Unos días después del día de Acción de Gracias, mi hijo de tres años, Drew, comenzó a sentirse mal. Cada mañana se despertaba, desayunaba, se vestía y parecía estar bien; pero a medida que avanzaba el día, caía en un estado letárgico y no quería comer.

Eso continuó durante varias semanas. Finalmente, el viernes 18 de diciembre, llevé a Drew al médico alrededor de las 3:00 de la tarde; no podía ponerse de pie ni caminar, y estaba pálido.

Miré al doctor y dije: “Así ha estado todas las tardes y las noches durante las últimas tres semanas”. El médico le echó un vistazo y de inmediato internó a Drew en el hospital, donde le realizaron exámenes, pero no pudieron descubrir lo que tenía.

Al día siguiente, trasladaron a Drew a otro hospital. Ese domingo por la mañana me sentía abatida. Después de dos días de numerosos exámenes en dos hospitales, nadie sabía lo que estaba afectando a mi hijo y, para colmo, era el domingo antes de la Navidad. Mi reunión sacramental preferida de todo el año es la del programa de Navidad y me iba a perder todas las hermosas canciones y los discursos en nuestro barrio.

Mientras mi marido y yo caminábamos con Drew hacia el salón del hospital donde se llevaría a cabo una reunión sacramental, yo me sentía muy triste. Me acerqué a la mesa donde estaban los programas, tomé uno, y mientras aún caminaba cabizbaja, me topé con alguien.

Levanté la vista y dije: “Disculpe”, pero no había nadie. Al asomarme al salón donde se llevaría a cabo la reunión sacramental, vi que parecía un auditorio. En el escenario había sillas para los discursantes, un piano y una mesa para la Santa Cena, con unas sillas detrás de ella. En el salón había algunos niños enfermos y sus padres, muchos conectados a sus aparatos portátiles de goteo intravenoso.

Al dar un vistazo por la habitación, sentí la presencia de ángeles. Nos sentamos y las lágrimas corrieron por mi rostro al sentir el amor de Dios por Sus hijos que estaban enfermos y sufrían, atrapados en un hospital con todo tipo de enfermedades en la época más maravillosa del año.

Resultó ser la reunión sacramental más bella de mi vida.

Los médicos nunca descubrieron cuál era el mal de Drew; le dieron medicamento para tratar sus síntomas y después le dieron de alta al día siguiente. Él no ha tenido ninguna recaída desde entonces, pero la reunión sacramental de aquella Navidad permanecerá conmigo para siempre.