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El fracaso forma parte del plan

Por Adam C. Olson

Revistas de la Iglesia

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    Cuatro lecciones que podemos aprender de los “fracasos” favoritos de las Escrituras.

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    Una buena parte de internet parece dedicada a celebrar los “fracasos épicos”: desde los fallos de Pinterest hasta los videos de volteretas fallidas. Tal vez simplemente anhelamos saber que no estamos solos cuando nuestros mejores esfuerzos no parecen lo suficientemente buenos. Pues bien, hay otra manera de saberlo.

    Si sientes que los días están llenos de fracasos, puedes encontrar consuelo en las Escrituras. Están llenas de intentos nada perfectos de algunas personas increíbles. Estas son solo algunas de sus lecciones que te pueden ayudar a darte cuenta de que seguramente lo estás haciendo mejor de lo que crees.

    1. La fe no evita el fracaso; lo llena de sentido.

    Nefi estaba lleno de fe cuando sus hermanos y él volvieron por las planchas de bronce, pero eso no impidió que fracasaran estrepitosamente… dos veces (véase 1 Nefi 3). No obstante, su fe ante el fracaso le ayudó a transformar ese fracaso en preparación para el éxito. ¿Le ayudaron a Nefi sus anteriores encuentros fallidos con Labán a prepararse para reconocerlo, hacerse pasar por él, encontrar su casa y obtener los registros sagrados? No lo sabemos con seguridad. Pero sí sabemos que nuestro éxito futuro a menudo se construye sobre los fracasos del pasado.

    2. Dios anticipó nuestros fracasos e hizo planes con antelación.

    Cuando José Smith supo que las ciento dieciséis páginas del manuscrito del Libro de Mormón habían desaparecido, exclamó: “¡Todo está perdido!”1. Sabía que había fallado. Sabía que sería reprendido y probablemente desechado. Y, aun así, no todo estaba perdido. Dios había previsto el fallo de José casi dos mil años antes, y estaba preparado para ello.

    De manera similar, Dios se anticipó a nuestros fallos mucho antes de que el mundo fuese creado2. Él es capaz de transformar nuestros errores en bendiciones (véase Romanos 8:28). Y Él proveyó un Salvador para que, cuando nuestros fallos incluyan el pecado, podamos arrepentirnos, permitiéndonos “aprender de [nuestra] experiencia sin ser condenados por ella”3.

    3. No se den por vencidos; no siempre vemos nuestro éxito.

    Abinadí fue llamado a predicar el arrepentimiento al pueblo. Si Abinadí midió su éxito basándose en el número de personas que se arrepintieron, posiblemente murió creyendo que fue un completo fracaso. La primera vez que advirtió al pueblo del rey Noé que se arrepintiera, fue rechazado y apenas pudo escapar con vida. (Véase Mosíah 11:20–29). En lugar de rendirse, él volvió a intentarlo, sabiendo que podía ser muerto… y lo fue.

    Pero gracias a que no se dio por vencido, el pueblo finalmente se arrepintió (véase Mosíah 21:33). Lo que es más, Alma se convirtió, enseñó y bautizó a muchos, y organizó la Iglesia entre los nefitas. Los descendientes de Alma dirigieron la Iglesia —y en ocasiones el país— hasta la venida de Jesucristo convirtiendo a miles, incluso a la mayoría de los lamanitas (véase Helamán 5:50). Una persona que no se da por vencida ante el fracaso puede marcar una increíble diferencia.

    4. Algunas veces solucionar el problema es menos importante que aprender de él.

    Oliver Granger estaba acostumbrado a tener autoridad para que se hicieran las cosas. Antes de unirse a la Iglesia en la década de 1830 había sido alguacil de un condado, coronel en un ejército paramilitar y predicador autorizado en su iglesia. Después de unirse sirvió dos misiones y fue miembro del sumo consejo de Kirtland. Pero luego José Smith le dio a Oliver la casi imposible tarea de resolver los asuntos de negocios de los líderes de la Iglesia que habían sido expulsados de Kirtland4.

    Sintiéndose fracasado, Oliver fue a José y oyó al Señor decir: “… tengo presente a mi siervo Oliver Granger… y cuando caiga, se levantará nuevamente, porque su sacrificio será más sagrado para mí que su ganancia” (D. y C. 117:12–13). De Oliver aprendemos que el resultado que Dios espera no siempre es que demos con la solución correcta a nuestros desafíos, sino que progresemos al hacerles frente.

    El progreso puede ser complicado

    Estamos aquí para aprender y progresar, pero el progreso no llega sin oposición. Todos cometemos errores, dijo el presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, pero “nuestro destino no está determinado por el número de veces que tropezamos, sino por el número de veces que nos levantamos, nos quitamos el polvo y seguimos adelante”5.

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    Notas

    1. 1.

      Véase “Lucy Mack Smith, History, 1844–1845”, libro 7, páginas 5–6. Para aprender más lecciones de esta experiencia, véase Keith W. Perkins, “Thou Art Still Chosen”, Ensign, enero de 1993, págs. 14–19.

    2. 2.

      Más tarde José enseñó: “El gran Jehová contempló todos los acontecimientos relacionados con la tierra, en lo que al plan de salvación concierne, antes que esta llegara a existir… Él conoce la situación tanto de los vivos como de los muertos y ha proporcionado todo lo necesario para su redención” (en Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, págs. 406–407).

    3. 3.

      Bruce C. Hafen, “La Expiación: Todo por todo”, Liahona, mayo de 2004, pág. 97

    4. 4.

      Véase Boyd K. Packer, “Mis hermanos más pequeños”, Liahona, noviembre de 2004, págs. 86–88; véase también The Joseph Smith Papers, History, 1838–1856, volume B–1 [1 September 1834–2 November 1838], pág. 837.

    5. 5.

      Dieter F. Uchtdorf, “¡Pueden hacerlo ahora!”, Liahona, noviembre de 2013, pág. 55.