Del campo misional

Indecisamente fiel, abundantemente bendecido

El autor vive en Guerrero, México.

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Cuando era misionero en México, tuve una experiencia que me ayudó a ver los “buenos frutos” que pueden venir cuando ponemos nuestra fe en acción.

Missionaries meeting woman

La estaca en la que prestaba servicio había organizado una actividad misional. Mi compañero y yo debíamos explicar brevemente un principio del Evangelio a los investigadores que asistieran. Sin embargo, cuando llegamos al centro de reuniones descubrimos que apenas habían asistido investigadores. En lugar de enseñar el principio que habíamos planeado originalmente, se nos pidió que saliéramos a la calle e invitásemos a las personas que pasaran por allí a entrar y participar en la actividad.

A decir verdad, no pude evitar pensar: “Esto no va a funcionar”. Sentía que nuestros esfuerzos serían infructuosos, que nadie aceptaría la invitación de ir sin más a la actividad, especialmente sin previo aviso.

Pero entendíamos la importancia de la obediencia, de modo que mi compañero y yo tratamos de invitar a las personas a entrar. Poco tiempo después pasó una mujer con su hija y el novio de esta, y los invitamos a entrar. Al principio vacilaron, pero finalmente aceptaron la invitación y se unieron al grupo que había dentro. Yo estaba sorprendido pero muy feliz.

La actividad comenzó: una presentación musical centrada en el Evangelio. La actividad duró más de una hora. Me preocupaba que nuestros invitados se enojaran porque el acto duraba demasiado, pero en mi corazón pedía en oración que todo saliera bien.

Cuando la actividad concluyó me acerqué a ellos para disculparme por haber tomado tanto de su tiempo. Antes de que pudiera decir una palabra, la mujer dijo: “Gracias. Muchas gracias. Ha sido hermoso. Gracias”.

Yo estaba perplejo; nos estaban dando las gracias por la experiencia, y no estaban preocupados por el tiempo. Fue maravilloso, y mi corazón se llenó de gozo. (¡Y pensar que yo había dicho que invitar a las personas de la calle no iba a funcionar!). La mujer quiso saber más acerca de la Iglesia y asistir a nuestras reuniones dominicales.

Aprendí algo importante de aquella experiencia: Ejercer solo un poco de fe, aunque no sea más que un deseo de creer, puede producir grandes frutos (véase Alma 32:27–28).

Aquella experiencia cambió mi actitud para el resto de mi misión. Desde ese momento, en cada actividad misional veía los frutos de mi trabajo si iba con esperanza y miraba con el ojo de la fe.

Si ejercemos la fe, aun cuando pensemos que no puede acontecer, obtendremos deliciosos frutos. Lo que a nosotros nos parece imposible no es imposible para Dios.

[Hallar] a quienes os reciban

“Usted debe hallar ‘a quienes os reciban’ (D. y C. 42:8) a fin de edificar la Iglesia… Muchas de esas personas no han llegado ‘a la verdad solo porque no saben dónde hallarla’ (D. y C. 123:12).

“Por lo general, usted no sabrá quiénes son esas personas. Es posible que ellas de inmediato no lo reconozcan a usted como siervo del Señor ni entiendan que recibirán mayor paz, dirección y propósito en la vida a través del Evangelio restaurado que por cualquier otro medio. A menudo no entienden que están buscando el Evangelio restaurado sino hasta que ya lo han encontrado. Por ejemplo, un converso dijo: ‘Cuando oí el Evangelio, éste llenó un vacío en mi corazón que yo no sabía que existía’. Otro dijo: ‘Ya terminé la búsqueda que no sabía que había emprendido’”.

Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 168.