Father with children

Hace algunos años, un amigo que se llama Louis me contó un tierno relato sobre su dulce y callada madre. Cuando falleció, no les dejó a sus hijos una fortuna económica, sino más bien un legado de riqueza de ejemplo, sacrificio y obediencia.

Después de que se expresaron los encomios fúnebres y se realizó el trayecto al cementerio, los familiares adultos revisaron las escasas pertenencias que la madre había dejado. Entre ellas, Louis descubrió una nota y una llave; la nota decía: “En el dormitorio de la esquina, en el cajón de abajo del tocador, hay un pequeño cofre que contiene el tesoro de mi corazón. Esta llave lo abrirá”.

Todos se preguntaban qué era lo que su madre poseía que fuera de tanto valor como para ponerlo bajo llave.

Retiraron el cofre del lugar donde se encontraba y lo abrieron con la ayuda de la llave. Al examinar el contenido, Louis y los demás encontraron una foto individual de cada hijo, con su nombre y fecha de nacimiento. Louis sacó entonces un objeto confeccionado a mano para el día de San Valentín. Con letra burda e infantil, que reconoció como la suya propia, leyó las palabras que había escrito 60 años antes: “Querida mamá, te amo”.

Se enternecieron corazones, se acallaron voces y se humedecieron los ojos. El tesoro de la madre era su familia eterna; su fuerza radicaba en el firme cimiento de las palabras: “Te amo”.

En el mundo actual, en ninguna otra parte se necesita más ese firme cimiento de amor que en el hogar; y en ninguna parte debe el mundo encontrar un mejor ejemplo de ese cimiento que en los hogares de los Santos de los Últimos Días que han hecho del amor el fundamento de su vida familiar.

Para aquellos que profesamos ser discípulos del Salvador Jesucristo, Él dio esta instrucción trascendental:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis los unos a los otros.

“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros”1.

Si deseamos cumplir el mandamiento de amarnos los unos a los otros, debemos tratarnos con compasión y respeto, demostrando nuestro amor en las interacciones cotidianas. El amor brinda una palabra amable, una respuesta paciente, un acto desinteresado, un oído comprensivo y un corazón que perdona. En todas nuestras relaciones, estos y otros actos similares sirven para manifestar el amor de nuestro corazón.

El presidente Gordon B. Hinckley (1910–2008) observó: “El amor… es el crisol de oro al final del arcoíris; no obstante, es más que el final del arcoíris. El amor se encuentra también al principio, y de él proviene la belleza que surca el cielo en un día tempestuoso. El amor es la seguridad por la cual lloran los niños, es el anhelo de la juventud, es el elemento cohesivo que conserva unido a un matrimonio y el aceite lubricante que suaviza las fricciones en el hogar; es la paz de la ancianidad, la luz de la esperanza que brilla a la hora de la muerte. ¡Cuán afortunados son aquellos que lo poseen y lo comparten en sus relaciones con sus familiares, con los amigos, con los miembros de la Iglesia y los vecinos!”2.

El amor es la esencia misma del Evangelio, el atributo más noble del alma humana; el amor es el remedio para las familias en crisis, para las comunidades enfermas y las naciones con problemas; el amor es una sonrisa, un saludo, un comentario amable y un cumplido; el amor es sacrificio, servicio y desinterés.

Maridos, amen a su esposa; trátenla con dignidad y aprecio. Hermanas, amen a su marido; trátenlo con honor y aliento.

Padres, amen a sus hijos, oren por ellos, enséñenles y testifíquenles. Hijos, amen a sus padres; muéstrenles respeto, gratitud y obediencia.

Mormón nos aconseja que, sin el amor puro de Cristo, “no [somos] nada”3. Ruego que sigamos el consejo de Mormón de “[pedir] al Padre con toda la energía de [nuestros] corazones, que [seamos] llenos de este amor que él ha otorgado a todos los que son discípulos verdaderos de su Hijo Jesucristo; para que [lleguemos] a ser hijos de Dios; para que cuando él aparezca, seamos semejantes a él”4.

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Notas

  1. 1.

    Juan 13:34–35.

  2. 2.

    Véase de Gordon B. Hinckley, “Pero el mayor de ellos es el amor”, Liahona, agosto de 1984, págs. 3–6.

  3. 3.

    Moroni 7:46; véase también el versículo 44.

  4. 4.

    Moroni 7:48.