Vivan como verdaderos milénicos

Por el presidente Russell M. Nelson

Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles

Del devocional mundial para jóvenes adultos “Como llegar a ser una verdadera generación del milenio”, que se llevó a cabo en la Universidad Brigham Young – Hawái el 10 de enero de 2016. Para leer el texto completo, vaya a broadcast.lds.org.

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Ustedes son “linaje escogido”, preordenados por Dios para realizar una obra extraordinaria: ayudar a preparar a las personas de este mundo para la Segunda Venida.

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Ilustraciones por Scotty Reifsnyder.

Muchas personas se refieren a ustedes como milénicos. Admito que cuando los investigadores los llaman así y describen lo que los estudios revelan sobre ustedes —sus gustos y desagrados, sus sentimientos e inclinaciones, sus fortalezas y sus debilidades—, me siento incómodo. Existe algo en el modo en que usan el término milénico que me molesta; y francamente, estoy menos interesado en lo que los expertos tienen que decir sobre ustedes que lo que el Señor me ha dicho acerca de ustedes.

Cuando oro sobre ustedes y pregunto al Señor cómo se siente Él respecto a ustedes, siento algo muy diferente de lo que dicen los investigadores. Las impresiones espirituales que he recibido sobre ustedes me conducen a creer que el término milénico quizás sea perfecto para describirlos, pero por una razón muy diferente de la que los expertos podrían llegar a comprender.

El término milénico es perfecto para ustedes si les recuerda quiénes son en verdad y cuál es realmente su propósito en la vida. Un verdadero milénico es alguien a quien se le enseñó y que enseñó el evangelio de Jesucristo en la vida premortal, y que hizo convenios con nuestro Padre Celestial allí en cuanto a cosas valientes —incluso cosas moralmente valientes— que llevaría a cabo aquí mientras estaba en la tierra.

Un verdadero milénico es un hombre o una mujer en quien Dios confió lo suficiente como para enviarlo a la tierra durante la dispensación más desafiante de la historia de este mundo. Un verdadero milénico es un hombre o una mujer que vive ahora con el fin de ayudar a preparar a las personas de este mundo para la segunda venida de Jesucristo y Su reinado milenario. Que no les quepa la menor duda: ustedes nacieron para ser verdaderos milénicos.

La pregunta es: “¿Cómo pueden ser y vivir como verdaderos milénicos?”. Tengo cuatro sugerencias:

1. Aprendan quiénes son en verdad

Dediquen tiempo a pensar, con espíritu de oración, en cuanto a estos hechos:

  • Son hijos escogidos de Dios.

  • Fueron creados a Su imagen.

  • En el mundo de los espíritus se les enseñó a fin de prepararlos para todo lo que afrontarían en esta parte postrera de los últimos días (véase D. y C. 138:56). ¡Esas enseñanzas perduran en su interior!

Ustedes viven en la “hora undécima”. El Señor ha declarado que esta es la última vez que llamará a obreros a Su viña para reunir a los escogidos de los cuatro extremos de la tierra (véase D. y C. 33:3–6), y ustedes fueron enviados para participar en ese recogimiento. Una y otra vez he visto por mí mismo la influencia poderosa de los verdaderos milénicos al traer a otras personas al conocimiento de la verdad. ¡Eso es parte de su identidad y propósito como la simiente de Abraham! (véase Gálatas 3:26–29).

Hace varios meses, mi esposa, Wendy, y yo, tuvimos una experiencia extraordinaria en la remota Siberia. Entre quienes viajaban con nosotros en nuestro “día de preparación” en Irkutsk, se hallaban el presidente de misión, Gregory S. Brinton; su esposa, Sally; y su hijo Sam, un exmisionero que había servido su misión en Rusia. Visitamos el bello lago Baikal y un mercado a sus orillas.

Al regresar a nuestro vehículo, notamos que Sam no estaba. Apareció momentos después en compañía de una mujer de mediana edad que se llamaba Valentina. En su ruso natal, Valentina exclamó con entusiasmo: “¡Quiero conocer a la madre de este joven! ¡Es tan cortés, inteligente y amable! ¡Quiero conocer a su madre!”. A Valentina la había cautivado el rostro brillante de Sam, colmado de luz.

