Pesos para el Padre Celestial

La autora vive en Carolina del Norte, EE. UU.

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“Siempre obedece los mandamientos, tendrás gran consuelo y sentirás paz” (Canciones para los niños, pág. 68).

Ana comió el último trozo de la tortilla. Estaba suave y era riquísima. A Ana le encantaban las tortillas de su abuela; eran la mejor parte del desayuno.

Ana miró a su abuela lavar los platos.

Era como cualquier otra mañana, pero había algo que no era igual.

La abuela normalmente caminaba al mercado para comprar comida, pero hoy no lo hizo. Hoy no había dinero para comprar comida.

“¿Qué comeremos mañana?”, se preguntó Ana.

Entonces Ana recordó algo. ¡Sabía dónde había dinero! La noche anterior había visto a la abuela poner unos pesos en un pequeño pañuelo blanco.

“Abuela, ¿te olvidaste? Tienes dinero para comprar comida”.

“¿Qué dinero?”, preguntó la abuela.

Ana corrió a buscar el dinero y agitó la bolsita de monedas. ¡Clanc! ¡Clanc!

La abuela sonrió. “Ese es nuestro diezmo, Ana. Es Su dinero”.

“¿Pero qué comeremos mañana?”, preguntó Ana.

“No te preocupes”, dijo la abuela. “Tengo fe en que el Padre Celestial nos ayudará”.

La mañana siguiente, la abuela le dio a Ana la última tortilla de maíz y después se sentó en su silla. Bordó unas flores rojas en un vestido y le contó historias de cuando ella era una niña pequeña. No parecía preocupada.

Entonces Ana oyó tocar a la puerta y corrió a abrirla.

“¡Tío Pedro!”.

“Tuve la impresión de que tenía que venir a visitarlas”, dijo el tío Pedro. Puso tres bolsas sobre la mesa. Una tenía harina de maíz para hacer tortillas, otra tenía carne y la otra tenía verduras frescas del mercado.

“Oh, mi dulce hijo”, dijo la abuela. “¡Les voy a hacer mi mejor sopa de albóndigas!”.

“Tu sopa es la mejor del mundo”, dijo el tío Pedro.

Ana se rió y aplaudió.

Entonces se detuvo. Quería saber una cosa. “Abuela, ¿sabías que el tío Pedro vendría hoy? ¿Es por eso no estabas preocupada?”.

“No”, dijo la abuela. “Cuando pago el diezmo, tengo fe en que el Padre Celestial me bendecirá. ¡Y lo hizo!”.

Ana abrazó a la abuela. Sentía que era la niña más feliz de México. Ella y la abuela tenían fe en el Padre Celestial. ¡Ahora ya no podía esperar para tomar la deliciosa sopa de la abuela!