Cómo prepararse para una nueva travesía

La autora vive en Paraná, Brasil.

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Al igual que Nefi que navegaba hacia lo desconocido, yo necesitaba ejercer fe en el Señor con respecto a comenzar una familia.

sail boat on the water

Fotografía © Getty Images.

En las semanas previas a mi matrimonio y sellamiento en el templo, comencé a sentirme un poco nerviosa por todo lo que tenía que hacer antes de comenzar mi nueva familia. A pesar de toda la alegría de ese momento, me sentía estresada por tener que organizar una rutina nueva, poner las finanzas en orden, encontrar un depósito para almacenar nuestras pertenencias, y por todas mis nuevas responsabilidades como esposa. Quería asegurarme de que comenzaríamos nuestro matrimonio de la manera correcta al encontrar lugar en nuestras actividades para cosas importantes como guardar los mandamientos y pasar tiempo juntos como esposo y esposa a pesar de nuestras vidas ocupadas.

Al acercarse el día de la boda, me sorprendió una serie de pesadillas con todo tipo de problemas que podrían afectar a una familia. Debido a que provengo de una familia amorosa aunque atribulada, amenazada por discusiones constantes e intensas y por corazones rotos, las pesadillas me afectaron más de lo que deberían haberlo hecho. Entonces una noche, después de varias como esa, desperté sudando y decidí seguir el consejo que la hermana Neill F. Marriott, Segunda Consejera de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes, dio en su discurso “Entregar nuestro corazón a Dios” (Liahona, noviembre de 2015, págs. 30–32). Cerré los ojos y oré: “Querido Padre Celestial, ¿qué puedo hacer para mantener estas cosas malas lejos de mi familia?”.

La respuesta me llegó tan rápido y tan fuerte como si alguien me hubiera abierto una puerta en la cabeza y hubiese puesto el pensamiento allí. La voz suave y apacible me inspiró: “Solo haz lo que se supone que debes hacer. Sé fiel en cada paso”. El Espíritu me susurró algunos consejos específicos y sentí que si hacía esas cosas, todo estaría bien.

Sonreí y sentí que el pecho se me llenaba de calidez. De repente olvidé todas las preocupaciones, porque sabía que era así. Antes había sentido el Espíritu Santo, pero nunca tan fuerte como lo sentí esa noche. Sentí que el amor de nuestro Padre Celestial y de nuestro Salvador me rodeaban, y supe que el consuelo y la salvación de mi familia eran tan importantes para Ellos como lo eran para mí.

A modo de una confirmación adicional, recordé un relato de las Escrituras: el momento en que el Señor le mandó a Nefi que construyera un barco: “Y aconteció que el Señor me habló, diciendo: Construirás un barco, según la manera que yo te mostraré, para que yo lleve a tu pueblo a través de estas aguas” (1 Nefi 17: 8; cursiva agregada).

Nefi y su familia habían estado en el desierto por años, soportando toda clase de tribulaciones. Él podría haber sentido miedo de comenzar una travesía por el mar y permitir que sus temores se volvieran más fuertes que su fe; pero no lo hizo. Aceptó y obedeció las instrucciones de Dios. Tuvo fe en que Sus promesas se cumplirían. El Señor nunca le dijo a Nefi que no habría tormentas o que las olas no azotarían el barco; le dijo a Nefi que si seguía Sus instrucciones, él podría guiar a su familia a salvo a través del océano hasta la tierra prometida.

Me di cuenta de que por muchos años yo también había viajado por un desierto, pero ahora estaba frente al mar, preparándome para una nueva travesía: el matrimonio. He sido llamada —y creo que es el caso de todas las familias Santos de los Últimos Días— a construir un barco siguiendo las instrucciones de Dios.

Una vez que mi esposo y yo nos casamos, sí surgieron problemas; enfermé y tuvimos dificultades para estabilizar nuestros asuntos económicos y poner en práctica todos los buenos hábitos que habíamos decidido seguir.

No obstante, el consejo que había recibido esa noche permaneció en mi corazón. Todos los días intentamos aprender y atesorar la palabra de Dios en nuestro corazón, seguir los buenos ejemplos de nuestros queridos líderes —entre ellos, Cristo— y mejorar nuestro propio comportamiento. Obtuve un testimonio más fuerte de la oración y en verdad experimenté el amor que el Padre tiene por nosotros. Comencé a confiar más y a temer menos. Nos dimos cuenta de que las dificultades que enfrentamos se habían convertido en pasos para mejorar. Hoy, nuestro hogar parece un pedacito de cielo.

Aún estamos en el comienzo de nuestra travesía, pero casarme y comenzar una familia fue la mejor decisión que jamás he tomado. Mi corazón rebosa de gozo cuando pienso en la ordenanza del templo que recibimos y sé que fue sellada por la autoridad de Dios. Cuanto más entiendo sobre la importancia de la familia en el plan del Padre Celestial y sobre la santidad del convenio que hicimos, más quiero ayudar a otras familias a recibir la misma ordenanza.

Aprendí que no tenemos que preocuparnos de lo que ocurrirá, porque “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Simplemente tenemos que ser obedientes, seguir las instrucciones que se han dado mediante las Escrituras y las palabras de los profetas actuales, y pedir en oración más instrucciones personales. Si hacemos esas cosas, podemos cruzar el océano de estos últimos días confiando en que no importa qué clase de problemas nos azoten, nuestros seres queridos estarán a salvo.