Sam presentó a Valentina a su madre y a su padre, le entregó un folleto sobre el Salvador e hizo arreglos para que la visitaran los misioneros. Más tarde, cuando los misioneros volvieron con un ejemplar del Libro de Mormón, prometió leerlo. Varias mujeres que trabajaban en el mismo mercado también estaban entusiasmadas por el nuevo libro que le habían dado a Valentina. Aún ignoramos el final de la historia, pero debido a la distintiva luz que Sam irradiaba, se les ha presentado el Evangelio a Valentina y a algunas de sus amigas.

Los verdaderos milénicos como Sam saben quiénes son realmente. Son discípulos de Jesucristo devotos que, instintivamente, aprovechan toda oportunidad de ayudarse a sí mismos y a otras personas a prepararse para el reinado milenario de nuestro Salvador.

Por lo tanto, mi primera recomendación es que sepan por ustedes mismos quiénes son en verdad. Pregunten a su Padre Celestial, en el nombre de Jesucristo, qué siente Él en cuanto a ustedes y su misión aquí en la tierra. Si piden con verdadera intención, con el tiempo, el Espíritu les susurrará la verdad que cambiará su vida. Anoten esas impresiones, léanlas a menudo y síganlas al pie de la letra.

¡Les prometo que, al empezar a captar siquiera un destello del modo en que el Padre Celestial los ve y lo que Él confía que ustedes harán por Él, su vida jamás será la misma!

2. Esperen lograr lo imposible y prepárense para ello

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Dios siempre ha pedido a Sus hijos del convenio que hagan cosas difíciles. Puesto que son hijos e hijas de Dios que cumplen convenios y que viven en la parte final de estos últimos días, el Señor les pedirá a ustedes que hagan cosas difíciles. Pueden estar seguros de ello; las pruebas abrahámicas no terminaron con Abraham (véase D. y C. 101:4–5).

Sé lo inquietante que puede ser que se les pida hacer algo que parece ir mucho más allá de su capacidad. Yo había sido miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles durante solo diecinueve meses cuando el presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) falleció. En la primera reunión de la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles tras la ordenación del presidente Ezra Taft Benson (1899–1994), él dio asignaciones específicas a los Doce. Las instrucciones que me dio a mí incluyeron estas palabras: “Élder Nelson, usted tiene que abrir los países de Europa Oriental para la predicación del Evangelio”.

Eso fue en 1985. Durante los años políticamente tensos que llamamos la Guerra Fría, no solo había, literalmente, un muro que dividía la ciudad de Berlín, sino que toda Europa Oriental se hallaba bajo el opresivo yugo del comunismo. Las iglesias estaban cerradas y la adoración religiosa estaba estrictamente limitada.

Yo había pasado gran parte de mi vida profesional abriendo corazones para hacer cirugías vitales, pero no tenía ningún tipo de experiencia que me hiciera pensar que podría abrir países para la predicación del Evangelio. No obstante, el Profeta me había dado una asignación; así que me dispuse a hacer aquello que parecía ser totalmente imposible.

Desde el principio, aparecieron obstáculos en el camino. Llegué a la mayoría de los países sin saber a dónde dirigirme. Aun cuando lograba encontrar el nombre del funcionario gubernamental a quien contactar, no era extraño que la reunión se cancelara a último momento o se pospusiera. En un país, cuando la cita se demoró dos días, intencionalmente se colocaron en mi camino varias tentaciones para ponerme a prueba, incluso trampas para que cambiara divisas en el mercado negro y otras actividades ilícitas. En otra ocasión, la reunión comenzó con la exigencia de que yo me marchara ¡de inmediato!

No obstante, el Señor puede efectuar Su propia obra (véase 2 Nefi 27:20–21), y tuve el privilegio de ver cómo ocurría un milagro tras otro, siempre y solamente después de que yo hubiera dedicado a la labor mis mejores ideas, mi esfuerzo más osado y mis más fervientes oraciones.

Algunos de esos países reconocieron formalmente la Iglesia antes de que cayera el Muro de Berlín; otros lo hicieron después. En el año 1992, ¡pude informar al presidente Benson que la Iglesia estaba establecida en todos los países de Europa Oriental!

