Confíen en el tiempo de Dios


Como mujer soltera, he llegado a apreciar el sostén del Señor respecto a nuestro tiempo para realizar nuestros proyectos personales.

Una de mis mejores amigas se casó cuando yo tenía 19 años. La boda fue maravillosa, ella estaba preciosa, el novio era apuesto y eran felices. Yo, por el contrario, estaba algo molesta; lo que ella hizo me tomó por sorpresa. Mi amiga estaba alterando lo que tenía en mente para ella… y para mí. Por supuesto que yo también quería casarme, pero aún no. Creía que ambas éramos muy jóvenes y ella se iba a casar no sólo antes de terminar sus estudios, sino antes de tener la oportunidad de viajar o de disfrutar de oportunidades laborales que estimularan el intelecto. La noche anterior a la boda, la pasé en vela, ansiosa por lo que le depararía el futuro, mientras que ella dormía profundamente, segura de su decisión.

Al pensar en aquella reacción, tengo que sonreír. ¿En qué estaría yo pensando? Ahora contemplo su vida y veo que tiene dos hijos adorables y un hogar repleto de amor. Pocos meses después de la boda, caí en la cuenta de que ella había tomado la decisión correcta, algo que ahora es aún más evidente. Admito que ella se amparó en la oración, reflexionó y confió en las impresiones que Dios le dio.

Eso fue hace casi 20 años. Yo sigo soltera. La mayoría de mis amigas están casadas, tienen esposos, hijos y hogares. Yo tengo un hogar: un apartamento de alquiler de dos habitaciones en la ciudad de Nueva York. No tengo marido ni hijos y a veces me he preguntado si hay personas que, ya entrada la noche, tienen las mismas preocupaciones que yo tuve por mi amiga.

Estoy convencida de que he cometido errores en la vida, pero no creo haber hecho nada que me impida alcanzar la bendición del matrimonio. Reconozco que a veces me pregunto si mi vida habría sido diferente si hubiera hecho mejor las cosas, o si me hubiera esforzado más o hubiera sido más bondadosa; y sin embargo, me doy cuenta de que he hecho cosas buenas y que trato constantemente de seguir adelante con una perspectiva eterna. Intento hacer mi parte para cumplir con mi deseo de casarme en el templo.

También sé que Dios sabe cuándo será el momento propicio para los eventos importantes de mi vida, y que éste diferirá del tiempo de muchas otras personas. Me siento enormemente agradecida por entender este concepto. Mi agradecimiento ha aumentado al desarrollar fe en un Padre Celestial amoroso que entiende lo que necesito y lo que puedo dar a mi prójimo.

Reconocer que mi vida tiene un tiempo diferente del de los demás es fruto de un proceso. Mis preguntas a Dios respecto a Sus designios para mí me han conducido a entender que tengo un potencial y una bondad que me son particulares. Encuentro que ese sentimiento, que me tranquiliza, se ve en peligro no por mis propias ideas sino por las frecuentes y bienintencionadas preocupaciones de los demás. Los sentimientos que otras personas puedan tener por mi soltería no difieren de la reacción que tuve por mi amiga de 19 años que estaba a punto de casarse. Me atrevía a suponer que entendía lo que ella debía hacer, pero estaba equivocada.

En ocasiones la gente me sugiere explicaciones posibles en cuanto a por qué aún no tengo marido e hijos. Sé que la mayoría de esas ideas nace de la bondad, pero detrás de ellas parece haber la indicación de que he errado en mi dignidad para recibir las bendiciones del matrimonio y los hijos. A veces me han tratado de quisquillosa, demasiado agresiva, demasiado inteligente, demasiado dedicada a mi carrera, demasiado independiente, demasiado liberal, y —mi favorito— demasiado feliz. Debo decir que a veces acepto estas críticas como cumplidos, al mismo tiempo que admito que hay mujeres casadas más inteligentes, agresivas, quisquillosas e independientes que yo.

Una meta de discipulado

Al reflexionar en lo que considero el tiempo de Dios para los eventos importantes de mi vida, soy muy consciente de mis decisiones y mi albedrío. Somos hijos de nuestro Padre Celestial y por ende recibimos la feliz oportunidad y la responsabilidad de buscar la bendición del matrimonio; y al esforzarmos por alcanzar esa meta, estaremos haciendo nuestra parte.

Al ser miembro de la Iglesia, cuento con las bendiciones de la oración, las Escrituras, el barrio al que asisto y las palabras de los profetas para darme un mayor conocimiento de mi Padre Celestial y del Salvador. Cada una de esas bendiciones me brinda pautas para el buen uso de mi albedrío. Espero que la sabiduría se refleje en las decisiones que tomo, incluida en mi reacción a la dicha y a la tribulación futuras.

A menudo evalúo mi vida y mi situación. El aspecto más importante de esa indagación es la pregunta sobre mi dignidad. Me he esforzado conscientemente por ceñirme a las doctrinas y a las prácticas de la Iglesia: asistir a mis reuniones y al templo, pagar el diezmo, llevar una vida virtuosa y servir al prójimo. Creo en la expiación del Salvador y en el valor de una vida dedicada a vivir los mandamientos y las directrices de los profetas.

Una vida colmada de bendiciones

Suelen preguntarme cómo puedo ser feliz siendo soltera y perteneciendo a una iglesia y a una cultura que le da tanta importancia al matrimonio. Les diré lo que he hecho.

Mi hermana Christine y yo decidimos, siendo jóvenes, que llegaría el día en que nos casaríamos y que, mientras tanto, viviríamos de tal modo que nos convirtiéramos en personas más experimentadas y realizadas. Me siento muy agradecida por haber hecho e se plan, un plan que está ligado a nuestro deseo de hacer lo que consideramos que Dios espera de nosotras. Se trataba de un plan que dependía de dar oído a las impresiones del Espíritu.

