De costa a costa: Nuestro viaje al templo

Por Efraín Rodríguez

El autor vive en Utah, EE. UU.

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Aunque teníamos muy poco dinero y un peligroso viaje por delante, mi esposa y yo sabíamos que debíamos sellarnos en el templo.

En octubre de 1979, el día después de habernos casado en una ceremonia civil, mi esposa, María Ondina, y yo partimos de nuestra ciudad natal de Arequipa, Perú, cerca de la costa del Océano Pacífico, para viajar hasta el Templo de São Paulo, Brasil, situado en la costa atlántica, a fin de sellarnos. Fuimos el primer matrimonio de Arequipa en viajar por vía terrestre para sellarse en el templo recientemente dedicado, el cual fue el primero que se edificó en Sudamérica. Habíamos planificado realizar el viaje de ida y vuelta en diez días, pero al final, nos tomó casi treinta, debido al peligroso clima político. No sabía cómo lo haríamos; todo lo que sabía era que había prometido a Dios que, después de la misión, me sellaría a una mujer digna.

map to La Paz

De Arequipa a Juliaca y a Puno [Perú]

Tras viajar nueve horas durante la noche, llegamos a Juliaca, Perú. Era jueves y todavía debíamos solicitar que se sellaran nuestros pasaportes y autorizaciones de salida a fin de poder salir del país. El día siguiente era un día festivo nacional y las oficinas gubernamentales estarían cerradas durante el resto del fin de semana, de modo que esa mañana nos colocamos en una fila en el Banco de la Nación del Perú para asegurarnos de tener suficiente tiempo antes que todas las oficinas cerraran al mediodía.

Cuando por fin llegamos al mostrador a las 11:00 h, el empleado expresó cierta preocupación. “Lo lamento”, dijo, “no procesamos esta clase de documentos aquí. “Tendrán que ir a nuestras oficinas de la ciudad de Puno”. Ambos estábamos tan sorprendidos como frustrados; Puno se hallaba a 45 minutos de distancia.

De Puno a La Paz [Bolivia] y a Cochabamba

Después de luchar por conseguir un taxi, llegamos a la oficina de Puno alrededor de las 13:30 h. Las puertas ya estaban cerradas. Toqué ambas aldabas de hierro juntas y tan fuertemente como pude. Un hombre abrió la puerta muy molesto y preguntó: “¿Qué quiere?”. Elevé una silenciosa y ferviente oración, y miré a aquel extraño a los ojos. “Señor, soy mormón, voy a casarme en el Templo de São Paulo, Brasil, y usted puede ayudarme”, dije; su actitud hostil cambió. Me dijo: “Lo lamento mucho, señor, pero todo ha cerrado hace más de una hora y casi todos se han ido ya”. Respondí: “Permítame entrar y deje que mi Dios me ayude a encontrar lo que busco”; y me permitió entrar.

Tras encontrar a Rosa, la jefa, expliqué nuestra situación. Ella me respondió cortésmente: “Esos formularios los tramitan tres empleados diferentes, y creo que ya se han ido todos”. Sin embargo, los tres hombres aún estaban presentes, y Rosa les solicitó que se quedaran hasta más tarde para ayudarme.

El primer hombre me pidió unos formularios que no tenía. “Debería haber ido al Ministerio de Economía, comprado seis formularios y haberlos traído para tramitarlos”, explicó. “Tendrá que esperar al lunes”.

Me quedé paralizado. ¡No podía creerlo! De nuevo, elevé una oración en silencio. “Señor”, le dije, “soy mormón, voy al Templo de São Paulo, Brasil, para casarme, y usted puede ayudarme”. Fue entonces que pareció abandonar toda prisa. Revisó cada cajón hasta que finalmente halló los ansiados formularios. El empleado siguiente los verificó de manera rápida y selló los pasaportes.

En la siguiente ventanilla, al pagar el impuesto de salida del país con dólares estadounidenses, el cajero pareció deleitarse mucho en decirme: “Lo siento. ¿Ve ese cartel?”. Había un cartel en la pared que decía: “No se aceptan dólares”. Nuestro plan estaba a punto de fracasar; no había nada que pudiera hacer.

“Acepta el dinero”, escuché decir a Rosa, que estaba detrás de nosotros. El cajero aceptó el dinero y me entregó los documentos. ¡Estábamos en camino!

Cuando ya oscurecía y al acercarnos al centro de La Paz, Bolivia, unas pedradas comenzaron a golpear el autobús. Vimos por las ventanillas que había personas enojadas en las calles que arrojaban piedras y colocaban barricadas para detener el tránsito. El autobús prosiguió rápidamente hacia el centro de la ciudad. Aquella noche comenzaba una revolución en Bolivia.

