violin

La primera vez que lo vi, yo llevaba mi violín.

Caminaba junto a mí, arrastrando los pies, cuando entré en el comedor de la escuela con el estuche del violín que me golpeaba la pierna.

Al acercarse, dijo: “Violín”.

“Sí”, le dije.

En realidad nunca había hablado con alguien que tuviera una discapacidad y no supe qué más decir. Él me siguió hasta la mesa y se sentó junto a mí, señalando el estuche del violín.

“Violín”, dijo nuevamente.

Abrí el estuche y los ojos se le iluminaron. Luego comenzó a tirar de las cuerdas con brusquedad. Comencé a ponerme nerviosa al imaginar que una de las cuerdas se rompiera, así que cerré suavemente el estuche. Antes de marcharse me dio un abrazo.

Después de esa ocasión, lo veía con frecuencia.

Cada vez que me veía, me ponía los brazos alrededor de los hombros y me besaba la coronilla.

El resto del tiempo que pasé en la secundaria, siempre trataba de evitarlo cada vez que lo veía venir. Cuando él me encontraba y me colmaba de abrazos y besos húmedos, lo toleraba por unos segundos con una sonrisa forzada y luego me alejaba rápidamente sin decir palabra.

Cuando lo vi en mi último concierto con la orquesta de la escuela, dije entre dientes: “¡Ay, no!”. Después del concierto, se abrió camino hasta el lugar donde yo estaba con mis amigos afuera del auditorio.

Mis amigos se hicieron hacia atrás mientras él se me acercaba con una sonrisa y con los brazos abiertos para abrazarme.

“¡William!”.

Volteé y vi a una mujer corriendo hacia nosotros.

“Lo siento”, dijo, mientras entrelazaba los brazos con los de él. “A William le encanta el violín y me rogó que lo trajera al concierto de esta noche. Vamos, cariño”.

Hasta ese momento no me había dado cuenta de que ni siquiera sabía su nombre. Había conocido a William hacía dos años, pero pasé tanto tiempo evitándolo, que nunca hice el esfuerzo por conocerlo realmente. Al ver a William y a su mamá alejarse, me sobrevino un sentimiento de vergüenza.

Años más tarde, después de casarme, di a luz a un hermoso niño con síndrome de Down a quien llamamos Spencer. Al ver a mi hijo, a menudo pensaba en William y me preguntaba si Spencer tendría experiencias similares. ¿Lo evitaría la gente por besar demasiado o abrazar muy fuerte? ¿Se sentirían incómodos sus compañeros a causa de sus limitaciones?

Cuando Spencer tenía cuatro meses, lo llevé al hospital para una consulta médica. Al sacarlo del coche, vi a dos personas que salían del hospital. Con asombro, me di cuenta de que se trataba de William y su madre.

“¡William!”, exclamé cuando estábamos más cerca, mientras el corazón me latía con fuerza.

“¡Hola!”, él caminó hacia mí sin prisa por el estacionamiento con una enorme sonrisa que le iluminaba el rostro. Extendió la mano para tomar la mía en un entusiasta apretón.

“¿Cómo estás?”, le pregunté.

“Violín”, dijo con una emoción que le iluminaba la mirada.

Violín. Él también se acordaba de mí. “Sí”, alcancé a responder entre una mezcla de risa y llanto, “yo tocaba el violín”.

Mientras hablamos, ofrecí una oración de gratitud en el corazón por las entrañables misericordias de un Padre Celestial que sabía lo mucho que deseaba volver a encontrarme con William. Estoy agradecida de que Dios me tuvo presente, como una joven madre abrumada por los problemas de salud de mi hijo, y preocupada por su futuro, y me permitió tener una experiencia que me recordó que Él está pendiente de nosotros.