family at sacrament meeting

¿Se pueden imaginar al profeta Moroni inscribiendo las últimas palabras del Libro de Mormón en las planchas de oro? Se encontraba solo; había visto la caída de su nación, de su pueblo y de su familia. El país era “un ciclo continuo” de guerra (Mormón 8:8); sin embargo, tenía esperanza, pues ¡él había visto nuestros días! Y de todas las cosas que pudo haber escrito, nos invitó a recordar (véase Moroni 10:3).

Al presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) le gustaba enseñar que la palabra más importante en el diccionario podría ser recordar. Él dijo que a causa de que hemos hecho convenios con Dios, “nuestra mayor necesidad es recordarlos”1.

Pueden encontrar la palabra recordar a lo largo de las Escrituras. Cuando Nefi amonestaba a sus hermanos, con frecuencia los invitaba a recordar las palabras del Señor y a recordar cómo Dios había salvado a sus antepasados (véase 1 Nefi 15:11, 25; 17:40).

En su gran discurso de despedida, el rey Benjamín utilizó derivados de la palabra recordar siete veces. Esperaba que su pueblo recordase “la grandeza de Dios… y su bondad y longanimidad” hacia ellos (Mosíah 4:11; véanse también 2:41; 4:28, 30; 5:11–12).

Cuando el Salvador instituyó la Santa Cena, invitó a Sus discípulos a participar de los emblemas “en memoria” de Su sacrificio (Lucas 22:19). En cada oración sacramental que escuchamos, la palabra siempre acompaña a las palabras recordarle o [acordarse] de él (véase D. y C. 20:77, 79).

Mi mensaje es una invitación, incluso una súplica, para recordar. A continuación hay tres sugerencias sobre lo que podrían recordar cada semana cuando participen de los emblemas sagrados de la Santa Cena. Espero que sean útiles para ustedes, como lo han sido para mí.

Recuerden a Jesucristo

Primeramente, recuerden al Salvador; recuerden quién fue Él mientras estuvo en la tierra, cómo habló a los demás y cómo demostró bondad en Sus actos; recuerden con quién compartió Su tiempo y qué enseñó. El Salvador “anduvo haciendo bienes” (Hechos 10:38); visitó a los enfermos; se consagró a hacer la voluntad de Su Padre.

Por encima de todo, podemos recordar el gran precio que pagó, por Su amor por nosotros, para quitar la mancha de nuestros pecados. Al recordarlo, nuestro deseo de seguirlo crecerá; desearemos ser un poco más amables, más dispuestos a perdonar y a procurar la voluntad de Dios y hacerla.

Recuerden en qué necesitan mejorar

Es difícil pensar en el Salvador —en Su pureza y perfección— sin pensar también en lo débiles e imperfectos que somos en comparación. Hemos hecho convenios de obedecer Sus mandamientos, pero muchas veces no estamos a la altura de esa elevada norma. Sin embargo, el Salvador sabía que eso ocurriría, y esa es la razón por la que nos dio la ordenanza de la Santa Cena.

La Santa Cena tiene sus raíces en la práctica del Antiguo Testamento de ofrecer sacrificios, que incluía la confesión del pecado (véase Levítico 5:5). Ya no sacrificamos animales, pero aún podemos renunciar a nuestros pecados. En las Escrituras, a eso se le llama un sacrificio de “un corazón quebrantado y un espíritu contrito” (3 Nefi 9:20). Vengan a la Santa Cena con un corazón arrepentido (véanse D. y C. 59:12; Moroni 6:2). Al hacerlo, obtendrán el perdón de los pecados y no se apartarán del sendero que conduce a Dios.

Recuerden el progreso que estén logrando

Al examinar su vida durante la ordenanza de la Santa Cena, espero que sus pensamientos se centren no solo en las cosas que hayan hecho mal, sino también en las cosas que hayan hecho bien: los momentos en que hayan sentido que el Padre Celestial y el Salvador estaban complacidos con ustedes. Incluso pueden tomar un momento durante la Santa Cena para pedirle a Dios que los ayude a ver esas cosas. Si lo hacen, les prometo que sentirán algo; sentirán esperanza.

Cuando lo he hecho, el Espíritu me ha dado la certeza de que aunque estoy lejos de ser perfecto, soy mejor hoy que ayer, y eso me da la confianza de que, a causa del Salvador, incluso puedo ser mejor mañana.

Siempre es un largo tiempo, e implica un gran esfuerzo concentrado. Por experiencia, ustedes saben lo difícil que es pensar conscientemente todo el tiempo en una sola cosa, pero no importa cuán bien cumplan su promesa de acordarse siempre de Él, Él siempre se acuerda de ustedes.

El Salvador conoce sus retos; sabe lo que es tener encima la presión de las preocupaciones de la vida; Él sabe con cuánta urgencia necesitan ustedes la bendición que se recibe al acordarse siempre de Él y obedecerlo —“para que [ustedes] siempre puedan tener su Espíritu [con ustedes]” (D. y C. 20:77; cursiva agregada).

De modo que Él les vuelve a dar la bienvenida a la mesa de la Santa Cena cada semana, ofreciéndoles una vez más la oportunidad de testificar ante Él que siempre se acordarán de Él.

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Nota

  1. 1.

    Spencer W. Kimball, “Circles of Exaltation” (discurso pronunciado ante los maestros de religión del Sistema Educativo de la Iglesia, 28 de junio de 1968), pág. 5.