Mensaje de la Primera Presidencia

La vida del discípulo

Por el presidente Dieter F. Uchtdorf

Segundo Consejero de la Primera Presidencia

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Sister Doe Kaku

Doe Kaku cuando se convirtió a la Iglesia.

La hermana Kaku en la actualidad, con su esposo, Anthony.

Hace treinta años, en Ghana, una joven estudiante universitaria de nombre Doe entró por primera vez en un centro de reuniones SUD. Una amiga la había invitado a acompañarla, y Doe sentía curiosidad por saber cómo era la Iglesia.

Las personas eran tan amables y afectuosas allí que no pudo evitar preguntarse: “¿Qué clase de iglesia es esta?”.

Doe quedó tan impresionada que decidió aprender más sobre la Iglesia y su gente, quienes estaban llenas de mucho gozo. No obstante, tan pronto como empezó a hacerlo, algunos familiares y amigos bien intencionados comenzaron a oponérsele a cada paso. Decían cosas terribles sobre la Iglesia y hacían todo lo que podían por disuadirla.

Sin embargo, Doe recibió un testimonio.

Tenía fe y amaba el Evangelio, el cual colmaba su vida de dicha; y así fue que entró en las aguas bautismales.

Después de ello, se dedicó de lleno al estudio y la oración. Doe ayunaba y a procuraba la influencia del Espíritu Santo en su vida. Por consiguiente, el testimonio y la fe de Doe se fortalecieron y aumentaron. Con el tiempo, decidió servir en una misión de tiempo completo para el Señor.

Tras regresar de la misión, entabló un noviazgo y se casó con un exmisionero —el mismo que la había bautizado años antes— y más adelante, se sellaron en el Templo de Johannesburgo, Sudáfrica.

Han pasado muchos años desde que Doe Kaku experimentó por primera vez el gozo del evangelio de Jesucristo. Durante este tiempo, la vida no siempre ha sido dulce para ella; ha sobrellevado su porción de angustias y desesperación, incluso la pérdida de dos hijos; y el profundo pesar de dichas vivencias aun le entristece mucho el corazón.

No obstante, ella y su esposo, Anthony, se han esforzado por acercarse el uno al otro y a su amado Padre Celestial, a quien aman con todo el corazón.

Hoy en día, treinta años después de que ella entrara en las aguas bautismales, la hermana Kaku acaba de concluir otra misión de tiempo completo, esta vez junto con su esposo, quien prestó servicio como presidente de misión en Nigeria.

Quienes conocen a la hermana Kaku dicen que hay algo especial en ella; irradia luz; es difícil pasar tiempo con ella sin sentirse más alegre.

Su testimonio es firme: “Sé que el Salvador me ve como Su hija y amiga (véanse Mosíah 5:7; Éter 3:14)”, dice. “Yo estoy aprendiendo y esforzándome mucho por ser Su amiga también; no solo por medio de lo que digo, sino también por lo que hago”.

Nosotros somos discípulos

La historia de la hermana Kaku es semejante a la de muchas otras personas. Tuvo el deseo de conocer la verdad, pagó el precio de obtener luz espiritual, mostró su amor por Dios y sus semejantes, y por el camino experimentó dificultades y pesar.

No obstante, sin importar la oposición, sin importar el pesar, siguió avanzando con fe; y, lo que no es menos importante, conservó la alegría. Encontró la forma no solo de sobrellevar las dificultades de la vida, ¡sino también de progresar a pesar de ellas!

Su historia es semejante a la de ustedes y la mía.

Raramente nuestra jornada se halla libre de problemas o pruebas.

Todos nosotros tenemos nuestras aflicciones, nuestras desilusiones, nuestros pesares.

Incluso podemos sentirnos desalentados y, en ocasiones, agobiados.

Pero quienes llevan la vida de un discípulo —quienes permanecen fieles y siguen avanzando con fe; quienes confían en Dios y guardan Sus mandamientos1; quienes viven el Evangelio día tras día y hora tras hora; quienes prestan servicio cristiano a las personas que los rodean, una buena obra a la vez— son aquellos cuyos pequeños actos a menudo marcan la gran diferencia.

Quienes son un poco más bondadosos, un poquito más prestos a perdonar, y un tanto más misericordiosos son los misericordiosos que recibirán misericordia2. Quienes hagan un mejor lugar de este mundo mediante un acto compasivo y amoroso a la vez, y se esfuercen por llevar la bienaventurada, satisfactoria y pacífica vida de un discípulo de Jesucristo son los que, con el tiempo, hallarán gozo.

Sabrán que “el amor de Dios que se derrama ampliamente en el corazón de los hijos de los hombres… es más deseable que todas las cosas… y el de mayor gozo para el alma”3.