Bendecida por obedecer la ley del diezmo

Sabrina T., São Paulo, Brasil

young woman with cell phone

Cuando era pequeña, mi familia y yo pasamos por muchas dificultades económicas que duraron hasta que yo tenía más o menos 10 años. Mi papá no lograba encontrar empleo, por lo que trabajaba de vendedor ambulante y ganaba muy poco. Mi madre se quedaba en casa para cuidar de mí y de mi hermano pequeño;

pero aun cuando pasamos por tantas tribulaciones, teníamos un testimonio del pago del diezmo y de otras ofrendas. Cada mes pagamos fielmente el diezmo y nunca nos faltó nada. Sabemos con certeza que éramos bendecidos continuamente gracias a la bondad infinita del Señor y porque Él cumple Sus promesas cuando somos obedientes a Sus mandamientos.

Los días de dificultades económicas llegaron a su fin y las bendiciones que el Señor nos ha dado en estos últimos años han sido asombrosas.

Sé que a los que paguen fielmente el diezmo y otras ofrendas con amor y con la meta de bendecir la vida de otras personas, no les faltará nada y hasta puede sucederles algo mejor, como nos ocurrió a mí y a mi familia. Las bendiciones aumentarán. Lo sé; lo he vivido.

Honrados en todas las cosas

Alivsi H., Jalisco, México

Al comienzo de cada semestre escolar nos dan un conjunto de productos gratuitos, como un cuaderno, una agenda y una muestra al azar de un producto. Un año me puse en la fila para recoger mis artículos y me di cuenta de que el producto de muestra iba a resultarme particularmente útil.

Al final del día, vi que estaban regalando dos muestras del mismo producto. Sería fácil volver a ponerme en la fila y conseguir una segunda muestra, así que decidí hacerlo. Después de todo, eran muestras gratuitas y me hacía falta el producto.

Hice una breve pausa en el baño, donde vi un teléfono celular que una muchacha había olvidado accidentalmente. Era uno de los modelos más recientes, y yo acababa de perder el mío la semana anterior; pero ni siquiera pensé en quedarme con él. “Eso es robar”, me dije a mí misma.

Entonces, mientras iba a recoger la segunda muestra gratuita, me di cuenta de que eso sería tan deshonesto como quedarme con el teléfono, ya que tendría que mentir y decir que aún no me habían dado una muestra.

Me sentí agradecida por esa pequeña experiencia que me enseñó una gran lección. Entregué el teléfono y me fui a casa con solo un cuaderno, una agenda y una muestra gratuita, pero con un buen sentimiento por ser verídica en todas las cosas, por pequeñas que fueran.