Como verdaderos milénicos en quienes el Señor puede confiar, ¡ustedes también harán historia! Se les pedirá que acepten asignaciones difíciles y que lleguen a ser un instrumento en las manos del Señor; y Él los facultará para lograr lo imposible.

¿Cómo lograrán lo imposible? Haciendo todo lo que fuere necesario para fortalecer la fe en Jesucristo, aumentando su comprensión de la doctrina que se enseña en Su Iglesia restaurada y buscando la verdad sin descanso. Cuando se les pida hacer cosas imposibles, ustedes, como verdaderos milénicos cimentados en la doctrina pura, podrán avanzar con fe y persistencia tenaz, y hacer con buen ánimo cuanta cosa esté a su alcance para lograr los propósitos del Señor (véase D. y C. 123:17).

Tendrán días en los que estarán totalmente desalentados; de modo que ¡oren y pidan el valor para no darse por vencidos! Necesitarán esa fortaleza, puesto que ser Santo de los Últimos Días será cada vez menos popular. Tristemente, algunos a quienes consideraban sus amigos los traicionarán y algunas cosas sencillamente parecerán injustas.

Sin embargo, les prometo que conforme sigan a Jesucristo, hallarán paz constante y gozo verdadero. Conforme guarden sus convenios con una fidelidad cada vez mayor, y conforme defiendan la Iglesia y el Reino de Dios sobre la tierra en la actualidad, el Señor los bendecirá con fortaleza y con sabiduría para lograr lo imposible.

3. Aprendan la manera de acceder al poder del cielo

Cada uno de nosotros tiene preguntas. El procurar aprender, entender y reconocer la verdad es una parte crucial de nuestra experiencia terrenal. Yo he pasado gran parte de mi vida en la investigación. Ustedes también aprenderán mejor al hacer preguntas inspiradas.

En este preciso momento, algunos de ustedes luchan por saber lo que deberían hacer con su vida; otros quizás se pregunten si se les han perdonado sus pecados. La mayoría de ustedes se pregunta quién es y dónde está su compañero eterno; y quienes no se lo preguntan, deberían hacerlo.

Tal vez algunos se pregunten por qué la Iglesia hace algunas de las cosas que hace; o quizás muchos de ustedes no estén seguros de cómo obtener respuestas a sus oraciones.

Nuestro Padre Celestial y Su Hijo están prestos a contestar sus preguntas mediante la ministración del Espíritu Santo; pero depende de ustedes aprender cómo merecer y recibir esas respuestas.

¿Dónde pueden empezar? Para comenzar, pasen más tiempo en lugares santos. El templo es un lugar santo; también lo es la capilla, donde renuevan convenios cada domingo al tomar la Santa Cena. Los invito a que también hagan de su apartamento, su dormitorio universitario, su hogar o su cuarto un lugar santo donde puedan permanecer a salvo de las oscuras distracciones del mundo.

La oración es clave. Oren para saber lo que deben dejar de hacer y lo que deben comenzar a hacer. Oren para saber qué añadir y qué eliminar de su entorno a fin de que el Espíritu esté con ustedes en abundancia.

Imploren al Señor que les dé el don de discernimiento; luego, vivan y esfuércense por ser dignos de recibir ese don para que cuando surjan acontecimientos confusos en el mundo ustedes sepan exactamente qué es verdad y qué no lo es (véase 2 Nefi 31:13).

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Presten servicio con amor. El prestar servicio amoroso a quienes han perdido el rumbo o a quienes están heridos en espíritu abrirá el corazón de ustedes a la revelación personal.

Pasen más tiempo —mucho más tiempo— en lugares donde el Espíritu esté presente; eso significa pasar más tiempo con amigos que procuran tener el Espíritu consigo. Pasen más tiempo arrodillados en oración, más tiempo con las Escrituras, más tiempo en la obra de Historia Familiar, más tiempo en el templo. Les prometo que, conforme ustedes den al Señor, de modo constante, una porción generosa de su tiempo, Él multiplicará el restante.