Descendimos del autobús y empezamos a buscar un hotel. El único que pudimos hallar era muy costoso, pero tras repetir mi explicación a un buen hombre que trabajaba en él, nos dio alojamiento en el cuarto de artículos de limpieza del hotel por muy poco dinero. Colocó un colchón en el piso y nos dio mantas para cubrirnos del frío y del sonido de los disparos que resonaron afuera durante toda la noche.

A la mañana siguiente, partimos temprano, aterrados y apresurados. De camino a la parada del autobús, vimos soldados que, con el apoyo de carros de combate, disparaban con rifles a los manifestantes contrarios a la revolución.

Empezaba a escasear el combustible y, en lugar de tres servicios de autobús por día, como de costumbre, solo se anunció uno. Los pasajes se habían agotado hacía días. Busqué al gerente y dije las palabras que había usado con todos los demás: “Señor, somos mormones y vamos al templo para casarnos, y usted puede ayudarnos”. Preguntó: “¿Adónde tienen que ir?”. “A Cochabamba, señor”. Abrió un cajón y sacó dos pasajes; alcancé a ver que no había ninguno más. “Apresúrense, el autobús está a punto de partir”, dijo. Nuestras maletas parecían plumas y nuestros apresurados pies apenas tocaban el suelo, mientras sosteníamos en la mano la bendición de aquel día.

map to the temple

De Cochabamba a Santa Cruz [Bolivia]

Llegamos a Cochabamba en medio del caos de la revolución. Encontramos un mercado lleno de tiendas, donde un compatriota peruano nos permitió lavarnos y guardar nuestras maletas mientras íbamos a la terminal de autobuses. Valiéndonos de nuestras mismas palabras de súplica, y tras quedar en una lista de espera, logramos abordar otro autobús y, días después, llegamos a Santa Cruz, Bolivia, cerca de la frontera con Brasil. Por tres mañanas consecutivas, fui a la estación de tren para preguntar si saldría algún tren. La respuesta era siempre negativa. No obstante, al cuarto día, corrió la voz de que pronto saldría un tren con destino a Brasil.

Para ese momento, ya nos estábamos quedando sin dinero. Comenté mis inquietudes a mi esposa, quien me contestó con resolución: “Aunque tuviéramos que llegar a pie o a lomo de asno, vamos a llegar”. Su respuesta me alegró; no volví a inquietarme en cuanto a dinero durante el resto del viaje, ya que nuestra confianza radicaba en nuestra fe.

Mientras nos hallábamos conversando, se nos acercó una anciana; se detuvo frente a mi esposa y le dijo: “Jovencita, ¿quieres dos pasajes para el día de hoy?”. Mi esposa prácticamente se los arrebató de la mano, por así decirlo. Pagué a la mujer, quien luego se perdió entre la multitud. Nos tomó algunos segundos darnos cuenta de que el Señor y Sus ángeles aún seguían a nuestro lado.

De Santa Cruz a São Paulo [Brasil]

Cuando por fin llegamos al Templo de São Paulo gracias a que un amigo que hicimos en el tren nos llevó el último tramo del viaje, el alojamiento del templo se hallaba cerrado. Resignados pero felices, nos acomodamos en un par de bancas afuera del templo. Allí estaba, tan bello como lo habíamos soñado, con la estatua del ángel Moroni encima. Para entonces ya era medianoche, y lloramos al abrazarnos, cansados y mojados por la lluvia que caía. No sentíamos ni la humedad, ni el hambre ni el frío, tan solo un sentimiento indescriptible de felicidad por estar tan cerca de la Casa del Señor. Habíamos sido obedientes y allí estaba nuestro galardón.

Mientras nos regocijábamos en aquel momento, alguien me tocó el hombro. Era uno de mis excompañeros de la misión, que se había sellado en el templo ese día y regresaba de cenar con su esposa. Nos permitió quedarnos en su apartamento aquella noche y al día siguiente fue testigo de nuestro sellamiento, que efectuó el presidente del templo en persona. ¡Qué bello fue ver a mi esposa en el salón celestial, vestida totalmente de blanco!

Con un préstamo de mi amigo exmisionero y ayuda del presidente del templo, hicimos el viaje de regreso en menos de cinco días, sin demora alguna y con tan solo $20 dólares estadounidenses para comenzar la vida con mi esposa, María Ondina, como mi compañera eterna.