El hermoso don de la Santa Cena

El élder Renlund es miembro del Cuórum de los Doce Apóstoles

Tomado del discurso “Venid a Cristo”, pronunciado en un devocional de la Universidad Brigham Young–Idaho, el 26 de septiembre de 2017.

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Rueguen que sean renovados al participar de la Santa Cena y recordar al Salvador.

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En abril de 2017 tuvimos la oportunidad de ayudar en el programa de puertas abiertas del Templo de París, Francia, antes de que fuera dedicado el 21 de mayo de 2017. En los jardines del templo hay una hermosa estatua del Christus. Es una réplica de la obra maestra que el escultor danés Bertel Thorvaldsen creó en 1838. Esa estatua proporciona un punto de enfoque en los jardines y declara nuestra creencia en Jesucristo a todos los que se acercan. La majestuosidad, el tamaño y el entorno son cautivadores. Los visitantes se sienten atraídos por esa representación del Señor resucitado, y con frecuencia desean permanecer allí para tomarse fotos.

A esa estatua a menudo se la llama Christus Consolator. Un consolador es alguien que consuela1. Consolar significa confortar a otra persona en un momento de dolor o desilusión, dar solaz, sentir empatía, compadecerse o mostrar compasión por otra persona2. Para nosotros, el Christus expresa esos atributos divinos del Salvador.

El Christus Consolator original se encuentra en Vor Frue Kirke, la Catedral de Nuestra Señora, en Copenhague, Dinamarca. Rodeado de estatuas de los Doce Apóstoles, el Christus se encuentra en un nicho entre columnas. Arriba y abajo de la estatua hay inscripciones de versículos bien conocidos de la Biblia.

Christus statue

En el panel que se encuentra arriba de las dos columnas están inscritas estas palabras en danés: “DENNE ER MIN SØN DEN ELSKELIGE HØRER HAM”. En español: “Este es mi Hijo Amado; a él oíd”.

Esas palabras fueron pronunciadas por Dios, nuestro Padre Celestial, cuando Jesús fue transfigurado en una montaña frente a Pedro, Santiago y Juan. El versículo completo dice: “Entonces vino una nube que les hizo sombra, y desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo Amado; a él oíd” (Marcos 9:7).

En el pedestal sobre el que se erige el Christus Consolator se encuentran estas palabras en danés: “KOMMER TIL MIG”. En español: “Venid a mí”. De todas las palabras que el Salvador pronunció, nada es más suplicante e importante para nosotros que “venid a mí”.

El versículo completo dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Con esa estatua original del Christus Consolator, tenemos la invitación del Padre de escuchar a Su Hijo Unigénito y la invitación del Hijo de venir a Él. En perfecta unidad, Ellos invitan a todos a escuchar y venir.

Ese es el camino de regreso a nuestro hogar celestial. “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (Artículos de Fe 1:3). Toda persona puede venir plenamente a Jesucristo solamente al recibir el Evangelio restaurado. “[Recibimos] el Evangelio restaurado mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin”3.

La doctrina de Cristo

Este es el mensaje unificado del Padre y del Hijo. Ellos desean que todos los hijos del Padre Celestial sigan la doctrina de Cristo. Ahora bien, para que no haya confusión, la frase “la doctrina de Cristo” significa lo mismo que el Evangelio de Cristo.

A fin de enfatizar la unidad del Padre y del Hijo en Su mensaje sobre la doctrina de Cristo, observemos el siguiente gráfico:

 

2 Nefi 31

3 Nefi 9

3 Nefi 11

3 Nefi 27

Total

Fe

1

2

4

1

8

Arrepentimiento

5

4

4

3

16

Bautismo

10

0

13

3

26

Espíritu Santo

8

2

6

1

17

Perseverar

3

0

0

3

6

Padre

14

5

20

25

64

Sabemos que los capítulos que se mencionan aquí (2 Nefi 31; 3 Nefi 9; 3 Nefi 11 y 3 Nefi 27) contienen la doctrina de Cristo. Estos capítulos con frecuencia mencionan la fe, el arrepentimiento, el bautismo, el Espíritu Santo y perseverar hasta el fin. El número de veces que se menciona cada uno aparece en la tabla. Como pueden ver, la fe se menciona 8 veces; el arrepentimiento, 16 veces; el bautismo, 26 veces; el Espíritu Santo, 17 veces; y perseverar hasta el fin, 6 veces.

