Nuestro llamamiento de prestar y recibir servicio

Por Jacqueline N. Smith

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    mujeres abrazándose

    Un verano, toda mi familia se contagió de un desagradable virus de gripe. Mis padres y mis tres hermanos estaban confinados en cama, demasiado doloridos y febriles para moverse siquiera. Yo era la única que me había librado de la enfermedad, de modo que asumí la responsabilidad de cocinar, limpiar y cuidar de los pobres miembros de mi familia.

    Hasta que, unos días después, yo también enfermé.

    De algún modo, corrió la voz de que ningún miembro de mi familia estaba lo suficientemente bien para cocinar o ir a comprar alimentos. De pronto nuestra casa se llenó de comida que trajeron muchas de las hermanas de la Sociedad de Socorro de nuestro barrio.

    La hermana Thompson puso particular celo en su servicio: Trajo el desayuno el lunes, el almuerzo el martes y la cena el miércoles y el jueves. El jueves por la tarde, justo después de que la hermana Thompson dejase sopa de pollo con fideos y panecillos en la cocina, escuché que llamaban otra vez a la puerta. Era la hermana Williams, con una olla de chile y una cesta de pan de maíz.

    Me preguntó si mi familia había comido ya, mientras observaba con curiosidad la comida que había sobre la mesa detrás de mí. Le dije que no, que no habíamos comido todavía, pero que la hermana Thompson acababa de traernos la cena.

    “Les ha estado trayendo comida toda la semana, ¿verdad?”, preguntó la hermana Williams.

    “Sí, así es”, contesté. “Definitivamente tenemos suficiente comida”.

    La hermana Williams frunció el ceño y se llevó las manos a la cintura. “Bueno, la próxima vez que vea a la hermana Thompson dígale que se tome un descanso, ¡y deje que el resto de nosotras compartamos las bendiciones también!”.

    Su convicción me hizo sonreír. Me sentí humilde ante los esfuerzos caritativos que se habían hecho para ayudar a nuestra familia, y desde entonces he podido apreciar de verdad el doble sentido que hay detrás de la frase “compartir las bendiciones”.

    Cuando prestamos servicio a otras personas compartimos las bendiciones que nuestro Padre Celestial nos ha dado. Cuando permitimos con humildad y gratitud que otras personas nos presten servicio a nosotros, ellas pueden participar de las bendiciones celestiales que el Señor ha prometido a aquellos que se aman y se sirven los unos a los otros.

    Ya sea que estén dando amor (¡y alimentos!) o recibiéndolo, podemos ser partícipes de esas increíbles bendiciones y de muchas más.