Conmemoración de la revelación de 1978

Extendiendo las bendiciones del sacerdocio

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    Dios ama a todos Sus hijos y ha proveído una manera para que cada uno de nosotros regrese a Él.

    una familia camina junto al Templo de Ghana

    Una familia pasea por los jardines del Templo de Accra, Ghana, uno de los ocho templos anunciados, en construcción u operativos que hay en África.

    El Libro de Mormón enseña que “todos son iguales ante Dios”, ya sean “negros o blancos, esclavos o libres, varones o mujeres” (2 Nefi 26:33). Debido a que Dios nos ama a todos, ha proveído una manera para que cada uno de nosotros regrese a Él (véanse Moisés 5:9; Artículos de Fe 1:3). A lo largo de la historia de la Iglesia, personas de toda raza y etnia se han bautizado con ese fin y han vivido como fieles Santos de los Últimos Días.

    A partir de mediados del siglo XIX, la Iglesia no ordenaba al sacerdocio a hombres de raza negra de ascendencia africana, ni permitía que los hombres ni las mujeres de raza negra participaran en la investidura del templo ni en las ordenanzas de sellamiento1. Con el transcurso de los años, han surgido diversas teorías para justificar esa restricción. El élder Jeffrey R. Holland, del Cuórum de los Doce Apóstoles, ha hecho hincapié en que aquellas teorías que se dieron en un intento por explicar las restricciones son “folclore” que no debe perpetuarse: “Por más bienintencionadas que fueran esas explicaciones, creo que casi todas eran inadecuadas y/o erróneas…  Sencillamente no sabemos por qué se instauró aquella práctica”2.

    Muchos profetas y Presidentes de la Iglesia, entre ellos Brigham Young, habían prometido que llegaría el día en que todos los hombres que fueran dignos recibirían el sacerdocio. Conociendo esas promesas y siendo testigos de la fidelidad de los Santos de los Últimos Días de raza negra, los líderes de la Iglesia a mediados del siglo XX rogaron “larga y fervientemente… suplicando al Señor orientación divina”3.

    Revelación de Dios

    El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) recibió esa orientación “tras extensa meditación y oración en las salas sagradas del santo templo”. El 1 de junio de 1978, el Señor reveló a Su profeta y a los miembros de la Primera Presidencia y del Cuórum de los Doce Apóstoles que había llegado “el día prometido por tan largo tiempo en el que todo varón que sea fiel y digno miembro de la Iglesia puede recibir el santo sacerdocio, con el poder de ejercer su autoridad divina, y disfrutar con sus seres queridos de toda bendición que de él procede, incluso las bendiciones del templo”4.

    Al anunciar la revelación, la Primera Presidencia afirmó: “Declaramos solemnemente que el Señor ahora ha dado a conocer su voluntad para la bendición de todos sus hijos, por toda la tierra”5.

    En la siguiente conferencia general, la Primera Presidencia presentó la revelación a los miembros de la Iglesia, los cuales la aceptaron como “la palabra y la voluntad del Señor”, y apoyaron unánimemente la Declaración Oficial 2 como parte de su canon de Escrituras.

    El resultado de la revelación

    un joven enseñando

    Un joven enseña durante una reunión de cuórum en París, Francia, donde la mayoría de los barrios tienen miembros procedentes de una amplia variedad de países de todo el mundo.

    La revelación tuvo un impacto profundo. Dios no solamente había extendido las bendiciones del sacerdocio y del templo a todos los miembros dignos independientemente de su raza, sino que las ordenanzas del templo podían efectuarse por cualquier persona que jamás hubiera vivido.

    Con la revelación llegaron las oportunidades para expandir la obra misional, y los miembros de la Iglesia florecieron entre muchas naciones, reinos, lenguas y pueblos.

    Enseñanzas de la Iglesia

    A medida que la obra del Señor ha seguido expandiéndose por todo el mundo, los miembros de la Iglesia han disfrutado de una era de mayor unidad. Al interactuar cada vez más los miembros de la Iglesia con personas de muchas nacionalidades y culturas, los líderes de la Iglesia han hecho hincapié en la importancia de amarse y fortalecerse los unos a los otros y erradicar el prejuicio y el racismo de cualquier tipo.

    “Debemos acoger a los hijos de Dios con compasión y eliminar todo prejuicio, incluso el racismo, el sexismo y el nacionalismo”, enseñó el presidente M. Russell Ballard, Presidente en Funciones del Cuórum de los Doce Apóstoles. “Que pueda decirse que en verdad creemos que las bendiciones del evangelio restaurado de Jesucristo son para cada hijo de Dios”6. Hablando de la familia eterna de Dios, el presidente Russell M. Nelson enseñó: “Solo al comprender la verdadera Paternidad de Dios podemos lograr una plena apreciación de la verdadera hermandad del hombre. El entendimiento inspira el deseo de edificar puentes de cooperación en vez de muros de segregación”7.

    Avanzando juntos

    padre e hijo se sientan juntos en la Iglesia

    Aunque no lo sabemos todo, hay algunas cosas que cada uno de nosotros puede saber. Podemos saber que Dios nos ama y que tiene un plan para que todos nosotros seamos una familia eterna y unida. Podemos saber que esta es la Iglesia restaurada del Señor, y que Él la dirige por medio de Sus profetas. Tener un testimonio personal de estas verdades nos puede ayudar a medida que avanzamos juntos a través de las oportunidades y los desafíos que afrontamos en nuestro sendero para llegar a ser como Él (véase Moroni 7:48).

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    Notas

    1. 1.

      Véase “La raza y el sacerdocio”, Temas del Evangelio, topics.lds.org.

    2. 2.

      En “The Mormons” (entrevista con Jeffrey R. Holland, 4 de marzo de 2006), pbs.org/mormons/interviews; véase también Dallin H. Oaks, en “Apostles Talk about Reasons for Lifting Ban”, Daily Herald, 5 de junio de 1988, pág. 21.

    3. 3.

      Declaración Oficial—2.

    4. 4.

      Declaración Oficial—2.

    5. 5.

      Declaración Oficial—2.

    6. 6.

      M. Russell Ballard, “¡El viaje continúa!”, Liahona, noviembre de 2017, pág. 106.

    7. 7.

      Russell M. Nelson, “Llena nuestro corazón de tolerancia y amor”, Liahona, julio de 1994, pág. 80.