Mensaje de la Primera Presidencia

Cómo llegar a ser verdaderos discípulos

Por el presidente Henry B. Eyring

Primer Consejero de la Primera Presidencia

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En cada reunión sacramental, tenemos el privilegio de prometer a nuestro Padre Celestial que siempre recordaremos al Salvador y guardaremos Sus mandamientos para que podamos tener Su Espíritu con nosotros (véanse Moroni 4:3; 5:2; D. y C. 20:77, 79). El recordarlo siempre se presentará de manera natural al tomar Su nombre sobre nosotros. Lo hacemos de muchas maneras, pero sobre todo cuando prestamos servicio a los demás en Su nombre, leemos Sus santas palabras y oramos para saber lo que Él querría que hiciéramos.

Eso me sucedió cuando llevé a cabo el bautismo de un joven. Sabía que los siervos ordenados del Salvador me habían llamado como misionero para enseñar Su evangelio y para testificar de Él y de Su verdadera Iglesia. Mi compañero de misión y yo le habíamos prometido al joven que sería purificado por el poder de la expiación de Jesucristo al arrepentirse con fe en el Salvador y ser bautizado por uno de Sus siervos autorizados.

Al levantar al joven de las aguas de la pila bautismal, me susurró al oído: “Estoy limpio, estoy limpio”. En ese momento, recordé el bautismo del Salvador por parte de Juan el Bautista en el río Jordán. Aun más, recordé que estaba efectuando la obra de salvación de un Salvador resucitado y viviente, acompañado del Espíritu Santo, tal como lo había estado Juan.

Para mí y para cada uno de nosotros, recordar al Salvador puede ser más que confiar en un recuerdo de nuestro conocimiento y experiencias con Él. Cada día podemos tomar decisiones que nos acerquen a Él en este momento.

La opción más sencilla puede ser leer las Escrituras. Al hacerlo, podemos lograr el sentimiento de estar cerca de Él. En lo personal, yo percibo esa cercanía con más frecuencia cuando leo el Libro de Mormón. En los primeros minutos que leo los capítulos de 2 Nefi, escucho en mi mente las voces de Nefi y de Lehi que describen al Salvador como si lo conociesen personalmente; se percibe una cercanía.

En el caso de ustedes, otros lugares de las Escrituras los pueden acercar especialmente a Él. Sin embargo, dondequiera y siempre que lean la palabra de Dios, con humildad y verdadera intención de recordar al Salvador, aumentarán su deseo de tomar Su nombre sobre ustedes en su vida diaria.

Ese deseo cambiará la forma en que prestan servicio en la Iglesia del Señor. Ustedes suplicarán ayuda al Padre Celestial para magnificar incluso lo que les pueda parecer un llamamiento insignificante. La ayuda que pedirán es la facultad de olvidarse de ustedes mismos y concentrarse más en lo que el Salvador desea para aquellos a quienes ustedes son llamados a servir.

He sentido la mano y la cercanía de Dios en mi servicio para con nuestros hijos cuando oré para saber cómo ayudarlos a encontrar la paz que solo el Evangelio nos brinda. En esos momentos, no me preocupaba que me vieran como un padre competente, pero sí me preocupaba profundamente el éxito y el bienestar de mis hijos.

El deseo de dar a quienes prestamos servicio lo que el Salvador les daría conduce a oraciones que son una súplica al Padre Celestial, verdaderamente en el nombre de Jesucristo. Cuando oramos de esa manera —en nombre del Salvador, con fe en Él— el Padre responde. Él envía al Espíritu Santo para guiarnos, consolarnos y alentarnos. A causa de que el Espíritu siempre da testimonio del Salvador (véanse 3 Nefi 11:32, 36; 28:11; Éter 12:41), nuestra capacidad para amar al Señor con todo nuestro corazón, mente y fuerza aumenta (véanse Marcos 12:30; Lucas 10:27; D. y C. 59:5).

Las bendiciones de recordar a diario y de manera activa se recibirán lenta y constantemente a medida que lo sirvamos a Él, nos deleitemos con Su palabra y oremos con fe en Su nombre. Y ese recuerdo influirá en nosotros para convertirnos en verdaderos discípulos del Señor Jesucristo en Su reino en esta tierra, y más tarde con Su Padre en el glorioso mundo venidero.