Lo que tal vez sea sorprendente, sin embargo, es que también descubrimos que se hace referencia al Padre muchas veces en esos capítulos. De hecho, Él es mencionado específicamente 64 veces, más de lo que se menciona el bautismo4. Gracias a eso podemos saber que la doctrina de Cristo es la doctrina tanto del Padre como del Hijo.

Examinemos con detenimiento un par de referencias al Padre:

“Y el Padre dijo: Arrepentíos, arrepentíos y sed bautizados en el nombre de mi Amado Hijo.

“Y además, vino a mí la voz del Hijo, diciendo: A quien se bautice en mi nombre, el Padre dará el Espíritu Santo, como a mí; por tanto, seguidme y haced las cosas que me habéis visto hacer…

“Y [yo, Nefi] oí la voz del Padre que decía: Sí, las palabras de mi Amado son verdaderas y fieles. Aquel que persevere hasta el fin, este será salvo” (2 Nefi 31:11–12, 15).

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo testifican que este es el único camino.

Haciéndose eco de las palabras de Mateo, el Padre y el Hijo nos dicen que debemos venir a Cristo y tomar Su yugo sobre nosotros, ya que las cargas que llevamos pueden aligerarse y podemos hallar reposo. Todos llevamos cargas. Tal vez estemos abrumados por el peso del pecado, el pesar, la adicción, la enfermedad, la culpa o la vergüenza. En esas dificultades, el mirar hacia Cristo brinda sanación, esperanza y consuelo.

La doctrina de Cristo —la fe, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo— no ha de experimentarse como un acontecimiento que ocurre solo una vez. Nuestra teología nos enseña que somos perfeccionados cuando repetidamente “[confiamos] íntegramente” en la doctrina y en los méritos de Cristo (2 Nefi 31:19). Eso significa que repetimos los pasos de la doctrina de Cristo a lo largo de nuestra vida. Cada paso se basa en el anterior, y la secuencia está diseñada para experimentarse una y otra vez.

Cuando ejercemos la fe, esta se fortalece. Cuando procuramos arrepentirnos continuamente, mejoramos. Por medio de nuestros esfuerzos, podemos progresar y pasar de tener experiencias ocasionales con el Espíritu Santo a tener Su compañía constante. Además, a lo largo de la vida podemos aprender de los atributos de Jesucristo y desarrollar esas mismas cualidades5. A medida que llegamos a ser más semejantes a Él, nuestro corazón cambia y podemos perseverar hasta el fin (véanse, por ejemplo, 2 Nefi 31:2–21; 3 Nefi 11:23–31; 27:13–21; Moroni 4:3; 5:2; 6:6; D. y C. 20:77, 79; 59:8–9).

Es fácil ver cómo todos los pasos de la doctrina de Cristo pueden repetirse y servir de fundamento a lo largo de la vida. Pero, ¿qué sucede con el bautismo? Después de todo, somos bautizados solo una vez.

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El sacramento de la Cena del Señor

Para responder esa pregunta, debemos considerar la obra maestra teológica escrita por el élder James E. Talmage (1862–1933), del Cuórum de los Doce Apóstoles, titulada Artículos de Fe. Fue publicada en 1899, y ha respondido preguntas sobre la Iglesia y sus enseñanzas fundamentales a generaciones subsiguientes que la han leído y estudiado.

En el índice de temas vemos que cada capítulo, sin tomar en cuenta la introducción, se relaciona con uno de los trece Artículos de Fe6. Algunos Artículos de Fe se analizan en más de un capítulo, pero cada capítulo está relacionado con un Artículo de Fe.

Es interesante que el capítulo 9, titulado “El sacramento de la Santa Cena”, aparece justo después del capítulo sobre el Espíritu Santo7. El élder Talmage lo relaciona con el Artículo de Fe número cuatro.