Sostenemos a quince hombres que son ordenados como profetas, videntes y reveladores. Al surgir algún problema complicado —y estos parecen tornarse cada día más complicados—, esos quince hombres debaten el asunto, tratando de ver todas las ramificaciones de los diversos cursos de acción, y procuran diligentemente escuchar la voz del Señor. Tras ayunar, orar, estudiar, meditar y deliberar en consejo con mis hermanos Apóstoles sobre cuestiones de peso, no es infrecuente que yo despierte durante la noche con más impresiones sobre las cuestiones que nos preocupan; y a mis compañeros en el apostolado les ocurre lo mismo.

La Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce Apóstoles deliberan en consejo y comparten todo lo que el Señor nos ha llevado a entender y sentir, individual y colectivamente; y después, observamos cómo el Señor inspira al Presidente de la Iglesia a proclamar la voluntad del Señor.

Ese proceso profético se siguió en 2012 con el cambio de la edad mínima para los misioneros y nuevamente con las recientes añadiduras al Manual de Instrucciones de la Iglesia como resultado de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en algunos países. Llenos de compasión hacia todos, y en especial hacia los niños, luchamos con gran esfuerzo por comprender la voluntad del Señor tocante a ese asunto.

Siempre conscientes del Plan de Salvación de Dios y de Su esperanza de vida eterna para cada uno de Sus hijos, consideramos innumerables modificaciones y combinaciones en las posibles situaciones que pudieran surgir. Nos reunimos reiteradas veces en el templo en oración y ayuno, y procuramos más guía e inspiración; y luego, cuando el Señor inspiró a Su profeta, el presidente Thomas S. Monson, a declarar la intención y la voluntad del Señor, en ese sagrado momento, cada uno de nosotros sintió una confirmación espiritual. Tuvimos el privilegio, como Apóstoles, de sostener lo que se había revelado al presidente Monson. La revelación del Señor a Sus siervos es un proceso sagrado; y también lo es el privilegio que ustedes tienen de recibir revelación personal.

Mis queridos hermanos y hermanas, ustedes tienen tanto acceso a la intención y a la voluntad del Señor para su propia vida como nosotros, en calidad de Apóstoles, para Su Iglesia. Tal como el Señor requiere que nosotros busquemos y meditemos, ayunemos y oremos, estudiemos y batallemos con cuestiones difíciles, Él requiere que ustedes hagan lo mismo al buscar respuesta para sus propias preguntas.

Pueden aprender a escuchar la voz del Señor por medio de los susurros del Espíritu Santo1. Por muy útiles que parezcan Google, Twitter y Facebook, ¡sencillamente no brindan respuestas a sus preguntas más importantes!

Mis queridos jóvenes amigos, ustedes pueden conocer la intención y la voluntad del Señor para su vida; no tienen que preguntarse si se encuentran donde el Señor necesita que estén, ni si están haciendo lo que Él necesita que hagan; ¡pueden saberlo! El Espíritu Santo les “mostrará todas las cosas que [deben] hacer” (2 Nefi 32:3).

4. Sigan a los profetas

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En 1979, mientras servía como Presidente General de la Escuela Dominical, se me invitó a un seminario para Representantes Regionales en el cual el presidente Kimball ofreció un inspirador discurso sobre abrir las puertas de las naciones que en ese entonces se hallaban cerradas para la Iglesia, como China. Exhortó a todos los presentes a estudiar el idioma mandarín para que pudiéramos ofrecer nuestras aptitudes profesionales a fin de ayudar a la gente de China.

A mí, el reto que lanzó el presidente Kimball me pareció un mandato profético. Así que, esa misma noche, pregunté a mi esposa, Dantzel, si estaría dispuesta a estudiar mandarín conmigo. Ella aceptó y buscamos un profesor que nos ayudara. Desde luego, no aprendimos a hablar mandarín muy bien, pero aprendimos lo suficiente para que, cuando el año siguiente (debido a una serie de acontecimientos muy inesperados) se me invitó a ir a China como catedrático visitante para enseñar cirugía a corazón abierto, me hallara en una mejor posición para aceptar la invitación.

