Golpe, pesar y el plan de Dios

La autora vive en Albania.

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Durante la experiencia más devastadora de mi vida, sentí que el Padre Celestial estuvo conmigo durante todo el trayecto.

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Ilustración por David Curtis.

Mi madre me despertó una mañana temprano de 2008 para ir al colegio. Aquella mañana me sentía feliz, pero no sabía que aquel se convertiría en el peor día de mi vida ni la última vez que estaría con ella. Aquel día no terminé todas las clases porque una amiga de la familia tuvo que recogerme y decirme que mi madre se había suicidado. Yo solo tenía 12 años.

Pensé: “¿Cómo voy a vivir sin mi madre?”. Ella era mi mejor amiga.

Lloré durante meses. No quería ir a la escuela porque los demás niños me trataban de manera diferente y sentían pena por mí. No tenía ni idea de lo que se suponía que debía hacer; solo sabía que tenía que ser fuerte por todos los demás.

Un día, cinco o seis meses después de la muerte de mi madre, me hallaba sola en mi cuarto, llorando junto a la ventana, tratando de entender para qué estaba aquí. De pronto, oí una voz en mi cabeza: “Tú eres Mi hija; no dejaré que sufras”. Sabía que era Dios, lo cual me sorprendió porque ya no creía en Él, especialmente ya que sentía que Dios era quien me había arrebatado a mi madre. Aun cuando no sabía lo que quiso decir, me sentí segura.

Tres años después fui a Roma, Italia, a visitar a mi tío, quien no dejaba de hablarme de la iglesia a la que iba. Un domingo me llevó con él. Siempre recordaré cuando caminé hasta las puertas de la Iglesia por primera vez y sentí el amor del Padre Celestial al entrar. Era como estar en casa.

Empecé a ir a la Iglesia todos los domingos y a cada actividad de entre semana. Me encantaba estar con los jóvenes de la Iglesia; me hacían más feliz. Ellos pensaban y creían en lo mismo que yo. Entonces, tres meses después, se me acabaron las vacaciones de verano y tuve que regresar a Albania.

Cuando volví a casa, le conté a mi padre los sentimientos que había tenido y lo feliz que me había sentido todo ese tiempo, pero a él no le gustó. Me dijo que no iba a permitir que siguiera yendo a la Iglesia ni que aprendiera más de ella; así que tendría que ser paciente durante los próximos tres años hasta que cumpliera los dieciocho años y entonces podría decidir por mí misma y bautizarme.

Durante ese tiempo fui bendecida con muchas personas que me hablaban de lo que aprendían cada domingo en la Iglesia. Una de ellas fue Stephanie. Ella vivía en Italia cuando mi tío se unió a la Iglesia, pero ya había regresado a su casa en los Estados Unidos. Mi tío pensó que sería bueno para ambas que nos escribiésemos, así que la añadí a mis amigos de Facebook.

Aun cuando nunca nos habíamos conocido personalmente, siempre le estaré agradecida porque me ayudó a edificar mi fe y a aprender más acerca del evangelio de Jesucristo. Me escribía casi cada domingo y me decía todo lo que aprendía en la Iglesia, y luego respondía mis preguntas. Fue una gran amiga.

Por fin, tras años de ser paciente, me bauticé justo dos días después de cumplir dieciocho años; y pronto compartiré con mi madre la felicidad que sentí ese día, porque me bautizaré por ella. Sé que estará orgullosa de la vida que he escogido.

Siento que el Padre Celestial me bendijo porque Él estuvo conmigo de muchas maneras durante todo el trayecto. Tuve que aguardar y ser paciente porque Él tenía un plan para mí. Él es quien me dio fortaleza durante todos los retos que enfrenté; Él siempre estuvo allí, ayudándome a ser más feliz.