Al inicio del capítulo 9, el élder Talmage escribió: “En el curso de nuestro estudio de los principios y ordenanzas del Evangelio, según los especifica el cuarto de los Artículos de Fe, el tema del Sacramento de la Cena del Señor muy propiamente merece nuestra atención, pues se requiere que observen esta ordenanza todos los que se han hecho miembros de la Iglesia de Cristo, cumpliendo con los requisitos de fe, arrepentimiento, bautismo en el agua y el del Espíritu Santo”8.

Con esas palabras en mente, podemos ver por qué el élder Talmage relaciona la Santa Cena con el cuarto Artículo de Fe. Después de ser confirmados como miembros de la Iglesia, la Santa Cena es la siguiente ordenanza que todos necesitamos.

Es la siguiente ordenanza que un hombre necesita después de recibir el Sacerdocio de Melquisedec.

Es la siguiente ordenanza que las personas necesitan después de recibir la investidura del templo.

Es la siguiente ordenanza que una pareja necesita después de sellarse.

La Santa Cena es la siguiente ordenanza que necesitamos; es clave para tener fe en Jesucristo, arrepentirnos de los pecados y sentir la influencia del Espíritu Santo en nuestra vida; es el mecanismo por el cual renovamos los convenios y las bendiciones del bautismo.

El Manual 2 dice: “A los miembros de la Iglesia se les manda reunirse a menudo para participar de la Santa Cena con el fin de recordar siempre al Salvador y renovar los convenios y las bendiciones del bautismo”9. Quizás se pregunten: “¿Qué bendiciones?”. Ciertamente, la investidura continua del Santo Espíritu es una bendición del bautismo. Sin embargo, ¿se renueva también el efecto purificador del bautismo, una de sus bendiciones más maravillosas?

Consideren esta declaración del presidente Dallin H. Oaks, Primer Consejero de la Primera Presidencia: “Se nos manda arrepentirnos de nuestros pecados y venir al Señor con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y participar de la Santa Cena… testificamos que estamos dispuestos a tomar sobre nosotros el nombre de Jesucristo, y a recordarle siempre, y a guardar Sus mandamientos. Cuando cumplimos con este convenio, el Señor renueva el efecto purificador de nuestro bautismo. Se nos purifica y siempre podemos tener Su Espíritu con nosotros”10.

Advertimos, no obstante, que “No se ha establecido el sacramento con el propósito expreso de obtener la remisión de pecados…”11. En otras palabras, no podemos pecar intencionalmente el sábado en la noche y esperar que, de milagro, se nos perdone por comer un trozo de pan y beber un poco de agua el domingo. El arrepentimiento es un proceso más comprometido que requiere remordimiento y el abandono del pecado. Planificar de antemano que nos arrepentiremos es repugnante para el Salvador.

Somos merecedores del poder purificador de Jesucristo cuando participamos de la Santa Cena dignamente12. Esa es la manera en que nos conservamos “sin mancha del mundo” (D. y C. 59:9). Apropiadamente, el sacramento de la Cena del Señor sigue al bautismo como una repetida aplicación de la doctrina de Cristo para que los Santos de los Últimos Días progresen hacia la perfección.

Debemos seguir ese sendero, en el que la Santa Cena llega a ser la ordenanza subsiguiente al bautismo y a la recepción del Espíritu Santo. La preparación para la Santa Cena requiere premeditación y atención. No pueden esperar que la Santa Cena sea una experiencia espiritual si están apurados, enviando mensajes de texto o distraídos de algún otro modo.

Por lo tanto, lleguen temprano a la Iglesia. Cuando comience el himno sacramental, asegúrense de que sus pensamientos se centren en el Salvador, Su expiación, Su amor y Su compasión. Rueguen que sean renovados al tomar la Santa Cena y recordarlo a Él.

Una lección de Ruanda

En 1994 ocurrió un genocidio espantoso en Ruanda. Entre 600 000 y 900 000 personas fueron muertas en cuestión de 60 a 90 días.

Con el tiempo, la Iglesia estableció una rama en la capital, Kigali. A la rama le iba bien, sin misioneros de tiempo completo. En 2011 servíamos en el Área África Sudeste cuando supimos, con tristeza, que nuestra inscripción como Iglesia en el país de Ruanda era inválida, lo cual significaba que estábamos funcionando como Iglesia de forma ilegal. También nos enteramos que nuestro centro de reuniones, una casa de dos pisos remodelada, no se encontraba en una zona aprobada para realizar reuniones de la Iglesia. Tras consultarlo con un miembro del Cuórum de los Doce, la Presidencia de Área tomó la dolorosa decisión de cerrar la rama. Nuestros miembros ya no podían realizar reuniones de la Iglesia.

