Cuando tenía ocho años, vi al profeta, al presidente David O. McKay (1873–1970). Fue para dedicar un nuevo edificio de la Iglesia en Palmyra, Nueva York, EE. UU. Mi familia fue a la dedicación y muchas otras personas también. ¡Todos estábamos ilusionados de ver al profeta!

Yo era bastante pequeña, así que me era difícil ver en medio de toda la gente, pero aun así podía sentir el amor del presidente McKay. Tan solo por un minuto, vi su cabello blanco y su cara bondadosa. Pensé: “Así es un profeta de Dios”. Había leído acerca de los profetas en las Escrituras, pero esta era la primera vez que veía a un profeta o a una Autoridad General en persona. Me di cuenta de que los profetas son personas de verdad. ¡Y nos aman! Siempre recordaré el amor y la paz que sentí ese día.

Cuando tenía once años, tuve otra experiencia que me ayudó a sentir paz en el corazón. La conferencia de estaca se acercaba, y tuve la oportunidad de cantar en el coro de la estaca. ¡Estaba tan contenta! Llevaba puesta una blusa blanca y me sentí muy especial. La canción que cantamos tenía las palabras de Juan 14:27: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo”.

Esas palabras realmente me tocaron el corazón y las he recordado desde entonces. Cuando canté las palabras, supe que eran verdaderas; sentí que el Espíritu Santo me decía que seguir a Jesucristo nos ayuda a sentir paz. Desde entonces, cuando tengo dificultades, ese pasaje de las Escrituras me viene a la mente y me da paz. La verdad que aprendí cuando era joven me ha bendecido toda la vida.