No tengáis miedo de hacer lo bueno

Primer Consejero de la Primera Presidencia

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El Señor nos dice que cuando permanecemos con fe sobre Su roca, la duda y el temor disminuyen y aumenta el deseo de hacer lo bueno.

Mis queridos hermanos y hermanas, ruego humildemente que el Espíritu del Señor esté con nosotros mientras les hablo. Mi corazón rebosa de gratitud al Señor, cuya Iglesia esta es, por la inspiración que hemos recibido de las oraciones fervientes, los sermones inspirados y los cantos angelicales durante esta conferencia.

El pasado mes de abril, el presidente Thomas S. Monson dio un mensaje que conmovió corazones en todo el mundo, incluso el mío; habló del poder del Libro de Mormón. Nos instó a estudiarlo, a meditar en él y a aplicar sus enseñanzas. Prometió que, si todos los días dedicábamos tiempo a estudiar, meditar y observar los mandamientos que contiene el Libro de Mormón, tendríamos un testimonio vital de su verdad, y el testimonio resultante del Cristo viviente nos mantendría a salvo en los momentos de tribulación (véase “El poder del Libro de Mormón”, Liahona, mayo de 2017, págs. 86–87).

Como muchos de ustedes, oí las palabras del profeta como si fuera la voz del Señor dirigiéndose a mí; y también como muchos de ustedes, decidí obedecer esas palabras. Desde que era niño, he sentido el testimonio de que el Libro de Mormón es la palabra de Dios, que el Padre y el Hijo se aparecieron a José Smith y hablaron con él, y que Apóstoles de la antigüedad visitaron al profeta José para restaurar las llaves del sacerdocio a la Iglesia del Señor.

Teniendo ese testimonio, he leído el Libro de Mormón todos los días durante más de 50 años, por lo que hubiera sido razonable pensar que las palabras del presidente Monson iban dirigidas a otra persona. Sin embargo, al igual que muchos de ustedes, sentí que la exhortación y la promesa del profeta me invitaban a hacer un esfuerzo mayor. Muchos de ustedes han hecho lo que hice yo: orar con mayor intención, meditar en las Escrituras más intensamente y esforzarse más por servir al Señor y a otras personas por Él.

El feliz resultado para mí, y para muchos de ustedes, ha sido lo que el profeta prometió. Aquellos que aceptamos su consejo inspirado hemos oído el Espíritu con más claridad; hemos hallado un poder mayor para resistir la tentación y hemos tenido una fe mayor en un Jesucristo resucitado, en Su evangelio y en Su Iglesia viviente.

En una época de cada vez más conmoción en el mundo, esos aumentos de testimonio han expulsado la duda y el temor, y nos han brindado sentimientos de paz. Haber dado oído al consejo del presidente Monson ha tenido otros dos efectos maravillosos en mí. En primer lugar, el Espíritu que él prometió ha producido un sensación de optimismo sobre lo que depara el futuro, aun cuando la conmoción en el mundo parece aumentar; y en segundo lugar, el Señor me ha dado a mí, y a ustedes, un sentimiento aun mayor de Su amor por quienes sufren; hemos sentido un aumento en el deseo de ir y rescatar a los demás; un deseo que ha sido la esencia del ministerio y la enseñanza del presidente Monson.

El Señor prometió amor por los demás y valor al profeta José Smith y a Oliver Cowdery cuando las tareas que tenían por delante podrían haberles parecido abrumadoras. El Señor dijo que el valor necesario procedería de su fe en Él como su roca:

“No tengáis miedo, hijos míos, de hacer lo bueno, porque lo que sembréis, eso mismo cosecharéis. Por tanto, si sembráis lo bueno, también cosecharéis lo bueno para vuestra recompensa.

“Así que, no temáis, rebañito; haced lo bueno; aunque se combinen en contra de vosotros la tierra y el infierno, pues si estáis edificados sobre mi roca, no pueden prevalecer.

“He aquí, no os condeno; id y no pequéis más; cumplid con solemnidad la obra que os he mandado.

“Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis.

“Mirad las heridas que traspasaron mi costado, y también las marcas de los clavos en mis manos y pies; sed fieles; guardad mis mandamientos y heredaréis el reino de los cielos” (D. y C. 6:33–37).

El Señor dijo a Sus líderes de la Restauración —y nos dice a nosotros—, que cuando estamos edificados con fe sobre Su roca, la duda y el temor disminuyen y aumenta el deseo de hacer lo bueno. Al aceptar la invitación del presidente Monson de plantar un testimonio de Jesucristo en el corazón, obtenemos el poder, el deseo y el valor para ir al rescate de otras personas sin preocuparnos por nuestras propias necesidades.

He visto esa fe y ese valor muchas veces cuando Santos de los Últimos Días creyentes se han enfrentado a pruebas terribles. Para dar un ejemplo, me hallaba en Idaho cuando se rompió la represa de Teton el 5 de junio de 1976. Descendió una muralla de agua; miles huyeron de sus hogares; miles de hogares y negocios quedaron destruidos. Milagrosamente, fallecieron menos de quince personas.

Lo que vi allí lo he visto siempre que un Santo de los Últimos Días se ha mantenido firme sobre la roca de un testimonio de Jesucristo: se tornan intrépidos, porque no tienen duda de que Él vela por ellos; ignoran sus propias pruebas para ir y ayudar a otras personas, y lo hacen por amor al Señor, sin pedir recompensa alguna.

Por ejemplo, cuando se rompió la represa de Teton, un matrimonio de Santos de los Últimos Días estaba de viaje a kilómetros de distancia de su hogar, pero en cuanto oyeron la noticia en la radio, se apresuraron a regresar a Rexburg y, en vez de ir a su propia casa para ver si estaba destruida, fueron en busca de su obispo. Lo encontraron en un edificio que hacía las veces de centro de auxilio; él estaba ayudando a dirigir a los miles de voluntarios que llegaban en autobuses escolares.

El matrimonio se acercó al obispo y dijo: “Acabamos de llegar. Obispo, ¿dónde podemos ayudar?”. Él les dio los nombres de una familia. Aquel matrimonio estuvo sacando lodo y agua casa tras casa. Trabajaron desde el alba hasta la noche durante días hasta que finalmente se tomaron un descanso para ir a ver su propia casa. Se la había llevado la corriente y no había nada que limpiar; de modo que volvieron inmediatamente a su obispo y le preguntaron: “Obispo, ¿hay alguien a quien podamos ayudar?”.

Ese milagro de valor y caridad (el amor puro de Cristo) apacibles se ha repetido a lo largo de los años y por todo el mundo. Sucedió en los días terribles de las persecuciones y las pruebas durante la época del profeta José Smith en Misuri; ocurrió cuando Brigham Young dirigió el éxodo desde Nauvoo y cuando llamó a los Santos para que fueran a lugares desiertos de todo el oeste de los Estados Unidos, para ayudarse los unos a los otros a crear Sion para el Señor.

Si leen las anotaciones de los diarios de esos pioneros verán el milagro de la fe expulsando la duda y el temor, y leerán de santos que dejaron sus propios intereses para ayudar a otra persona por el Señor antes de regresar a sus propias ovejas o a sus campos sin arar.

Vi el mismo milagro hace unos pocos días después del huracán Irma en Puerto Rico, Santo Tomás y Florida, donde los Santos de los Últimos Días se unieron a otras iglesias, grupos de la comunidad local y organizaciones nacionales para comenzar los trabajos de limpieza.

Al igual que mis amigos en Rexburg, una pareja que no es miembro de la Iglesia se centró en ayudar a su comunidad en vez de trabajar en su propia casa. Cuando algunos vecinos Santos de los Últimos Días ofrecieron ayudar con los dos árboles grandes que bloqueaban la entrada a su casa, la pareja explicó que se habían sentido abrumados, así que decidieron dedicarse a ayudar a los demás con la fe de que el Señor proveería la ayuda que ellos necesitaban en su hogar. El esposo después mencionó que antes de que los miembros de la Iglesia llegaran para ofrecer su ayuda, ellos habían estado orando. Habían recibido una respuesta de que la ayuda llegaría, y recibieron esa ayuda pocas horas después de sentir esa seguridad.