Nuestros abogados en Kigali, Salt Lake City y Johannesburgo, Sudáfrica, comenzaron a trabajar fervientemente para resolver los problemas. Mientras tanto, los santos seguían preguntando cuándo podrían reunirse de nuevo. Pasaron meses sin que hubiera una resolución ni progreso.

Después de alrededor de 10 meses, viajamos a Kigali para visitar a aquellos santos y tratar de darles ánimo. Antes de hacerlo, solicitamos que el asunto se incluyera en la lista de oración del templo de la reunión semanal de la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce.

El martes previo al viaje que teníamos programado desde Johannesburgo hasta Kigali, se nos informó que el gobierno había dado un giro sorpresivo y le había otorgado a la Iglesia un permiso provisional en Kigali. Luego, el jueves de esa misma semana, la comisión de zonificación otorgó una excepción a la ordenanza urbanística. Los santos de Kigali podían reunirse de nuevo en nuestro edificio sin violar la ley.

¡Eso fue un milagro! Rápidamente se les notificó a los miembros que la rama se reuniría el domingo; nosotros llegamos el viernes e invitamos a los miembros a ir a la Iglesia. Cuando llegó el domingo, todos los miembros —todos ellos— y muchos de sus amigos fueron a la Iglesia. Llegaron temprano, ansiosos de estar juntos de nuevo. Cuando se bendijo y se repartió la Santa Cena, todos experimentamos un espíritu extraordinario de renovación, regeneración y purificación.

Recordamos que en la reunión nos preguntábamos por qué no sentíamos ese mismo espíritu cada semana al participar de la Santa Cena. Miramos a los santos a nuestro alrededor y nos dimos cuenta de que ellos habían venido con la profunda necesidad de tomar la Santa Cena. Su fe, diligencia y paciencia nos trajo bendiciones a todos. Prometimos que cuando volviésemos a participar de la Santa Cena recordaríamos esa experiencia con los santos de Kigali. Nos comprometimos a que también ansiaríamos las bendiciones de participar de la Santa Cena.

Ustedes recordarán que después de que el Salvador instituyó la Santa Cena entre los nefitas, les dijo que esa era la clave para establecerlos sobre Su roca. Él dijo:

“Y os doy el mandamiento de que hagáis estas cosas [participar de la Santa Cena]. Y si hacéis siempre estas cosas, benditos sois, porque estáis edificados sobre mi roca.

“Pero aquellos que de entre vosotros hagan más o menos que esto, no están edificados sobre mi roca, sino sobre un cimiento arenoso; y cuando caiga la lluvia, y vengan los torrentes, y soplen los vientos, y den contra ellos, caerán…” (3 Nefi 18:12–13).

La Santa Cena es un hermoso don que recibimos cada domingo y que nos ayuda en nuestro progreso terrenal. Por medio de la Santa Cena, experimentamos un elemento importante de la doctrina de Cristo, nos acercamos a nuestro Salvador y sentimos Su amor y perdón en nuestra vida. Estamos agradecidos por esos momentos cada semana, los cuales nos ayudan a mantenernos centrados en el Salvador.

“Solo por mí”

Una amiga sudafricana relató cómo llegó a darse cuenta de eso. Cuando Diane era recién conversa, asistía a una rama a las afueras de Johannesburgo. Un domingo, mientras estaba sentada en la congregación, la disposición de la capilla hizo que el diácono no la viera al repartir la Santa Cena. Diane estaba decepcionada pero no dijo nada. Otro miembro se percató de la omisión y se lo mencionó al presidente de la rama después de la reunión. Al comienzo de la Escuela Dominical se invitó a Diane a pasar a un salón vacío.