Mi hermana se casó hace diez años y tiene dos hijos maravillosos. Ha obtenido un doctorado y realiza importantes aportaciones a la Iglesia y a su comunidad. Yo sigo viviendo de acuerdo con nuestro plan y creo que eso es lo que Dios desea de mí. Compruebo constantemente si mis obras son correctas y si mis metas coinciden con la meta mayor de ser discípula del Salvador. Me esfuerzo por asegurarme de que mis sueños y logros, tanto espirituales como terrenales, me lleven a entender mejor mi papel como hija de Dios.

Como mujer Santo de los Últimos Días soltera, tengo la oportunidad de servir de formas maravillosas. Tengo una profesión orientada al servicio al prójimo y puedo cumplir con mis llamamientos en la Iglesia. He cultivado mis talentos y he disfrutado de oportunidades académicas únicas. Mi vida es rica y deseo seguir las impresiones del Señor en mis decisiones.

Hace varios años, otras seis solteras de mi edad y yo tuvimos la oportunidad única e inesperada de conocer a Bonnie D. Parkin, presidenta general de la Sociedad de Socorro. Estuvimos juntas poco más de una hora conversando sobre nuestra vida como mujeres solteras en la Iglesia.

Aquella reunión fue una verdadera bendición para mí ese año. Nos sentamos alrededor de la mesa del despacho de la hermana Parkin y conversamos sobre los retos y las bendiciones de nuestra vida. Al final, la hermana Parkin nos preguntó si alguna de nosotras quería decir algo más. Levanté la mano y declaré: “La Iglesia es el mejor lugar para la mujer soltera”. El haber tenido la oportunidad durante aquella hora de compartir mi testimonio acerca del servicio y de la lealtad a Dios contribuyó a ahondar mi testimonio de mi papel en la Iglesia. Conocía cuál era con anterioridad, pero necesitaba ese foro para articularlo y fortalecer mi convicción de su importancia.

Confianza en la persona

Creo que en la Iglesia hay una necesidad patente de confiar en la persona; no me refiero a que deba encajar en un tiempo prescrito culturalmente, sino a confiar en que siga las revelaciones personales que reciba de un Padre Celestial amoroso. Es importante confiar en que haya personas que estén haciendo lo correcto y reconocer que aunque sus vidas parezcan ser diferentes, tienen cualidades exclusivas que nosotros necesitamos. Es demasiado fácil suponer que un único tiempo es válido para todo el mundo.

Todos tenemos dificultades. Tanto si estamos casados, divorciados, viudos o solteros, todos contamos con la bendición de un legado divino y común, así como misiones divinas y diferenciadas.

Claro que oro para casarme y que mi esposo y yo tengamos hijos. En el ínterin, me esfuerzo por progresar, mejorar y llevar una vida centrada en el Evangelio. Por ser soltera, recibo bendiciones que sería ingrato y negligente desaprovechar por mi parte y confío en que, al final, esas bendiciones logren hacer de mí una mejor esposa y madre.

Me siento agradecida por tener un Padre Celestial amoroso que nos conoce y sabe lo que somos capaces de hacer con nuestra vida, dado lo dispar y emocionante que es. Me siento agradecida por la vida que tengo y las oportunidades que me aguardan. Ruego que confiemos en el tiempo que el Señor tiene para nosotros, un tiempo que se ve respaldado por nuestras buenas decisiones y nuestra fe en Dios.

El matrimonio y el tiempo del señor

“El determinar el momento más oportuno para contraer matrimonio tal vez sea el mejor ejemplo de un acontecimiento extremadamente importante en nuestra vida, pero uno que resulta casi imposible de planificar. Al igual que sucede con otros acontecimientos terrenales que dependen del albedrío de otras personas o de la voluntad y del tiempo del Señor, el matrimonio no se puede anticipar ni planear con seguridad. Podemos, y debemos, trabajar y orar en pos de nuestros deseos justos, pero a pesar de haberlo hecho, muchas personas seguirán siendo solteras más tiempo del deseado.

“Entonces, ¿qué se debe hacer mientras tanto? La fe en el Señor Jesucristo nos prepara para aquello que nos depare la vida, para reaccionar correctamente ante las oportunidades que se nos presenten: aprovecharnos de las que recibimos y superar las decepciones de las que perdemos. Al ejercer esa fe, debemos comprometernos en cuanto a cuáles serán las prioridades y las normas que seguiremos en circunstancias o cuestiones que no controlamos, y debemos persistir fielmente en dichos compromisos sin importar lo que nos suceda a causa del albedrío de los demás o del tiempo del Señor. Al obrar así, tendremos en nuestra vida una constancia que nos proporcionará guía y paz. Cualesquiera que sean las circunstancias que escapen a nuestro control, nuestros compromisos y nuestras normas deben ser constantes.

“Los compromisos de los adultos solteros y el servicio que prestan pueden fortalecerlos a través de los difíciles años mientras esperan el momento y la persona adecuados. Los compromisos y el servicio de ellos pueden también fortalecer e inspirar a otras personas. Qué sabios son los que adoptan este compromiso: pondré al Señor en primer lugar en mi vida y cumpliré Sus mandamientos. Es la persona misma quien ejerce control sobre la realización de ese compromiso, ya que podemos cumplirlo sin importar lo que decidan hacer los demás, a la vez que nos mantiene firmes en la fe sin importar el ritmo que el Señor tenga pensado para los momentos más importantes de la vida”.

Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles, “Todo tiene su tiempo…”, Liahona, octubre de 2003, pág. 15.