He oído una información de que alguien ha empezado a llamar a los Santos de los Últimos Días que visten la camiseta de Manos Mormonas que Ayudan “Los ángeles amarillos”. Una hermana Santo de los Últimos Días llevó su vehículo a reparar y el hombre que la ayudó describió la “experiencia espiritual” que tuvo cuando la gente con camisetas amarillas retiró los árboles caídos de su jardín y luego, dijo él: “Me cantaron una canción acerca de que soy un hijo de Dios”.

Otra residente de Florida, que tampoco es miembro de la Iglesia, contó que Santos de los Últimos Días llegaron a su hogar cuando estaba trabajando en su jardín destrozado sintiéndose abrumada, con mucho calor y a punto de llorar. Los voluntarios hicieron, en palabras de ella, “un verdadero milagro”; sirvieron no solo con diligencia, sino también con risas y sonrisas, sin aceptar nada a cambio.

Vi esa diligencia y escuché esas risas cuando, un sábado ya tarde, hablé con un grupo de Santos de los Últimos Días en Florida. Los voluntarios detuvieron sus labores de limpieza el tiempo suficiente para permitirme estrecharles la mano. Dijeron que 90 miembros de su estaca de Georgia habían elaborado un plan para sumarse al rescate en Florida la noche anterior.

Habían salido de Georgia a las 4 de la mañana, condujeron durante horas, trabajaron todo el día hasta la noche y tenían planeado seguir trabajando al día siguiente.

Me lo describieron todo con sonrisas y buen humor; el único estrés que percibí fue que querían que dejase de darles las gracias para poder regresar al trabajo. El presidente de estaca había encendido de nuevo la motosierra y estaba trabajando en un árbol caído, mientras un obispo apartaba unas ramas cuando nos subimos al automóvil para ir hasta donde estaba el siguiente equipo de rescate.

Al principio de ese día, cuando nos íbamos de otro sitio, un hombre se acercó al auto, se quitó la gorra y nos dio las gracias por los voluntarios. Dijo: “No soy miembro de su iglesia. No puedo creer lo que han hecho por nosotros. Que Dios los bendiga”. El voluntario SUD que estaba a su lado con su camiseta amarilla sonrió y se encogió de hombros, como si no mereciera alabanza alguna.

Mientras los voluntarios de Georgia iban a ayudar al hombre que no podía creer lo que hicieron, cientos de Santos de los Últimos Días de esa parte tan asolada de Florida habían recorrido cientos de kilómetros hacia el sur, hasta otra parte del estado donde habían oído que había gente más afectada.

Ese día recordé y entendí mejor las palabras proféticas del profeta José Smith: “El hombre que está lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solamente a su familia, sino que va por todo el mundo, anheloso de bendecir a toda la raza humana” (Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 453).

Vemos ese amor en la vida de los Santos de los Últimos Días de todas partes. Cada vez que sucede un evento trágico en cualquier parte del mundo, los Santos de los Últimos Días realizan donaciones y se ofrecen como voluntarios para las labores humanitarias de la Iglesia. Rara vez es necesario pedir voluntarios. De hecho, en algunas ocasiones hemos tenido que pedir a los que deseaban ser voluntarios que esperaran para viajar a la zona afectada hasta que las personas encargadas de dirigir las tareas estuvieran preparadas para recibirlos.

