Principios para ministrar

Tender una mano compasiva

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Al seguir el ejemplo de compasión del Salvador, usted descubrirá que puede marcar una diferencia en la vida de los demás.

Christ healing the blind

Tu fe te ha salvado, por Jorge Cocco

La compasión es tener conciencia de la angustia de las demás personas junto con el deseo de aligerarla o aliviarla. El convenio de seguir al Señor es un convenio de compasión para “llevar las cargas los unos de los otros” (Mosíah 18:8). La asignación de velar por los demás es una oportunidad de ministrar como lo haría el Señor: con “compasión, marcando una diferencia”, según la versión en inglés de Judas 1:22. El Señor mandó: “… haced misericordia y piedad, cada cual con su hermano” (Zacarías 7:9).

La compasión del Salvador

La compasión fue la fuerza impulsora del ministerio del Salvador (véase el recuadro: “Un Salvador compasivo”). Su compasión por el prójimo lo llevó a tender Su mano, en innumerables ocasiones, a quienes lo rodeaban. Al discernir las necesidades y los deseos de las personas, Él pudo bendecirlos y enseñarles de la manera que más les importaba. El deseo del Salvador de elevarnos por encima de nuestra angustia lo llevó al mayor acto de compasión: Su expiación por los pecados y el sufrimiento del género humano.

Su capacidad para responder a las necesidades de las personas es algo que debemos esforzarnos por lograr al prestar servicio. A medida que vivamos rectamente y escuchemos las impresiones del Espíritu, se nos inspirará para tender nuestra mano de maneras significativas.

Nuestro convenio de compasión

Nuestro Padre Celestial desea que Sus hijos sean compasivos (véase 1 Corintios 12:25–27). Para llegar a ser verdaderos discípulos, debemos desarrollar y mostrar compasión hacia los demás, en especial hacia los necesitados (D. y C. 52:40).

Al tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo por medio de nuestro convenio bautismal, somos testigos de que estamos dispuestos a ejercer la compasión. El presidente Henry B. Eyring, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, enseñó que el don del Espíritu Santo nos ayuda a hacerlo: “Ustedes son miembros bajo convenio de la Iglesia de Jesucristo…

“Es por eso que ustedes tienen el deseo de ayudar a una persona que lucha por seguir adelante llevando la carga del dolor y la dificultad. Ustedes prometieron que ayudarían al Señor a hacer que sus cargas fueran ligeras y recibieran consuelo. Se les dio el poder de ayudar a aligerar esas cargas cuando recibieron el don del Espíritu Santo”1.

Por ejemplo, una hermana de Rusia pasó por una situación familiar difícil que le impidió asistir a la Iglesia por más de un año. Otra hermana de la rama tendió su mano compasiva todos los domingos al llamarla para contarle acerca de los discursos, las lecciones, los llamamientos misionales, los bebés que habían nacido y otras noticias de la rama. Cuando se resolvió la situación familiar de la hermana que estaba confinada en casa, ella sintió que todavía era parte de la rama gracias a las llamadas semanales de su amiga.

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Nota

  1. 1.

    Henry B. Eyring, “El Consolador”, Liahona, mayo de 2015, pág. 18.