Un poseedor del sacerdocio entró, se arrodilló, bendijo un trozo de pan y se lo entregó. Ella lo comió. Él se arrodilló de nuevo, bendijo un poco de agua y le entregó un pequeño vaso. Ella bebió. Diane tuvo dos pensamientos súbitos, uno tras otro: “Oh, el [poseedor del sacerdocio] hizo esto solo por mí” y “Oh, el [Salvador] hizo esto solo por mí”. Por medio de la Santa Cena, Diane sintió el amor que el Padre Celestial tiene solo por ella.

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Darse cuenta de que el sacrificio del Salvador era solo para ella la ayudó a sentirse cerca de Él y avivó un gran deseo de preservar ese sentimiento en su corazón no solo el domingo, sino cada día. Se dio cuenta de que, aunque se sentaba en una congregación para participar de la Santa Cena, los convenios que volvía a hacer cada domingo eran individuales. La Santa Cena ayudó a Diane —y continúa ayudándola— a sentir el poder del amor divino, a reconocer la mano del Señor en su vida y a acercarse más al Salvador13.

Extendemos la misma invitación que Moroni:

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con todo vuestro poder, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de Dios.

“Y además, si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo y no negáis su poder, entonces sois santificados en Cristo por la gracia de Dios, mediante el derramamiento de la sangre de Cristo, que está en el convenio del Padre para la remisión de vuestros pecados, a fin de que lleguéis a ser santos, sin mancha” (Moroni 10:32–33).

Eso sucede cuando ponemos en práctica la doctrina de Cristo, considerando la Santa Cena como la ordenanza que sigue al bautismo y a la recepción del Espíritu Santo. De esa manera, podemos confiar “íntegramente en los méritos de aquel que es poderoso para salvar” (2 Nefi 31:19). Estamos muy agradecidos por la Santa Cena, por cómo nos enseña y nos recuerda cada semana lo que nuestro Salvador hizo por nosotros. Estamos muy agradecidos a Él porque sabemos que expió por cada uno de nosotros individualmente.

Cuando el Salvador habló a los nefitas, dijo cuando vengan la lluvia, el viento y los torrentes; no dijo si vienen. De hecho, la lluvia, los vientos y los torrentes nos llegan a todos. Sin embargo, Él nos dijo que el modo en que nos establecemos sobre Su roca es mirar hacia Él al participar de la Santa Cena (véanse 3 Nefi 15:9; 18:1).

En la vida de cada uno de nosotros llegará un momento en el que vacilaremos si debemos ir a la Iglesia y participar de la Santa Cena. Si aún no les ha sucedido, les sucederá. Pero sepan esto: si siguen la guía del Salvador y participan de la Santa Cena con un corazón quebrantado y un espíritu contrito, se derramarán sobre ustedes bendiciones que los mantendrán firmes y sólidamente establecidos sobre el cimiento seguro que es Jesucristo. La decisión de hacerlo influirá en ustedes a lo largo de la eternidad; estarán establecidos sobre Jesucristo, el autor y perfeccionador de nuestra fe.

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Notas

  1. 1.

    Véase Merriam-Webster’s Collegiate Dictionary, edición Nº 11, 2003, “consolator [consolador]”.

  2. 2.

    Véase Merriam-Webster’s Collegiate Dictionary, “console [consolar]”.

  3. 3.

    Predicad Mi Evangelio: Una guía para el servicio misional, 2004, pág. 1.

  4. 4.

    Se incluyen los inequívocos Él, Su y Sus.

  5. 5.

    Véase Predicad Mi Evangelio, capítulo 6, págs. 121–133.

  6. 6.

    Véase James E. Talmage, Artículos de Fe, 1980, págs. V–IX.

  7. 7.

    Véase Talmage, Artículos de Fe, VI.

  8. 8.

    Talmage, Artículos de Fe, pág. 190.

  9. 9.

    Manual 2: Administración de la Iglesia, 2010, 2.1.2.

  10. 10.

    Dallin H. Oaks, “Testigos especiales de Cristo”, Liahona, abril de 2001, pág. 14.

  11. 11.

    Talmage, Artículos de Fe, pág. 194.

  12. 12.

    Véase Dallin H. Oaks, “La reunión sacramental y la Santa Cena”, Liahona, noviembre de 2008, págs. 17–20.

  13. 13.

    Véase Dale G. Renlund, “[Para que] pudiese atraer a mí mismo a todos los hombres”, Liahona, mayo de 2016, pág. 41.