Ese deseo de bendecir es el fruto de personas que obtienen un testimonio de Jesucristo, Su evangelio, Su Iglesia restaurada y Su profeta. Esa es la razón por la que el pueblo del Señor no duda ni teme; esa es la razón por la que los misioneros sirven voluntariamente en todo rincón del mundo; esa es la razón por la que los padres oran con sus hijos por otras personas; esa es la razón por la que los líderes desafían a los jóvenes a que acepten la petición del presidente Monson de profundizar su estudio del Libro de Mormón de corazón. El fruto no surge cuando los líderes los instan, sino cuando los jóvenes y los miembros actúan con fe. Cuando esa fe se lleva a la práctica, lo cual requiere un sacrificio abnegado, genera el cambio de corazón que les permite sentir el amor de Dios.

Sin embargo, ese cambio de corazón solo es duradero siempre y cuando sigamos el consejo del profeta. Si cesamos después de un intento significativo, el cambio se desvanecerá.

Los Santos de los Últimos Días que son fieles han aumentado su fe en el Señor Jesucristo, en el Libro de Mormón como la palabra de Dios y en la restauración de las llaves del sacerdocio en Su Iglesia verdadera. Ese testimonio incrementado nos ha dado más valor y preocupación por los demás hijos de Dios; pero los desafíos y las oportunidades que quedan por delante requerirán aún más.

No podemos prever los detalles, pero conocemos el panorama general. Sabemos que en los últimos días el mundo estará en conmoción; sabemos que, en medio de cualquier dificultad que se presente, el Señor liderará a los Santos de los Últimos Días fieles para que lleven el evangelio de Jesucristo a toda nación, tribu, lengua y pueblo; y sabemos que los verdaderos discípulos del Señor serán dignos y estarán preparados para recibirlo cuando Él vuelva. No tenemos que temer.

De modo que, aun cuando ya hayamos edificado la fe y el valor en nuestro corazón, el Señor espera más de nosotros y de las generaciones venideras. Ellos necesitarán ser más fuertes y valientes porque harán cosas más grandes y más difíciles que las que hemos hecho nosotros, y enfrentarán una mayor oposición del enemigo de nuestras almas.

El Señor señaló la manera de mantener el optimismo a medida que seguimos adelante: “Mirad hacia mí en todo pensamiento; no dudéis; no temáis” (D. y C. 6:36). El presidente Monson nos dijo cómo hacerlo. Debemos meditar en el libro de Mormón y las palabras de los profetas, y ponerlas en práctica; orar siempre; ser creyentes y servir al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. Debemos orar con toda la energía de nuestro corazón por el don de la caridad, el amor puro de Cristo (véase Moroni 7:47–48) y, por encima de todo, debemos ser constantes y persistentes en seguir el consejo profético.

Cuando el camino se pone difícil, podemos confiar en la promesa del Señor, la promesa que el presidente Monson nos ha recordado cuando a menudo ha citado estas palabras del Salvador: “Y quienes os reciban, allí estaré yo también, porque iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros” (D. y C. 84:88).

Testifico que el Señor va delante de la faz de ustedes siempre que están en Su obra. A veces ustedes serán el ángel que el Señor envía para sostener a otras personas; a veces ustedes serán los que estén rodeados de ángeles que los sostendrán; pero siempre tendrán Su Espíritu en el corazón tal y como se les promete en cada servicio sacramental. Solo tienen que guardar Sus mandamientos.

Los mejores días para el Reino de Dios en la tierra están por delante. La oposición fortalecerá nuestra fe en Jesucristo, como lo ha hecho desde los días del profeta José Smith. La fe siempre derrota al temor. El permanecer juntos genera unidad. Sus oraciones por los necesitados son oídas y contestadas por un Dios amoroso que no se adormece ni duerme.

Testifico que Dios el Padre vive y desea que ustedes vuelvan a casa con Él. Esta es la Iglesia verdadera del Señor Jesucristo. Él los conoce, los ama y vela por ustedes. Él expió los pecados de ustedes y de los míos, y de todos los hijos del Padre Celestial. Seguirlo a Él en la vida y servir al prójimo es la única senda que conduce a la vida eterna.

Testifico de ello y les dejo mi bendición y mi amor; En el nombre de Jesucristo. Amén.