woman with kids at the register

Estaba esperando en fila en una estación de servicio. Adelante de mí, una madre con dos niños pequeños dijo que necesitaba tres dólares de gasolina y dos conos de helado de vainilla.

A primera vista, pude ver que eran de escasos recursos. Los niños andaban descalzos y con la ropa hecha jirones.

Escuché que la mujer puso sobre el mostrador lo que parecía ser una cantidad interminable de monedas con las que pagó.

Después de que pagué mi gasolina, salí y vi el coche que ella tenía. Se trataba de un modelo viejo que seguramente consumía mucha gasolina.

Sentí un poco de lástima por esa madre de dos niños, pero arranqué la motocicleta y seguí con mi rutina.

Menos de un minuto después, cuando ya iba por la carretera, sentí una voz que me decía: “Ve a ayudarla”. Tuve esa impresión dos veces,

pero agité la cabeza pensando que probablemente ya se había ido. De todas maneras, ¿qué podría decirle?

Volví a escuchar la voz una tercera vez con claridad: “¡Ve a ayudarla!”.

Así que, di la media vuelta para volver a la gasolinera mientras pensaba qué le iba a decir a la mujer si todavía estaba allí.

Al llegar, vi que las puertas del vehículo estaban abiertas. Ella estaba al volante y los niños disfrutaban su helado en el asiento de atrás.

Ofrecí una breve oración y le pedí al Padre Celestial que me ayudara a saber qué decirle. La misma voz me dijo: “Preséntate y pregúntale si necesita ayuda”. Entonces me acerqué al coche y me presenté. Le dije que había sentido la impresión de preguntarle si necesitaba ayuda.

Ella comenzó a llorar y dijo: “Acabo de terminar de orar a Jesús, pidiéndole que enviara a alguien a ayudarme”.

El Padre Celestial había contestado su oración. Pagué para que llenara su tanque de gasolina y le di el número de teléfono de un miembro de nuestro cuórum de élderes que estaba contratando gente en esos días. No sé lo que sucedió después con esa joven madre, pero estoy agradecido de haber seguido la impresión de ayudarla.