Hablamos de Cristo

El verdadero milagro de la sanación

Por Jonathan Taylor

El autor vive en Wyoming, EE. UU.

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Después de mi accidente, me enteré de que la parálisis física es incurable, pero gracias a la expiación de Jesucristo, la parálisis espiritual sí es curable.

El año 2000 estuvo repleto de acontecimientos importantes para mi familia y para mí; mi esposa y yo celebramos nuestro primer aniversario; nos convertimos en padres por primera vez. También fue el año en el que quedé paralítico, solo cinco semanas después del nacimiento de nuestra hija.

Ese verano había estado ayudando a una hermana mayor de nuestro barrio, y solía ir en bicicleta las pocas cuadras de distancia desde nuestro apartamento a su casa para cortar el césped, pero una mañana me sentía muy cansado y no estaba tan alerta como debería haberlo estado, y un auto me atropelló accidentalmente. Aunque sobreviví de milagro, por desgracia no me libré de sufrir lesiones. Una semana después del accidente, desperté y me di cuenta de que estaba paralizado, sin poder mover los músculos debajo de la zona abdominal.

La parálisis es una discapacidad permanente. Incluso con todos los grandes avances modernos en la ciencia y la medicina, es incurable. Naturalmente, al principio tuve miedo, preocupado por la forma en que iba a ser marido y padre. Entonces, al temor lo reemplazó la ira que sentía hacia mí mismo por mi insensatez, por no detenerme en esa bocacalle y por no llevar puesto el casco.

Me sentía como una carga. Tuve que pasar muchos meses en un hospital de rehabilitación para que me enseñaran a vivir el resto de mi vida con mi discapacidad y la forma de volver a ser independiente. Al mismo tiempo, vivir con la parálisis me ha servido para entender mejor las Escrituras y la expiación de nuestro Salvador.

Christ in Gethsemane

Christus im Getsemani-Garten betend, por Hermann Clementz.

Recibí una perspectiva particular mientras meditaba en los milagros que Cristo realizó. En Marcos 2, Jesús perdona a un paralítico de sus pecados y luego lo cura. Cuando los escribas cuestionaron Su dádiva de perdón, Jesús dijo: “¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, y toma tu lecho y anda?” (versículo 9).

Había leído ese pasaje de las Escrituras muchas veces, pero nunca lo entendí hasta después del accidente. Al leer el capítulo, se nos recuerda cuán verdaderamente milagrosa fue la sanación. Hoy en día, incluso después de 2.000 años y muchos avances médicos, el hombre por sí solo todavía no puede lograr esa sanación, y yo vivo con esta realidad todos los días. Muchos piensan que esa es la lección que encierra ese pasaje de las Escrituras, que Cristo tiene el poder de curar incluso lo incurable. No obstante, ese pasaje encierra mucho más, especialmente cuando miramos más allá del milagro físico y en vez de ello nos centrarnos en el milagro espiritual.

Del mismo modo que es imposible que uno que padezca parálisis física se “levante” y “ande”, es igualmente imposible que un hombre, por sí solo, supere la parálisis espiritual que resulta del pecado. He aprendido que en ese pasaje de las Escrituras, la expiación del Salvador es el verdadero milagro. Es posible que en mi vida terrenal nunca vuelva a experimentar el milagro de levantarme y andar físicamente, pero he recibido el mayor milagro del perdón de mis pecados mediante la expiación de mi Señor y Salvador, Jesucristo. La realidad de ese milagro se afirma en los versículos 10 y 11:

“Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):

“A ti te digo: ¡Levántate!, y toma tu lecho y vete a tu casa”.

El ser curados de los efectos del pecado es el milagro más grandioso que podemos recibir en nuestra vida, todo gracias a Jesucristo. Al expiar nuestros pecados, Cristo tomó sobre Sí nuestras enfermedades y pecados. Él sabe por lo que pasamos en la vida; Él entiende nuestras discapacidades individuales, debilidades y retos, no importa cuán grandes o pequeños sean. No hay ninguna otra persona en el mundo que pueda curar la parálisis espiritual del pecado.

Estoy agradecido por el conocimiento con el que se me ha bendecido; me proporciona la perspectiva necesaria al vivir con mi discapacidad y esforzarme por utilizarla para ayudarme a aprender y progresar. He podido dejar de compadecerme de mí mismo e ir y hacer las mismas cosas que me encantaba hacer antes de mi accidente, y he sido bendecido con poder servir a pesar de mi condición. A algunos les puede parecer difícil ser agradecidos cuando se vive con una discapacidad, pero Dios nos bendice continuamente, incluso en estos tiempos. Estoy agradecido por mi Salvador, por Su expiación y por este increíble milagro en mi vida.