Adelantémonos seis años hasta 1985, un año después de que se me llamara al Cuórum de los Doce. Un día, recibí la solicitud urgente de ir a China a realizar una cirugía a corazón abierto a una famosa estrella de ópera, a quien se consideraba una heroína nacional en todo el país. Expliqué que mis responsabilidades eclesiásticas de tiempo completo no me permitían ir, pero los médicos de China me suplicaron que fuera de inmediato a efectuar la vital cirugía.

Traté el asunto con mi presidente de cúorum y con la Primera Presidencia. Ellos sintieron la inspiración de que, como favor al pueblo de China, debía viajar y efectuar la operación.

Fue lo que hice. Afortunadamente, ¡la operación fue un éxito! Dicho sea de paso, aquella fue la última cirugía a corazón abierto que realicé. Fue en Jinan, China, el 4 de marzo de 1985.

Ahora, adelantémonos de nuevo, esta vez hasta octubre de 2015. A Wendy y a mí se nos invitó a volver a la Facultad de Medicina de la Universidad de Shandong, en Jinan. Nos sorprendimos cuando se me recibió calurosamente como “un viejo amigo” de China, y me reuní con cirujanos a quienes les había enseñado treinta y cinco años antes. Un momento culminante de nuestra visita fue reunirnos con el hijo y el nieto de aquella famosa estrella de ópera. Todas aquellas experiencias extraordinarias fueron posibles gracias a una razón: ¡Escuché el consejo de un profeta de estudiar mandarín!

Los profetas ven lo que está por delante; ven los dolorosos peligros que el adversario ha colocado o colocará en nuestro camino. Los profetas también prevén las magníficas posibilidades y privilegios que aguardan a quienes escuchan con la intención de obedecer. ¡Yo sé que es verdad! Lo he vivido por mí mismo una y otra vez.

El Señor nos ha prometido que Él nunca permitirá que el profeta nos lleve por mal camino. El presidente Harold B. Lee (1899–1973) declaró: “Es posible que no les guste lo que dicen las Autoridades de la Iglesia; puede que contradiga sus opiniones políticas o sociales; puede que interfiera con su vida social; pero si escuchan estas cosas como si vinieran de la boca del Señor, con fe y paciencia, la promesa es que ‘las puertas del infierno no prevalecerán contra vosotros; sí, y Dios el Señor dispersará los poderes de las tinieblas de ante vosotros, y hará sacudir los cielos para vuestro bien y para la gloria de su nombre’ (D. y C. 21:6)”2.

Quizás no siempre comprendan todas las declaraciones del profeta viviente; pero cuando saben que el Profeta es un profeta, pueden acudir al Señor con humildad y fe, y pedir su propio testimonio sobre cualquier cosa que Su profeta haya proclamado.

Alrededor del año cuarenta y uno antes de Cristo, muchos nefitas se unieron a la Iglesia, la cual prosperó. Sin embargo, las combinaciones secretas también empezaron a aumentar y muchos de sus astutos líderes se ocultaron entre el pueblo y fue difícil detectarlos. Conforme el pueblo se tornó más y más orgulloso, muchos de los nefitas se [burlaron] de lo que era sagrado, negando el espíritu de profecía y de revelación” (Helamán 4:12).

Las mismas amenazas existen entre nosotros hoy en día. La sombría realidad es que hay “siervos de Satanás” (D. y C. 10:5) infiltrados en toda la sociedad; de modo que tengan mucho cuidado con el consejo de quién siguen (véase Helamán 12:23).

Mis amados hermanos y hermanas, ustedes nacieron para ser verdaderos milénicos; son “linaje escogido” (1 Pedro 2:9), preordenados por Dios para realizar una obra extraordinaria: ayudar a preparar a las personas de este mundo para la Segunda Venida.

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Notas

  1. 1.

    En febrero de 1847, casi tres años después del martirio del profeta José Smith, él se le apareció a Brigham Young y le dio este mensaje: “Diga a la gente que sea humilde y fiel y se asegure de conservar el Espíritu del Señor, el cual le guiará con rectitud. Que tengan cuidado y no se alejen de la voz apacible; ésta les enseñará [lo que deben] hacer y a dónde ir” (en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 103).

  2. 2.

    Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee, 2001, pág. 92.