanar.

Fotografía de fondo por hxdbzyxy/iStock/Thinkstock.

Cuando yo tenía diecisiete años, mi madre descubrió que tenía cáncer de mama. La sorpresa sobrecogió a toda la familia e hizo que me arrodillase en profunda oración. Supliqué por cerca de una hora, preguntándole a Dios por qué permitiría que eso pasase y pidiéndole que curara a mi mamá. El alivio empezó días después, cuando los miembros del barrio, nuestros parientes, amigos y vecinos se enteraron de la noticia y acudieron presurosos en nuestra ayuda. Nos llevaron comida, nos dijeron palabras amables, nos brindaron servicio y nos mostraron cariño y empatía. El amor que sentimos de ellos era profundo, pero aun cuando recibimos tanta ayuda, yo caí en una depresión severa. No me importaba lo que pudiera pasarme. Dejé de hacer las cosas que me gustaban y me volví perezosa y descuidada con las tareas de la casa y de la escuela, y con mi llamamiento de la Iglesia. Consideraba que mi situación y la responsabilidad adicional que se me había dado eran una gran carga. Sentía que podía hacerlo todo por mí misma y que no necesitaba ayuda de nadie.

Satanás trabajó especialmente duro conmigo diciéndome que debería sentirme sobrecargada, que Dios quería que fuese infeliz y que no era nada especial. Tristemente, lo creí por un tiempo y no lograba ver el lado positivo de nada. No me veía como una hija de Dios; la confusión me cegaba y no podía ver mis muchas bendiciones. Ni siquiera podía mirarme en el espejo; sentía dolor y angustia.

Afortunadamente, una amiga íntima dedicó mucho tiempo a ayudarme, y mis hermanos también me apoyaron. Fui más abierta con mis padres quienes, a su vez, se volvieron más abiertos conmigo. Pero yo aún tenía problemas.

Mi mamá solía consolarme cuando me sentía desanimada. Cuando sentía haber perdido toda esperanza, era agradable tener a alguien con quien hablar y que me ayudara. Ella solía volver a casa entre un tratamiento y otro a plancharnos la ropa, prepararnos comidas u ofrecernos consuelo y consejo. Me asombraba cómo era capaz de soportar semejantes pruebas y al mismo tiempo ser tan generosa.

Cuando un día hablé con ella acerca de mi depresión, me dijo que el hecho de llorar y admitir que necesitaba ayuda no me convertía en alguien débil. Ella estaba cuidando de mí cuando era yo la que debía haber cuidado de ella.

Después de una de sus muchas operaciones, mi mamá estaba en el cuarto de convalecencia. En ese momento no pude dejar de pensar en que yo necesitaba mi propio cuarto de convalecencia. No tenía ni idea de por dónde empezar el proceso de sanar, pero tenía que hacer algo; así que empecé por renovar mis talentos y aptitudes, y desarrollar otros nuevos. Cocinaba y lavaba la ropa; daba más paseos para pensar, y cantaba solos. Tocaba más el clarinete y el piano y empecé a tocar mejor; leí más libros y empecé a escuchar música más edificante. Me rodeé de los consejos de los líderes de la Iglesia y de otros recursos valiosos. Me acerqué más a Dios y a mi Salvador a través de la oración personal, del ayuno y del estudio de las Escrituras.

Aun así, sentía que era una paz provisional. Resultaba difícil cuando quería sentirme en paz ciertos días y, en cambio, sentía tristeza. Los cambios de humor se volvieron incluso más difíciles. Me daba la impresión de que mi trayecto en busca de la paz apenas empezaba.

Entonces fui al templo con mi clase de las Mujeres Jóvenes para hacer bautismos por los muertos. Pensé en mis problemas mientras estaba en el templo y mientras daba vuelta a las páginas de mis Escrituras. Entonces empecé a leer acerca del Salvador en Isaías 53:4: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores”.

A los pocos minutos, la confusión que me había cegado y provocado tanto dolor se desvaneció por completo. El Señor atravesó las tinieblas y la desesperación de mi corazón y sentí la paz del Espíritu. Tuve una sensación de claridad y felicidad que no había sentido en mucho tiempo. Vi las muchas bendiciones que había recibido y lo mucho que todos habían hecho por mí y mi familia. Vi lo unidos que estábamos mi familia, mis amigos y yo. Me vi a mí misma como una hija de Dios verdaderamente bella.

Allí, en el templo, hallé mi cuarto de convalecencia.

Al reflexionar en esa experiencia me doy cuenta de que ahora siento más empatía y compasión por los que son menos afortunados que yo. Sé donde recuperarme. El año más duro de mi vida se convirtió en el mejor año de mi vida.